
La astronomía, detrás de las huellas de la estrella de Belén
Las evidencias indican que fue una conjunción planetaria
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"¿Dónde está el nacido Rey de los Judíos? Porque nosotros vimos en Oriente su estrella y hemos venido con el fin de adorarle"(Mateo 2,2).
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Desde que la astronomía se consolidó como disciplina científica, e incluso antes, cuando sus cultores abrevaban con igual interés en la astrología, la estrella de Belén ha sido una incógnita que generó numerosas teorías y suposiciones. Estrella fugaz, supernova o conjunción planetaria son algunas de las respuestas para este misterio que aún hoy no ha sido resuelto.
"Es más fácil saber qué no fue la estrella de Belén que poder decir cuál de las muchas hipótesis que se han formulado es la correcta", comentó a LA NACION Mariano Ribas, coordinador del Area de Astronomía del Planetario Galileo Galilei, de la ciudad de Buenos Aires. "Sabemos, sí, que no fue una estrella fugaz o un meteoro, ya que la corta duración de estos fenómenos no coincide con la descripción presente en la Biblia, que habla de un evento que duró meses."
Tampoco fue una supernova, pues el registro más cercano a esa fecha de un estallido estelar se remonta al año 185 de nuestra era. De todas las hipótesis, la que más evidencias a favor reúne es la que sostiene que la estrella guía de los tres sabios (Melchor, Gaspar y Baltasar) que acudieron a Belén para adorar a Jesús recién nacido fue una conjunción planetaria protagonizada por los planetas Júpiter y Saturno, a la que luego se le sumó Marte, conformando un triángulo luminoso en el cielo.
La hipótesis, propuesta a comienzos del siglo XVII por el astrónomo alemán Johannes Kepler, fue apoyada por diversos cálculos astronómicos que muestran que en los años 7 y 6 antes de Cristo tuvo lugar dicha conjunción planetaria. "Aunque uno no puede estar seguro de que esta hipótesis sea la más correcta, lo cierto es que al menos es la más probable", señaló Mariano Ribas.
Recreando el firmamento
En busca de una respuesta al misterio de la estrella de Belén, los astrónomos comenzaron por escuchar a los historiadores que señalan que la verdadera fecha del nacimiento de Jesús corresponde a fines del año 7 o 6 antes de nuestra era. La fijación de la fecha del natalicio es una convención que se consolidó en el siglo IV, mientras que la del año cero de nuestra era debe su autoría a un monje que en el siglo VI la hizo coincidir con el año 753 de la fundación de Roma.
Así, explicó Ribas, "se ha explorado un rango de hasta diez años en torno de esa fecha en busca de fenómenos astronómicos, ya que cabe la posibilidad de que éste haya ocurrido antes o después del nacimiento de Jesús, y que luego ambos sucesos hayan sido vinculados en la Biblia".
Para esa tarea, los astrónomos han echado mano no sólo de registros astronómicos antiguos, como los chinos, sino también de modernos programas de computación llamados "simuladores de cielo astronómico", que permiten recrear la posición de los planetas en la bóveda celeste en cualquier fecha pasada (y futura).
Esta metodología de trabajo aportó dos eventos astronómicos posibles: una conjunción entre Júpiter y Venus en el año 2 antes de nuestra era, y otra cinco años antes entre Júpiter y Saturno, a la que luego se sumó Marte en febrero del año 6 antes de nuestra era.
"A los Reyes Magos, que eran astrólogos, esta última debió haberles llamado la atención, ya que se produjo en la constelación de Piscis, que tenía un papel relevante en la tradición astrológica judía -comentó Ribas-. Además, Júpiter y Saturno recorrieron el firmamento de Este a Oeste durante meses, en la misma dirección que siguieron los reyes en su camino de Persia a Palestina."






