La fórmula que se hizo leyenda

Nora Bär
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28 de septiembre de 2005  

Un día como ayer, hace cien años, se publicaba la ecuación más famosa de la historia.

La había concebido en sus horas libres -según la leyenda, mientras andaba en bicicleta por las montañas suizas- un joven retraído que trabajaba como empleado de la oficina de patentes de Berna, Albert Einstein.

Ese año, cuando acababa de cumplir los veintiséis, Einstein produjo una serie de trabajos científicos que transformarían para siempre nuestra idea del tiempo, del espacio... y de nosotros mismos; es decir, desatarían una verdadera "revolución cultural" y lo transformarían en un ícono del último siglo. ¡Basta con teclear su nombre en Internet para que se nos informe que existen 50.400.000 de documentos!

En junio de 1905, en «Acerca de la electrodinámica de los cuerpos en movimiento», Einstein plantea su teoría de la relatividad especial. Allí refuta la idea de que el espacio estaba uniformemente lleno de un éter, como se creía, y sostiene que, dado que no se podía detectar, esta noción era redundante. Postula entonces que la velocidad de la luz debe ser igual para todos los observadores en movimiento.

Como explica Stephen Hawking en un artículo para un número especial de la revista Time, esto requirió abandonar la idea de que hay una medida universal llamada «tiempo» que todos los relojes miden de la misma manera. En lugar de eso, aparece el tiempo personal: los relojes de dos individuos sólo coinciden si están en reposo, pero no si están en movimiento. "Esto fue confirmado por un número de experimentos, incluyendo uno en el que un reloj extremadamente preciso voló alrededor del mundo y luego se comparó con uno que quedó en el lugar de partida -escribe el físico británico. Y más adelante bromea-: Si uno quisiera vivir más, podría intentar mantenerse volando hacia el Este de modo que la velocidad del avión se sumara a la de la rotación de la Tierra. Claro que la diminuta fracción de segundo que ganaría sería más que contrarrestada por el efecto de las comidas de a bordo."

Pero es en un trabajo posterior de apenas un par de páginas, publicado en el volumen 18 de Annalen del Physik del 27 de septiembre de 1905 donde figura la célebre ecuación E= mc2.

Seguramente la belleza y aparente simplicidad de esta fórmula que cambió la historia hizo mucho por convertir a su creador en una celebridad sorprendente, en cierto sentido, en medio de una cultura que suele destacar los detalles más intrascendentes y banales. Sin duda, también ayudaron su genialidad, su compromiso con los asuntos mundanos, y hasta sus debilidades, que delinearon los trazos de una figura profundamente humana.

Decía Einstein: "Aspirar a la verdad es más importante que poseerla". Y también: "La experiencia más bella que podemos tener es la del misterio. Es la emoción fundamental en la base del verdadero arte y la verdadera ciencia. Quien no la conoce y no puede ya asombrarse ni sorprenderse, es como si estuviera muerto, un candil que se ha apagado."

Por: Nora Bär
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