La supervivencia de los más buenos

Nora Bär
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31 de diciembre de 2009  • 11:50

Se termina el almanaque, el mundo es un chisporroteo de buenos deseos y volvemos a confiar en un mañana más luminoso. Como cualquiera que tenga acceso a Internet, mi casilla está atiborrada de mensajes de fin de año que encantan: con varios signos de admiración, todos nos desean lo mejor para los próximos 365 días...

Pero incluso en medio de este telar mágico de buenas intenciones que cubre el planeta, y en el que se vuelcan ríos de tinta y megacantidades de bits electrónicos, no podemos dejar de ver más que conflictos a diestra y siniestra.

Entre nosotros, fuera de las circunstancias excepcionales, el altruísmo –la inclinación a ayudar a otros aún a costa de la propia conveniencia– parece ser, lamentablemente, una flor fugaz.

Thomas Huxley, el "bulldog" de Darwin, definía la vida como una lucha constante que, fuera de los estrechos límites del parentesco, se reduce a una guerra de todos contra todos, tal como Hobbes describía el "estado natural" del ser humano.

Es más, en Qué es el altruísmo (Editorial Katz, 2007), el biólogo norteamericano Lee Alan Dugatkin cuenta que desde Darwin en adelante este comportamiento social resultó tan fascinante para biólogos y etólogos que hasta hubo quienes, como Hill Hamilton, describieron la evolución del altruísmo con una fórmula matemática. Su ecuación tiene sólo tres variables: el costo para el altruísta (c), el beneficio para el receptor (b) y su relación genética (r). La regla de Hamilton establece que la evolución favorece el altruísmo cuando r x b es mayor que c.

En días como éstos, uno más bien desearía que fueran ciertas las teorías que, según Dugatkin, sostenía el zoólogo, geógrafo y príncipe del anarquismo Pyotr Kropotkin, que en su estudio sobre pueblos de Siberia postula que la ayuda mutua es el motor de la evolución.

¡¡Buen año para todos!!

Por: Nora Bär
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