La depresión incrementa el riesgo cardiovascular

Puede aumentar hasta el 50 por ciento
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28 de febrero de 2004  

Como causa o consecuencia, la depresión aparece sugestivamente ligada a la enfermedad orgánica, tal como desde hace años vienen demostrando numerosos investigadores de todo el mundo. Un nuevo capítulo de este explosivo matrimonio apareció en el último número de la prestigiosa revista de la Asociación Médica Americana de los EE.UU. ( Archives of Internal Medicine ), con la publicación de un artículo de Sylvia Wassertheil-Smoller, del Colegio de Medicina Albert Einstein, de Nueva York, quien coordinó un estudio del que participaron 40 centros médicos de Estados Unidos.

Tras estudiar nada menos que a 93.676 mujeres de 50 a 79 años durante cuatro años, Smoller y sus colegas concluyeron que el 16% de las mujeres que manifestaron síntomas depresivos tuvo un riesgo un 50% mayor de desarrollar enfermedades cardiovasculares o de morir a causa de ellas, e incrementaron en un 30% el riesgo de muerte por otras enfermedades, en comparación con quienes no estuvieron deprimidas.

En diálogo con LA NACION, la autora se mostró muy cauta a la hora de explicar las razones del vínculo entre depresión y enfermedad cardíaca: "Probablemente existan numerosos mecanismos orgánicos involucrados, pero aún no sabemos cuáles son importantes ni por qué las mujeres deprimidas incrementan el riesgo de morir. La relación entre depresión severa y enfermedad cardiovascular es conflictiva", expresó, y agregó que la prevalencia depresiva en las mujeres tiene dos razones posibles: "Son más propensas a la enfermedad o porque están más dispuestas a expresar sus sentimientos".

Coincidentemente, Eduardo Kalina, médico psiquiatra, fundador y consejero del Colegio Latinoamericano de Neuropsicofarmacología, afirma: "La razón es más cultural que médica. Un hombre deprimido no es bien tolerado, y por eso tiende a ocultar su estado. Así es como, tal como plantea la Organización Mundial de la Salud (OMS), las personas tardan entre uno y diez años en iniciar el tratamiento antidepresivo adecuado", y se introduce en el nudo del debate que confronta a los diversos protagonistas del campo psicoterapéutico.

Psicoterapia o medicación

"Toda depresión significa enfermedad cardiovascular", postula sin titubear Kalina. Y, acto seguido, explica su hipótesis desde la complejidad química que domina al sistema nervioso e influye en el aparato circulatorio: "La depresión está causada por un desequilibrio neuroquímico, especialmente en los niveles de serotonina, un neurotransmisor capaz de provocar cambios en el endotelio [la capa interior] de las arterias y de facilitar la formación de pequeños coágulos responsables de accidentes cardio y cerebrovasculares".

Como los antidepresivos en sus versiones más modernas regulan la actividad de la serotonina, su administración sería el camino más corto y directo para actuar sobre las dos patologías que más preocupan a la OMS, por sus efectos devastadores sobre la salud mundial: la depresión, que, según el organismo internacional, en el 2020 será la patología más diseminada, y las enfermedades cardiovasculares, primera causa de muerte en el mundo.

Tan imbuido del valor de la química cerebral está Kalina que asegura que un buen psicoterapeuta debe tener una personalidad "serotoninérgica", es decir, capaz de provocar en el paciente los mismos efectos que la mismísima "vedette antidepresiva", tal como define a la serotonina. Y propone medicar por un mínimo de seis meses a dos años, salvo en depresiones severas, en las que la medicación, dice, debería prolongarse indefinidamente por temor a recaídas.

Quienes dentro del mundo "psi" se enrolan en posiciones menos biologistas y más humanistas, postulan la medicación como una medida transitoria para resolver estados depresivos de una intensidad tal que impide el trabajo psicoterapéutico.

En las depresiones severas, en las que existe riesgo de suicidio, nadie duda acerca de la necesidad de combinar ambas herramientas, sin sostener la omnipotencia de ninguna. En depresiones moderadas, aun las definidas como subclínicas, con síntomas tales como desgano y falta de deseo, es más controvertida la intersección entre ambas propuestas, es decir, si es necesaria su complementación, ya que, aunque esté asociada a una enfermedad, la depresión siempre involucra cuestiones existenciales que exceden ampliamente el riguroso terreno de la química orgánica.

"La medicación puede hacer más tolerable el sufrimiento intenso, pero no resuelve el fenómeno que está en la base y que exige cambios concretos para eliminar los factores que llevaron al cuadro depresivo. En este sentido, es una suerte de anestesia que aplasta la pasión capaz de movilizar el necesario cambio de vida", comenta el psicólogo y psicoanalista Emilio Aguerreberry, docente de Salud Mental de la Facultad de Medicina de la UBA.

"Lacan decía que la depresión es una cobardía moral de quien retrocede ante los cambios que exige el ir en la dirección de su deseo y prefiere adaptarse a la situación actual, generadora de depresión", lanza el psicoanalista, consciente de lo polémico de la frase, ya que, tal como reconoce, la depresión no es una elección voluntaria. Y apuesta a un abordaje que movilice los cimientos de la existencia y recupere el placer de vivir, en jaque en las depresiones.

"El corazón tiene razones que la psicofarmacología desconoce", ironiza, parafraseando a Pascal, el célebre pensador francés del siglo XVII. Y asegura Aguerreberry: "Los síntomas orgánicos, cuando están íntimamente asociados a cuadros depresivos, muy probablemente estén cargados de una significación que habrá que develar para revertir sus nefastos efectos sobre el cuerpo".

Los síntomas que exigen una atención inmediata

El "Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales", de la Sociedad Americana de Psiquiatría de los EE.UU., establece los criterios para diagnosticar un episodio depresivo mayor, es decir, una depresión que pone en riesgo la vida del paciente. Deben estar presentes cinco de los siguientes síntomas durante dos semanas.

  • Estado deprimido la mayor parte del día.
  • Importante disminución del interés o de la capacidad para el placer en todas o casi todas las actividades.
  • Pérdida o aumento de peso sin hacer régimen.
  • Insomnio o exceso de sueño.
  • Agitación o enlentecimiento psicomotor.
  • Fatiga o pérdida de energía casi cada día.
  • Sentimientos de inutilidad o de culpa excesivos e inapropiados.
  • Disminución de la capacidad para pensar o concentrarse.
  • Pensamientos recurrentes de muerte.
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