"Si no hay ciencia básica, no hay nada"

Es importante estimular el debate de ideas que permita un análisis multidisciplinario del tema, afirma el investigador.
Nora Bär
(0)
22 de agosto de 2000  

Para comprender el complicado caleidoscopio de la realidad actual, frecuentemente se requieren claves que yacen muy lejos en el tiempo. En la compilación de artículos recientemente publicada, "La ciencia en la Argentina entre siglos, textos, contextos e instituciones" (Cuadernos Argentinos Manantial, 2000), el historiador Marcelo Montserrat, profesor plenario de la Universidad San Andrés y docente del seminario de Historia Social de la Ciencia, de la Universidad Nacional de Quilmes, descubre unas cuantas.

A lo largo de los veinte trabajos que reúne la obra, se recorre la ciencia argentina finisecular examinándola tanto con la lente del lingüista como con la del sociólogo, la del antropólogo o la del filósofo. El resultado es un damero que alterna la voces de un valioso grupo de investigadores.

Montserrat se muestra satisfecho con su intervención como compilador: "Quisimos reunir a gente joven, que tuviese perspectivas nuevas, y que ese encuentro estimulara la interacción entre los investigadores que trabajan en el tema -explica-. Y, afortunadamente, lo logramos."

-Profesor Montserrat, ¿por qué es importante conocer la historia de la ciencia?

-Habría respuestas muy distintas a esta pregunta. Pero la idea básica es ésta: la ciencia no es una isla dentro de la sociedad, es una parte de su cultura. De modo que si nos negamos a conocer esa historia, conocemos las cosas a medias.

-¿Podemos encontrar en la historia una explicación que nos ayude a interpretar el presente?

-En principio, sí. Todo historiador maneja un doble teclado, el de las continuidades y el de los cortes o fracturas, puede descubrir qué cosas continúan y cuáles se fracturan o se rompen.

-En este caso, ¿cuáles serían las continuidades?

-La más notable es la gran importancia que tienen en nuestro medio, desde el siglo XIX, las ciencias biológicas. Hay una anécdota interesante que permite apreciarlo. En esos tiempos, Eduardo Ladislao Holmberg escribió un libro que se llama "Dos partidos en lucha". Plantea, con nombres encubiertos, la lucha entre darwinistas y antidarwinistas. Es una obra apasionante, el primer libro de ciencia ficción que hubo en el país. Holmberg era en ese momento un muchacho de 22 años, que estudiaba medicina y que abrazaba el darwinismo a tal punto que durante el resto de su vida firmó sus cartas Eduardo L. Holmberg, darwinista . Una especie de credo. A mí me parece que esa impostación biológica que tienen los científicos argentinos del último siglo pasa al siglo XX.

-No es casual que los tres premios Nobel en ciencias que recibieron científicos argentinos hayan sido adjudicados a investigadores que trabajaron en la línea biomédica.

-Claro, el prestigio social que ha tenido el médico viene de esa fuerte tradición.

-Por otro lado, la ciencia del siglo XIX era más romántica, más individual...

-Exactamente. En el siglo XX se hace más rigurosa, más matemática. Comienza a ser de un carácter tan especializado que el país comienza a perder terreno en ese sentido, porque se torna más compleja y más difícil de satisfacer con recursos escasos. Si uno ve los presupuestos del siglo XIX, se ríe, porque no alcanzan a una página. Los del siglo XX, en cambio, son libros. Y eso lleva al punto central de cómo se financia esta nueva ciencia. Por este camino uno va de cabeza hacia la política científica. Es inevitable.

-¿Coincide con quienes argumentan que los problemas que tiene la ciencia argentina surgen de la falta de apoyo del conjunto de la sociedad?

-La política científica me parece un instrumento de los más delicados, porque uno sabe que la gente se muere de hambre, pero la política científica no es muy conocida. Digamos que al grueso de la sociedad civil no le interesa mucho, ni siquiera sabe muy bien de qué se trata. Si uno para a una persona en la calle y le pregunta qué es el Conicet, no sabe. Tampoco se sabe qué hacen nuestros investigadores. La verdad es que el país no tiene muchos especialistas.

-Uno de los conceptos que actualmente se rescatan es el de pertinencia . ¿Cuáles, a su juicio, serían las disciplinas pertinentes para un país como el nuestro?

-Se habla de pertinencia y también de relevancia. Yo nunca llegué a enterarme de qué cosas son relevantes, además cambian a tanta velocidad... Para mí, en este caso vale lo mismo que se dice de la música: no hay música popular y música culta, hay música buena y mala. Del mismo modo, hay ciencia buena y mala. Es buena si es profunda, si conduce a un avance del conocimiento.

-¿Por qué a principios de siglo se consideraba un descrédito que un investigador tuviera interés en aplicar sus conocimientos; y ahora, en cambio, parece adjudicársele más valor a la tecnología que a la ciencia?

-Es cierto que hay cierta tendencia pragmática a creer que, si la ciencia no arroja réditos inmediatos, es un lujo. Pero es nefasto pensar así. La división entre ciencia básica, ciencia aplicada y tecnología es arbitraria. Si no hay ciencia básica, no hay nada. Porque es necesario que haya gente que navegue en la oscuridad sin saber si va a llegar o no a descubrir algo. Eso no significa, naturalmente, que cualquier persona se puede considerar científico porque tiene una idea en la cabeza. No, para nada, estamos hablando de profesionales que llevan muchos años detrás de una idea, hasta que logran verificarla.

-Conociendo el pasado y el presente, ¿qué futuro intuye para el sistema científico nacional a partir de las nuevas propuestas de reforma del Conicet?

-Mi opinión personal es que el salto es peligrosísimo. Por cierto que el Conicet es perfectible, pero da la casualidad de que existe y costó mucho esfuerzo fundarlo. Y que produce el 90% de la ciencia argentina. Si se lo dispersa, nadie sabe qué puede suceder.

Por: Nora Bär

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.