La receta finlandesa

Nora Bär
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22 de septiembre de 2004  

El caso de las regalías por la soja transgénica -que desarrollaron científicos de Monsanto, en los Estados Unidos, y que en estos días es motivo de controversia en la Argentina (ver Economía, Pág. 4)- es un ejemplo casi escolar de los réditos "contantes y sonantes" que suma el conocimiento en el mundo globalizado del siglo XXI: dotada de un gen que la hace resistente a un herbicida, la siembra y la producción local -y las ventas de la empresa norteamericana- se multiplicaron varias veces en los últimos seis años.

Ciertos argumentos son tan palmarios e ilustrativos que casi no dejan duda de por dónde pasa el camino hacia el desarrollo... Es el que vislumbraron y recorrieron países como Finlandia, que sin grandes riquezas naturales más allá de sus bosques ubicuos, con nada menos que 178.888 lagos, inviernos largos y oscuros, y temperaturas de hasta treinta grados bajo cero, fue capaz de producir una reconversión prodigiosa que permitió a sus habitantes gozar de un ingreso promedio de unos 20.000 dólares anuales, tener 2,4 millones de viviendas para una población de cinco millones de personas, cada una de una superficie promedio de 76 metros cuadrados.

Algunos indicadores ilustran la dimensión de los logros que permitió alcanzar una decisión deliberada de transformar el país en una sociedad de alta tecnología preparada para ingresar en la era de la información. Un proceso en el que el sector privado cumplió un papel protagónico.

En 1930, Finlandia era un país agrario mayormente pobre. El 60% de sus habitantes dependía de la agricultura. Medio siglo más tarde, la población activa ocupada en el campo había descendido a un cuarto del total.

A mediados de los años ochenta, la participación de la ciencia y la tecnología en el PBI del país nórdico era de alrededor del 1%, y la de la alta tecnología en las exportaciones, del 5%. Diez años después, la inversión en ciencia y tecnología llegaba al 3% del PBI y la participación de la alta tecnología en las exportaciones se había triplicado.

En 1988, el valor de las importaciones de bienes de alta tecnología era tres veces superior al de la producción nacional, pero siete años más tarde las exportaciones superaron a las importaciones.

Claro que el desarrollo finlandés no surgió de la nada. Baste con recordar que, por ejemplo, desde mediados del siglo XIX los finlandeses pueden enorgullecerse de haber desterrado el analfabetismo y que en la actualidad todos los jóvenes permanecen en la escuela obligatoriamente entre los 7 y los 17 años. (A propósito: los finlandeses de entre 12 y 69 años invierten de lunes a viernes ocho horas y media leyendo medios de comunicación.)

En la gastronomía finlandesa, septiembre es el mes de los arándanos negros, las liebres, los alces y los ciervos. Si estas recetas no son para todos los paladares, evidentemente la que rige su desarrollo científico y tecnológico es atractiva. Sólo resta decidirse... y no dar muchas vueltas. En todas partes, la recta es la distancia más corta entre dos puntos.

Por: Nora Bär

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