Un científico que apostó a la industria

Ayudó a crear la compañía que fabricará vacunas para el mundo
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17 de diciembre de 2001  

Hace alrededor de veinte años, junto con un puñado de investigadores de la UBA, Marcelo Criscuolo tuvo que tomar la decisión de su vida.

El hoy ex becario de la Comisión de Investigaciones Científicas e investigador del Instituto Lanari había iniciado conversaciones con una empresa radicada en el país desde 1938 para lanzarse a un proyecto absolutamente inédito: nada menos que invertir capital nacional en un grupo de investigación y desarrollo de biotecnología.

Si daba el , se alejaría del sistema nacional de ciencia básica para saltar a la industria, una actitud que por esos días resultaba extremadamente controvertida.

Muchos lo criticaron. Sin embargo, todo confirma que tomó el camino correcto: tras dos décadas de logros, puede enorgullecerse de haber demostrado que la ciencia puede convertirse en motor de la economía.

Bio Sidus, la empresa de biotecnología que ayudó a construir, es hoy un laboratorio modelo en su género, a la altura de los más avanzados del mundo. Una prueba de ello es que acaban de ser elegidos por una compañía americana para producir en el país vacunas orales desarrolladas por ingeniería genética que se venderán en todo el globo.

Como suele suceder, todo comenzó casi tímidamente, en apenas una pequeña área de la empresa madre, Sidus.

Según suele contar Criscuolo, una de las tareas más arduas fue capacitar al personal idóneo. Como aquí no existía una escuela de biotecnología, fue necesario ir haciéndolo sobre la marcha.

"Hay tres elementos imprescindibles para hacer biotecnología: infraestructura, aparatología de punta y recurso humano de punta", dijo en su momento.

Sobreviviendo a los vaivenes de la hiperinflación, a las desventajas del subdesarrollo y a los prejuicios enraizados en el medio local, Bio Sidus logró concretar sus metas.

Una de ellas son los productos en sí, que comercializa en el mercado nacional y en Uruguay, Venezuela, Paraguay, Perú, Venezuela, Chile y la India, y que próximamente distribuirá en toda América latina y el Caribe, México, Turquía, Paquistán y Tailandia.

Pero tal vez la más importante sea haber llegado a dominar una tecnología que, en los países centrales, brinda cuantiosos réditos.

Hace diez años, Criscuolo anticipaba que el gran esfuerzo sería sentar las bases. "De allí en más, con buena infraestructura y haciendo las inversiones necesarias, la cantidad de productos que se puede fabricar es inmensa", aseguraba.

Así, junto con los colegas que lo acompañaron en esta aventura, obtuvo el primer Premio al Exito Innovador en América Latina y el Caribe, otorgado por la Organización de las Naciones Unidas para el Exito Industrial.

Junto con la Fundación Favaloro, realizó las primeras investigaciones locales en terapia génica para enfermedades cardiovasculares.

Y junto con Carlos Carcagno, recibió el Premio a la Investigación en Biotecnología que entrega el Ministerio de Salud de la Nación, por su participación en la búsqueda de una vacuna contra el sida.

Al final, demostró que a veces no hay contradicción entre hacer investigación y hacer productos. "Nuestra idea es completar un círculo: obtener un producto, comercializarlo y, con lo obtenido, inyectar más oxígeno en la investigación. Bio Sidus demuestra que se puede ser empresa y seguir haciendo ciencia", asegura.

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