La restauración pone la ciencia al servicio de las obras de arte

Ofrece los métodos para tratar el deterioro de pinturas, esculturas o libros
Valeria Shapira
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26 de agosto de 2001  

Un examen clínico que muestre arrugas o cavidades anormales, un estudio radiológico que informe "manchas puntiformes blancas", un análisis de laboratorio que advierta la presencia de hongos y la recomendación de un tratamiento fungicida no son, aunque parezcan, únicamente atribuibles a los mortales. Las pinturas, los libros, los manuscritos y las esculturas envejecen y se enferman.

Como sus autores, críticos y observadores sufren con el paso del tiempo, el calentamiento global, la agresión de plagas, la manipulación del hombre y necesitan tratamientos preventivos, paliativos o curativos.

La restauración (de eso se trata) ya no puede desligarse de la ciencia. Con ayuda de la radiología (la misma que se emplea para tomar una placa de tórax o de tobillo) y la ingeniería agronómica y forestal se pueden realizar procedimientos que no sólo curan sino que, al mismo tiempo, son capaces de revelar tesoros escondidos. El retrato de un partidario de los federales -insignia punzó incluida- que ingresó en el país en épocas de enfrentamientos políticos puede ocultar la pintura original del retrato de un adversario unitario (pintado debajo del hombre que se ve), o el boceto correspondiente a uno de los arlequines de una de las pinturas del genial Pettoruti estar claramente dibujado (y tampoco a simple vista) en otra de las obras del pintor.

Ambos tesoros sólo logran observarse (y de hecho fueron hallados por las restauradoras Patricia Mottillo y María Fabiana Sica) a través de una radiografía.

"Hacemos un diagnóstico clínico, basado en lo que vemos o palpamos. Luego realizamos estudios radiológicos y, de ser necesario, recurrimos a estudios de laboratorio que incluyen identificación de fibras, cargas minerales, tintas dañinas, placas, microbiología y resistencia a hongos (en el caso de los papeles), y el testeo de los materiales cuando trabajamos con maderas, cuero o textiles", explican Mottillo y Sica, esta última también radióloga y licenciada en producción de bioimagen. Olga Florencia Casal, ingeniera agrónoma y forestal, colabora con ellas en los estudios de laboratorio.

Otros exámenes, como el que analiza los estratos de un cuadro (soporte, base, pintura, barniz), incluyen el empleo de microscopia electrónica. Los resultados permiten que dueños y críticos realicen dataciones o incorporar elementos para determinar la autenticidad de la obra.

Los secretos del diagnóstico

¿Por qué son tan útiles las radiografías? "Permiten determinar en maderas problemas de carcoma (pequeños insectos que van generando perforaciones internas) o, en pinturas de caballete, podemos observar los arrepentimientos del pintor o antiguas restauraciones", afirma Sica.

En los papeles -les ha tocado restaurar cartas de Juan Manuel de Rosas, manuscritos de Domingo Faustino Sarmiento, mapas, e incunables argentinos (impresos hasta 1830)- el principal problema es el envejecimiento, que se evidencia en la oxidación. "El papel se oxida. Hay cambios químicos por acción del medio ambiente. Además, se vuelve más ácido, lo que influye en su deterioro", explica Patricia Mottillo.

Entre los agentes dañinos externos (pueden verse o no) se destacan los hongos. "Se alimentan con materia orgánica del papel y lo debilitan, además de ocasionar distorsiones estéticas."

Por otra parte, "las altas temperaturas y la humedad deterioran las obras y, además, favorecen su proliferación. Por eso, los países más cálidos son los que presentan más problemas de este tipo", dicen las restauradoras, que tampoco olvidan el rol de la mano del hombre: "Muchos colocan las obras cerca de una fuente de calor (como una estufa), limpian los marcos con corrosivos o envuelven libros viejos en plásticos que concentran humedad", advierten.

Una vez que la ciencia dio su aporte comienza la restauración: la nivelación del pH (la regulación de la acidez), la cura de hongos o la recuperación de papeles rotos empleando papel especialmente preparado con celulosa y pH neutro.

Como suele ocurrir con los mortales, la mayoría de las obras llegan a manos de los restauradores cuando ya se han enfermado gravemente o el deterioro es notorio. "Lo ideal sería realizar un tratamiento preventivo, porque hay daños que no se ven." Un doblez muy marcado, un cambio de color o una pequeña mancha pueden ser el inicio de un problema mayor que, volviendo a la analogía con el hombre, puede solucionarse si se tiene en cuenta que, ante el menor síntoma, se puede consultar al restaurador.

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