Uno de cada dos chicos argentinos menores de dos años está anémico

Es una condición que puede lesionar permanentemente la capacidad cognitiva
Nora Bär
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28 de junio de 2002  

La evaluación distribuida ayer por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) plantean una paradoja inquietante: en el país de la carne, uno de cada dos chicos menores de dos años padece anemia, un trastorno que aparece ante la prolongada y severa deficiencia de hierro. La anemia determina una reducción del número de glóbulos rojos y la consiguiente imposibilidad de la sangre de llevar adecuada cantidad de oxígeno a los tejidos.

La estimación es de por sí abrumadora, pero hay más: por cada chico anémico existe por lo menos otro que tiene deficiencia de hierro. También son anémicos entre el 20 y el 25% de las mujeres en edad fértil, entre el 10 y el 15% de los adolescentes, y el 50% de las mujeres embarazadas. Relevamientos en Córdoba y en Tierra del Fuego encontraron que esta última condición también se asocia con deficiencia de ácido fólico.

"Si uno extrapola estas cifras -destaca el doctor Esteban Carmuega, del Servicio de Nutrición del hospital Garrahan-, descubre que en la Argentina hay cuatro millones de personas anémicas y alrededor de 8 millones con deficiencias de hierro."

Por supuesto, las consecuencias inmediatas de esta situación son lamentables: la falta de hierro afecta el rendimiento escolar y las defensas inmunológicas, y pone a esos chicos en una condición de vulnerabilidad aumentada, por ejemplo, a las infecciones. A las madres y mujeres en edad fértil las coloca en riesgo de dar a luz bebes prematuros y de bajo peso, y de tener complicaciones en el parto.

Pero las consecuencias a largo plazo son, tal vez, aún más preocupantes: "Hay alrededor de 17 estudios que evalúan el impacto de la deficiencia de hierro y todos ellos demuestran que los niños anémicos responden menos que los no anémicos -afirma Carmuega-. Cuando uno sigue a estos niños, les trata la anemia y les evalúa su rendimiento intelectual seis años más tarde, encuentra que hay entre cinco y doce puntos de compromiso. Esta es la cicatriz que deja la deficiencia de hierro".

Entre los más afectados están los menores de dos años, porque a esa edad el cerebro se encuentra en pleno desarrollo.

También, porque "la cantidad de hierro que necesita un niño es prácticamente la misma que necesita un adulto, pero como come tres veces menos la concentración relativa en su alimentación debe ser mucho mayor -explica Carmuega-. Por otro lado, dado que los chicos tienen muy alta velocidad de crecimiento, agotan muy rápidamente sus reservas".

Soluciones accesibles

Ya existen numerosos estudios locales que ponen en evidencia esta situación. El primero fue realizado por Elvira Calvo, de Cesni, en 1985; luego vinieron otros en Misiones, Tierra del Fuego, Chaco, Córdoba.

Una de las primeras conclusiones que surge del análisis de esas muestras es que, aunque podría remediarse fácilmente y con muy poca inversión, en 15 años el número de chicos con anemia no disminuye, sino que crece.

Para María del Carmen Morasso, consultora de Unicef, "éstos fueron años perdidos en la lucha contra la anemia", que actualmente aumenta a la par de la crisis económica, porque a medida que desciende el poder adquisitivo se modifica el menú familiar que sustituye los alimentos más caros -carnes, lácteos, frutas y verduras- por los más accesibles -pan, polenta, fideos-.

Los efectos de esta epidemia no son desdeñables. "La idea de que la deficiencia de hierro es un problema de quien la padece es un error -dice Carmuega-. Un estudio del Banco Mundial concluye que, a través del costo indirecto en productividad y en mejoría intelectual, un programa de fortificación de alimentos representa alrededor de dos puntos del PBI de países en vías de desarrollo. Es decir que la corrección de la deficiencia de hierro tiene enorme impacto en la productividad y en la disminución de la morbimortalidad."

Según el especialista, en el mundo hay tres estrategias probadas para erradicar la anemia. Una es la legislación que actualmente estudia la Cámara de Diputados y que ya tiene media sanción del Senado: el enriquecimiento con hierro y ácido fólico de la harina de trigo.

Otras son los programas de educación alimentaria a toda la población para mejorar la absorción de este micronutriente, y la suplementación específica en niñas en edad fértil y mujeres embarazadas.

"Afortunadamente, existe una solución. Depende del Estado y el costo es despreciable -afirma el especialista-. Pero no basta una ley, sino que también hay que prever el control que permita asegurar que el hierro que se incorpora a los alimentos es de adecuada biodisponibilidad, porque si no estaríamos simplemente haciendo que hacemos ."

La experiencia chilena

La legislación chilena fue una de las primeras que incorporaron la fortificación de la harina a la par de países desarrollados, como Estados Unidos o Canadá, con resultados que especialistas del país vecino consideran óptimos. Brasil, la Argentina y Uruguay son los únicos países de América latina cuya legislación no prevé el enriquecimiento de este alimento, pese a que la anemia por carencia de hierro es la causa más común de desnutrición por micronutrientes en el mundo.

"En Chile no hay anemia por falta de hierro en niños preescolares, escolares ni adolescentes", afirmó la investigadora del Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos de la Universidad de Chile, Eva Hertrampf, a Unicef. Entre las mujeres en edad fértil, los niveles de hierro en sangre son semejantes a los que existen en países desarrollados.

Por: Nora Bär
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