Engaño y castigo

Nora Bär
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30 de enero de 2002  

En un reciente número de la revista británica Nature, los doctores Ernst Fehr, de la Universidad de Zurich, y Simon Gachter, de la de Saint Gallen, Suiza, firman una sugestiva investigación psicológica titulada "Castigo altruista en humanos".

¿Existirá el castigo altruista? Según los científicos europeos, no sólo existe, sino que es un impulso que surge de lo más hondo de nuestra psiquis: sí, es nuestra natural tendencia a castigar el engaño, la mentira, el fraude o la estafa -económica o espiritual-, tan irreprimible que la privilegiamos aunque no nos ofrezca ningún beneficio material o implique costos personales. Por eso lo de altruista .

Pero lo singular de todo esto es que, según postulan Fehr y Gachter, la amenaza punitiva en el caso de que se violen pactos de confianza es una fuerza importante para establecer la cooperación en gran escala y un elemento crítico para mantener el orden social: es más, la ansiedad por castigar a los transgresores es por lo menos tan importante para mantener la armonía de los grupos humanos como... la decencia.

Al comentar el trabajo en un artículo para The New York Times, Natalie Angier afirma que la antropología considera el impulso de castigar el engaño como una predilección de larga data en las sociedades humanas. Descendientes de grupos de cazadores recolectores altamente igualitarios, la estafa despierta en nosotros emociones que van "desde un agudo sentido de indignación moral hasta la vergüenza y el temor al castigo".

Cosa curiosa, la periodista y escritora no tuvo que ir muy lejos para encontrar una ilustración práctica de las teorías psicológicas de Fehr y Gachter: le bastó con reparar en el drama de ribetes shakesperianos instalado en el corazón de la sociedad norteamericana por la quiebra de la compañía Enron.

La evidencia de que los ejecutivos de la empresa se enriquecían vendiendo acciones mientras sus empleados se sumían en la impotencia y la desesperación al ver evaporarse sus ahorros despertó la ira de los ciudadanos, incluso de aquellos que no tenían nada en juego. ¿Suena conocido?

Escribe Angier: "En la ferocidad del grito público (...) algunos científicos ven un ejemplo vívido del odio de la humanidad contra el engaño y el estafador desarrollado a lo largo de milenios".

La ola de cacerolazos, la desazón de los obispos ante la poca inclinación al mea culpa de la dirigencia local, la frustración de miles de clientes en la cola de los bancos... son otras tantas expresiones de la indignación que surge ante la confianza traicionada.

Pero si Fehr y Gachter están en lo cierto, para recobrar el equilibrio perdido tal vez se necesite algo más que planes económicos: también es imprescindible que en nuestra sociedad vuelvan a regir el respeto por las reglas morales y el real imperio de la justicia.

Por: Nora Bär

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