Los límites de la razón

Nora Bär
(0)
7 de mayo de 2003  

Pierre Bourdieu escribió alguna vez que las palabras están preparadas para que no se pueda hablar del mundo tal como es. Algo similar podría decirse acerca de los límites del lenguaje para describir el cerebro, esa masa grisácea de apenas un kilo y medio de peso y nada menos que cien mil millones de neuronas al que suele considerarse el objeto más complejo del universo : a pesar de reiterados y continuos intentos, sigue siendo tan elusivo y misterioso como la vida misma.

Ni la década del cerebro , diez años que registraron aluviones de trabajos científicos y ayudaron a descifrar algunos de los procesos que se desarrollan sobre su escenario neuroquímico, alcanzó para ofrecer respuestas concluyentes a las preguntas que ya perseguían a nuestros antepasados griegos: qué es un pensamiento, una emoción, un recuerdo, que son el amor y el odio...

Dentro de un panorama multifacético, las hipótesis del neurólogo portugués Antonio Damasio -autor de "El error de Descartes" y "Sentir lo que sucede" (ambos publicados en español por Editorial Andrés Bello)-, además de estimular la controversia, cautivan la imaginación.

Es que, desde hace casi una década, él viene planteando que la mayoría de los filósofos y psicólogos que estudiaron el cerebro estaban equivocados en suponer que la razón es lo contrario de la emoción, una división que se remonta a Aristóteles: asegura que las emociones atraviesan la cognición y por lo tanto son esenciales para la supervivencia.

Es más, en un artículo de Emily Eakin publicado por The New York Times afirma que en su último libro, "Looking for Spinoza", llega a conclusiones que desafían todas las nociones aceptadas: su modelo de la consciencia se basa en una "reacción en cadena que comienza cuando una emoción (definida como un cambio en el estado del cuerpo en respuesta a un estímulo externo) desencadena un sentimiento (la representación de ese cambio en el cerebro)". En otras palabras, "los sentimientos no causan síntomas corporales, sino que son causados por ellos: no temblamos porque sentimos miedo, sentimos miedo porque temblamos"; las emociones son las que nos permiten pensar, no son enemigas, sino cómplices de la razón.

Es más, Damasio y otros plantean una especulación sugerente: que la literatura puede haberse desarrollado genéticamente para hacer trabajo cognitivo precisamente estimulando las emociones.

Si Damasio está en lo cierto, y las emociones son centrales para la toma de decisiones, tal vez haya que aprender a votar no sólo con el cerebro, sino con el corazón.

Por: Nora Bär
ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.