Generosidad, la mejor inversión

Nora Bär
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26 de diciembre de 2001  

Cuando falta menos de una semana para terminar el año y deberíamos estar pasando en limpio los últimos doce meses, escribiéndonos con los amigos que hace mucho no vemos, clasificando las fotografías que nunca terminamos de ordenar; en síntesis, poniendo un broche final a las desdichas -que, es seguro, no faltaron- para barajar y dar de nuevo, los castigados mortales de esta parte del mundo no hacemos más que hablar de... economía.

¿La última hoja del almanaque nos nubla la vista porque evoca en nosotros innatas ansias de trascendencia? ¿Filosofamos acerca del futuro del mundo? ¿Nos preocupa haber dado otro paso en el camino que nos conduce indefectiblemente hacia nuestra propia mortalidad? No.

Nos desvelamos tratando de entender qué nos deparará el Argentino, intentamos descubrir cómo diablos se llevarán a la práctica las promesas de solución y analizamos cada oración de las secciones especializadas de los diarios preparándonos para -esta vez sí- saber interpretar los indicios de una posible nueva debacle.

Si, como aseguran los psicoanalistas, son necesarias las crisis para hacer posible el crecimiento, ésta, por lo prolongada y dolorosa, debería ponernos definitivamente en la buena senda, ¿no es cierto?

* * *

Pero, para eso, habrá que cambiar algunas cosas. Hablando de economía, tal vez sería interesante que las nuevas estrategias no sólo se limiten a aplicar fórmulas rígidas, sino que también tomen en cuenta los sentimientos de las personas. Sí. Al fin y al cabo, fue esta idea la que en 1978 le valió el Premio Nobel a Herbert Simon, un investigador norteamericano graduado en ciencias políticas y pionero de la inteligencia artificial. El demostró que -dado que no es precisamente la racionalidad la que guía el comportamiento humano, y que éste no puede definirse lógicamente- las personas y las presunciones económicas clásicas no se llevan muy bien.

Por ejemplo, matemáticamente está demostrado que la regla económica de maximizar las utilidades es, en sí misma, una paradoja. No sólo es imposible que en una sociedad todos maximicemos salvajemente nuestras ecuaciones personales, sino que aparentemente éste no es el camino que más paga.

Según Karl Sigmund y sus colegas de la Universidad de Viena, aunque parezca contradictorio, cuando existen condiciones de incertidumbre, la generosidad y el altruismo son más rentables.

Estudiando un célebre juego matemático llamado el dilema del prisionero, los científicos austríacos llegaron a la conclusión de que, a veces, la cooperación conduce a mejores resultados que la competencia.

Tal vez no todo en la economía se rige por los principios del escenario darwiniano. La meta del drama evolutivo es transmitir los propios genes y tradicionalmente se supone que la mejor manera de hacerlo es apropiándose de tantos recursos como sea posible, para uno mismo y para su progenie. Dentro de este esquema, los seres con impulsos generosos serían candidatos a una muerte rápida; sin embargo, según las teorías de Sigmund, el altruismo es a la larga una mejor inversión.

¿Seremos capaces los argentinos de crear un inédito 2002, un gran salto al futuro, a partir de la generosidad y el altruismo, tanto en los pequeños hechos cotidianos, como en las grandes decisiones sociales?

Si se nos otorga un deseo, que sea éste.

Por: Nora Bär
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