Lo bueno del pesimismo

Nora Bär
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23 de agosto de 2000  

Cuando uno lee, como contó ayer en La Nación la escritora argentina Alicia Dujovne Ortiz, que el debate intelectual del verano parisiense se centra en torno de la felicidad -¡no importa cuán pegajosa e inmunda la considere el filósofo Pascal Bruckner!- no puede menos que suspirar de envidia hacia el Primer Mundo. Aquí, en Buenos Aires y probablemente en el resto del país, la ola de pesimismo imperante puede llevarnos a creer que la felicidad es un espejismo que se desvanece sobre el horizonte a medida que avanzamos.

Enfrentados a índices económicos desfavorables, intrigas palaciegas y una situación social dificilísima a pesar de los esfuerzos, los argentinos estamos dominados por una especie de fatiga de combate que nada bueno presagia: de un tiempo a esta parte no podemos sino ver la botella medio vacía , y olvidamos que con exactamente los mismos argumentos podríamos considerarla medio llena .

Seguramente, enfrentado con nuestro caso, un imaginario psicólogo de países aconsejaría una terapia urgente. ¡Argentinos, al diván! Cualquiera sabe que rumiar obsesivamente miserias, además de poco práctico, puede resultar dañino.

Sin embargo, tal vez no venga mal un poco de indulgencia. Podríamos ampararnos bajo la propuesta de un grupo de psicólogos norteamericanos empeñados en descubrir la cara positiva del pesimismo. Reunidos recientemente en un simposio titulado Las virtudes olvidadas de la negatividad , ellos consideran que pretender mantener la euforia cuando los problemas arrecian puede resultar tan malo para la integridad física y mental de un individuo como sumirse en la melancolía.

Según informa The New York Times, "aunque el pensamiento positivo tiene sus ventajas, quejarse un poco cada tanto no es tan malo".

Para estos heterodoxos de la psicología actual, existe algo así como un pesimismo defensivo ; es decir,una estrategia que consiste en plantearse expectativas absurdamente mínimas y calcular todas las posibles salidas a una situación desfavorable para evitar desilusiones. De este modo, los pesimistas defensivos logran sentirse menos ansiosos y actúan mejor frente a la adversidad. Es más, algunos estudios demostrarían que incluso las personas nerviosas, aprensivas, irritables y dadas a quejarse no presentan más problemas de salud que los optimistas... si no se les exige actuar en contra de su naturaleza. El lamento, según este punto de vista, puede proteger su integridad mental. Claro que, como en otras cosas, no conviene exagerar. Ya lo dice una antigua máxima: "El entusiasmo logra en un día lo que la razón no logra en años".

Por: Nora Bär

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