Entre la depresión y la bronca

Por Hugo Litvinoff Para LA NACION
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9 de diciembre de 2001  

Los tiempos en que cada paciente entraba al consultorio inaugurando un tema nuevo parecen lejanos. Como sucede en épocas de guerra o catástrofe, hoy la mayoría de las personas que consultan parecen dominadas por la misma preocupación y la misma patología. La preocupación es cómo sobrevivir, cómo sostener lo que se tiene, cómo tolerar la agresión cotidiana. La patología es la depresión.

En otras épocas, la amenaza de quedar sin trabajo, la constante reducción de personal con la consecuente sobrecarga de esfuerzo, las rebajas masivas de sueldo y haberes jubilatorios, la prohibición de retirar el dinero propio de los bancos y el irrefrenable crecimiento del hambre y la desocupación habrían sido motivos más que suficientes para despertar protestas de toda índole y reacciones violentas a todo lo largo del país, de esas que tantas veces cambiaron el rumbo de los gobiernos.

Muchos analistas políticos del exterior se preguntan por qué eso no sucede ahora, a qué se debe la aparentemente dócil reacción de los argentinos.

La reacción no es dócil, sino depresiva, y alberga en su interior un sentimiento de bronca, una creciente hostilidad que aún no encuentra cauces viables para estallar. En los tiempos que corren, los argentinos no sólo han disminuido sus ingresos o su seguridad: también han visto caer (y esto es lo más importante) su esperanza. Tal vez el mejor ejemplo de ello fueron las últimas elecciones, en las que millones de personas decidieron votar a nadie, y es seguro que otros tantos votaron a alguien, no porque lo consideraran el mejor, ni siquiera bueno, sino simplemente el "menos malo" o el capaz de eclipsar a éste o a aquél.

La depresión es una enfermedad cuyos orígenes se remontan a épocas infantiles; sin embargo, bajo ciertas condiciones, cualquier individuo puede ser propenso a desarrollar un cuadro depresivo. Si algo nos caracteriza como especie humana es el impulso al crecimiento; cada individuo alberga dentro de sí el anhelo de crecer, de estar mejor, de superarse a sí mismo. Cuando las condiciones de vida le niegan esa posibilidad, cuando el sujeto advierte que, aunque luche y se esfuerce, el mañana no será mejor que el acuciante presente, su esperanza se hace añicos y comienza un proceso que afecta el conjunto de su estructura psíquica.

En la Argentina, la gente no reacciona porque esta viviendo un proceso en el que ha perdido la esperanza, sabe que la larga crisis que se le impone y los continuos esfuerzos que se le exigen no son para costear una guerra inevitable, ni para mitigar los efectos de una catástrofe natural, ni para construir hospitales, ni escuelas, ni brindar asistencia a los marginados; es un esfuerzo que debe pagar con su calidad de vida, con su salud y con su esperanza para pagar los efectos de la ineficacia, la corrupción y la irresponsabilidad de quienes debían administrar y cuidar el patrimonio de todos.

En otras épocas, por malas que éstas fueran, la gran esperanza era el cambio: otro presidente, otro ministro, otro gobierno; hoy, cualquier persona vinculada a la cosa pública es mirada con sospecha, y pocos se entusiasman con las soluciones que pueda proponer.

Pero toda enfermedad contiene dentro de sí misma el germen de su propia curación. Es difícil saber si en lo económico y en lo político o, mejor dicho, en la vida cotidiana de cada uno, aún nos aguardan tiempos más difíciles; pero en lo que respecta a la reacción psíquica es muy posible que la depresión y el malestar cedan paso a otras respuestas.

Tal vez la magna tarea que hoy nos incumbe sea bregar para que el cambio psíquico que se produzca sea aquel que nos motorice, en lo personal, a evitar que las dificultades económicas se apoderen también de nuestra subjetividad ensombreciendo los afectos, las relaciones y la voluntad de vivir, crear y soñar. Y en lo político, en tanto ciudadanos, no dejar que el virus de la resignación achate nuestra esperanza y nos haga olvidar el ineludible deber de vigilar, denunciar y participar.

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