Por primera vez, una muestra reúne cientos de papeles privados de Einstein

Los documentos incluyen desde el boletín de la escuela secundaria hasta cartas a su mujer y amantes
Juana Libedinsky
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21 de noviembre de 2002  

NUEVA YORK.- "Querida Elsa, si fueras a recitar el poema más divinamente, la alegría que me darías con él no podría ni acercarse a la que sentí cuando probé los bocaditos de ganso y champiñones que me cocinaste anoche."

Quien escribió esa carta fue el hombre cuyo nombre es sinónimo de genio: Albert Einstein. En Nueva York, el Museo de Historia Natural acaba de inaugurar una gigantesca exposición en su homenaje, en la que se pueden ver por primera vez centenares de papeles privados. Es una muestra emocionante y que no sólo enseña sobre sus descubrimientos sino que prueba que difícilmente haya existido un genio más humano en la historia de la ciencia. Y que sirve de adelanto a todas las celebraciones que la ciudad ya tiene planeadas como festejo de su "Anno Mirabilis" en 2005.

El recorrido de la exposición oficial, organizada junto con la Universidad Hebrea de Jerusalén, empieza en su infancia. Hay algo particularmente conmovedor en poder ver de cerca sus boletines del colegio. Y es mentira que hubiese sido mal alumno. Aunque en idiomas era regular, en las materias duras era siempre sobresaliente. También están las fotos y los testimonios de su familia.

"Cuando nació, nuestra madre quedó muy shockeada al ver el tamaño de su cabeza", recuerda Maya, su hermana.

De a poco, la ciencia se va apropiando de un lugar cada vez mayor en su vida: "A través de la lectura de los libros de ciencia popular, llegué a la conclusión de que muchas de las historias de la Biblia no pueden haber sido ciertas", escribe con su letra de niño de 12 años. A pesar de esto, Einstein siempre mantuvo una profunda identidad judía y fue uno de los grandes impulsores del movimiento sionista.

También fue gurú cósmico, peacenik , profeta atómico, activista por los derechos humanos y uno de los blancos predilectos de las persecuciones del presidente Hoover. Todo esto y más puede verse en el recorrido que incluye no sólo secciones dedicadas a sus trabajos sobre la luz, el tiempo, la energía y la gravedad con juegos interactivos y videoclips, sino dos salas enteras donde se explora la teoría de la relatividad con una creatividad que el propio Einstein difícilmente podría dejar de aprobar. °Hasta hay pantallas en las que uno puede ver cómo luce cuando es visto a través de un agujero negro!

Respecto de Einstein, "el hombre" -aunque la exposición tiene especial cuidado en no separarlo de "el genio"-, la sección más popular es la que tiene sus cartas de amor, dirigidas a su mujer, futura mujer y unas cuantas amantes. Más de una vez, escritas al mismo tiempo. Y, en general, con un vocabulario más fácil de asociar con la telenovela de la tarde que con una de las mentes más brillantes que tuvo el siglo XX.

Nutrida correspondencia

"Mi queridísima Dolli -le escribe en 1900 a Mileva Maric, su compañera en el politécnico de Zurich y primera mujer-. Pronto estaré con mi amorcito para darle besitos, abrazarla, retarla, reírme con ella, caminar con ella, charlar con ella, preparar café con ella... ad infinitum!"

Pero el infinitum no fue tanto. A su lado se pueden encontrar los papeles donde, en 1918, establecen su divorcio, y Einstein se compromete a cederle el dinero del premio Nobel (al que constantemente era nominado) si lo llega a ganar alguna vez. Y al lado de este papel están las cartas a otras mujeres que impulsaron la decisión.

La muestra también recorre el Einstein político. Está la famosa carta que le escribe a Roosevelt cuando, alertado de que los Nazis estaban construyendo una bomba atómica, lo insta a que Estados Unidos desarrolle la propia. Pero también está otra carta posterior, menos conocida, donde le pide que no sea utilizada. Aún así, después de Hiroshima, sus palabras fueron "Woe is on me" (°Ay de mí!).

Einstein pasó los últimos diez años de su vida respondiendo a preguntas sobre la bomba. Pero también consultas de otro tipo. Por ejemplo, las cartas que le enviaban niños de todas partes del mundo.

"No te preocupes por tus dificultades con las matemáticas -le responde a un chico de 12 años con problemas en la escuela-, puedo asegurarte que las mías son mayores."

Una carta que recibe el físico dice: "Estimado señor Einstein: mi hermano y yo estamos construyendo un cohete para ir a Marte y Venus. Nos gustaría que viniese también. Necesitamos un científico y alguien que lo maneje. Espero que no le moleste si llevamos a mi hermana María. Tiene dos años, pero no llora mucho. Atentamente, John (6 años)".

Einstein fue el tipo de hombre que visitaba a los vecinos cuando la gata tenía gatitos, al que se le daba vuelta el velero navegando en Princeton, el que iba a trabajar en bicicleta y que tomaba la decisión de no usar medias porque se les hacían agujeros.

Desarrollaba una labor humanista en gran escala, pero no por eso dejaba de ser profundamente humano en su vida cotidiana. Nunca le dio demasiada importancia a la fama, aunque supo usarla para las causas que consideró nobles.

Ya hacia el final, cuando le dijeron de la posibilidad de ser operado, Einstein se rehusó: "Cumplí con mi parte. Es tiempo de irme. Pero quiero hacerlo con elegancia".

Por su expreso pedido, sus cenizas fueron dispersadas por el viento y ni su casa ni su estudio fueron convertidos en museos.

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