La jungla de asfalto

Nora Bär
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5 de diciembre de 2001  

-Para poder hacer las compras les voy a habilitar una cuenta de ahorro a mis hijos...

-¿Sacaste? ¿En qué cajero?

-No, para irte de vacaciones tenés que ahorrar antes...

-Las fotocopias no las saco para no gastar el efectivo...

-Podés usar tus ahorros, pero comprando con una tarjeta o un cheque...

En Buenos Aires, por estos días, no hay otro tema de conversación que las recientes medidas económicas.

Con las reacciones del domingo por la mañana, mientras los porteños nos desayunábamos con el nuevo escenario, Hans Selye -el endocrinólogo que en 1930 describió la respuesta de los organismos a un amplio rango de situaciones que percibimos como peligrosas- podría haber ilustrado un manual sobre la respuesta al stress.

Los síntomas externos son bien conocidos. El corazón late a mil . La boca se seca. El estómago se le llena a uno de mariposas que revolotean.

Pero la procesión también marcha por dentro. En materia de segundos, el cuerpo se prepara para la acción. Se acalla el sentido del dolor. Se agudizan el razonamiento y la memoria. Se nos dilatan las pupilas. Los pulmones absorben más oxígeno. Se eleva la presión sanguínea. Se producen más glóbulos rojos, y la sangre fluye al cerebro y a los músculos.

Estamos preparados para manejarlo... siempre y cuando no nos sintamos amenazados todo el tiempo . Si las situaciones displacenteras se hacen crónicas -desde un golpe de electricidad hasta los problemas con el banco-, son tóxicas.

La respuesta al stress -cuando se repite una y otra vez- puede dañar el sistema inmune, el cerebro y el corazón. El cortisol (la hormona que lo identifica) es dañino para las células cerebrales y puede alterar la capacidad cognitiva y la memoria. Aumentan la fatiga y la depresión. La disminución en el flujo de sangre al intestino deja a la cubierta mucosa en situación vulnerable frente a las úlceras. La hipertensión lesiona la elasticidad de los vasos sanguíneos.

Evolutivamente, el stress resultó muy útil como modo de defensa. Pero el problema surge cuando estamos obligados a experimentarlo a cada hora, en cada esquina. Es entonces cuando nuestros propios laberintos neuroquímicos pueden llevarnos de un disgusto a la guardia de terapia intensiva. Y el mecanismo de defensa resulta peor que el desafío imaginario.

Claro que cada uno responde de modo diferente. Hoy se sabe que las mujeres no reaccionan igual que los hombres. Y que ni siquiera se salvan los chicos: antes se preocupaban por un examen; ahora, también por las cajas de ahorro, el dinero circulante y las tarjetas de crédito.

En casos como éstos conviene recurrir a la meditación, a los masajes... o sencillamente al escapismo. Como ironiza una frase anónima: "El cuerpo, si lo tratas bien, puede durar toda la vida".

Por: Nora Bär
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