Modernas técnicas reducen la toxicidad de la radioterapia

Disminuyen su impacto sobre el corazón
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24 de septiembre de 2005  

Todo medicamento tiene efectos secundarios. Y lo mismo puede decirse de la radioterapia que se emplea en el tratamiento del cáncer de mama: diversos estudios han demostrado que su forma convencional puede aumentar el riesgo de sufrir afecciones cardiovasculares, como resultado de la irradiación no buscada del corazón.

"Ese riesgo puede ser reducido con el uso de modernas tecnologías, como la radioterapia tridimensional conformada o, más aún, con la radioterapia de intensidad modulada", dijo a LA NACION el doctor Keith Miller, del instituto 21st Century Oncology de Florida, Estados Unidos, que disertó en las XII Jornadas Argentinas de Mastología que se realizaron en Buenos Aires, sobre cómo limitar la toxicidad de la radioterapia.

Como explicó Miller, durante muchos años no se tomaron en cuenta los posibles efectos secundarios de la terapia radiante en cáncer de mama sobre otros órganos, como el corazón o los pulmones. Sin embargo, un estudio prospectivo que evaluó más de 54 mil pacientes del Registro Suizo de Cáncer halló una asociación entre la radioterapia y ciertos problemas cardiológicos.

"Esto se debe a que la terapia radiante, al incidir sobre el corazón, puede causar fibrosis en el tejido cardíaco, lo que le resta capacidad para bombear sangre –explicó el doctor Miller–. Al mismo tiempo, demasiada radiación en las arterias coronarias puede acelerar el proceso de aterosclerosis, lo que aumenta el riesgo de infarto."

En promedio, las mujeres que se someten a radioterapia convencional tienen un riesgo una vez y media mayor de sufrir infarto de miocardio que mujeres de la misma edad pero que no se someten a dicho tratamiento. Ese riesgo, aclaró Miller, "no es igual para todas las mujeres, sino que depende de las características anatómicas individuales".

Estas características llevan a que, por ejemplo, el corazón quede en medio de la trayectoria que recorren los haces de la radioterapia que son dirigidos hacia el tumor, algo que la radioterapia convencional no puede prevenir.

Modular el rayo

"Las terapias radiantes más modernas emplean tomografías computadas tridimensionales que permiten determinar la ubicación de los distintos órganos que puedan encontrarse en la trayectoria del haz, y evitar o al menos limitar su irradiación", explicó el doctor Miller.

La masificación de estas tecnologías en los Estados Unidos permitió un descenso sostenido de la mortalidad por infarto asociada al tratamiento del cáncer de mama, que baja un 6% cada año.

La puesta en práctica de tecnologías como la radioterapia de intensidad modulada (IMRT, según su sigla en inglés) implica realizar los estudios de imágenes con la paciente recostada sobre una superficie que se amolda a su cuerpo, y que es la que asegura que luego el tratamiento podrá ser direccionado de forma tal que permite esquivar los órganos que no se quiere irradiar.

"Entre el momento en que se realizan los estudios de imágenes y el momento en que se efectúa la irradiación, se analiza la información obtenida por las tomografías para planificar cómo proteger las zonas que no se quiere irradiar", dijo Miller. Además de calcular con computadora la trayectoria de los haces de radiación, se diseñan ventanas de plomo que permiten adaptar esos haces para desviar la trayectoria del corazón o los pulmones.

Por último, la capacidad de regular la intensidad del haz también juega a favor de la paciente. "La IMRT va un paso más allá, ya que permite modular la intensidad de cada uno de los minúsculos rayos que conforman el haz de radiación", agregó Miller.

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