Hallazgos en una cueva de 8000 años

Revela hábitos de antiguos pobladores
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28 de diciembre de 2001  

SANTIAGO, Chile (El Mercurio).- El hallazgo de tres cuerpos sepultados ceremonialmente en la cueva de Hakenasa, 40 kilómetros al sur de Visviri y cerca de la frontera con Perú y Bolivia, conmocionó este mes a Ancopujo.

Dionisio Flores Mayta, el más viejo del caserío, ya olvidó las antiguas leyendas sobre cómo se fundó el pueblo. Pero los arqueólogos Calogero Santoro y Raimundo Lefevbre, de las universidades de Tarapacá y Rukgers, Estados Unidos, rescataron pistas que permitirán reconstruir la memoria perdida de los primeros pastores de la puna chilena, que vivieron allí 8000 años atrás.

Cubrían las tumbas con piedras, turquesas y arcillas. Junto a los restos humanos había adornos y utensilios que revelan el modo de vida de los habitantes y el comienzo de una era que aún hoy domina en la mayor parte de los villorrios altiplánicos del extremo norte.

Placas de oro

La cueva de Hakenasa era un refugio ideal ante el frío y la lluvia en esa inhóspita zona. Una vista privilegiada sobre un cercano pastizal dejaba a mano las piezas de caza y, más tarde, el ganado. Su techo y paredes están cubiertos de hollín despedido por las milenarias y sucesivas fogatas.

Los huesos de vicuñas, guanacos y roedores dan cuenta de la dieta de sus primeros ocupantes, que usaban toscas piezas de piedra para cazar y curtir el cuero de sus presas. La domesticación de animales marca un cambio cultural impresionante. Las piezas halladas se sofistican en una gran variedad de flechas, cuchillos y delicados artefactos como tubos de cerámica empleados para atizar el fuego.

Uno de los esqueletos conservaba sobre su pecho pequeñas placas circulares de oro. Orfebrería fina que además abre interrogantes sobre el alcance del comercio en esa época, ya que no hay yacimientos cercanos de ese metal.

Los jóvenes de Ancopujo trabajaron junto a los arqueólogos y ayudaron a identificar los instrumentos encontrados. Terminada la faena, toda la comunidad celebró una wilancha, sacrificio de una llama, como rito purificador.

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