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Adicciones

El consumo de drogas en chicos tiene en vilo al pueblo wichi de Formosa

María Ayuso
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4 de marzo de 2019  • 15:03

Esteban es un chico wichi de 15 años, que esconde su mirada perdida debajo de una gorra y exhala un fuerte olor a pegamento. "Empecé a consumir a los 7, pasta base, nafta, alcohol, lo que fuera. La droga me destruyó y me gustaría dejarla, pero no le gano, me dejó así", dice, y con el gesto de sus manos busca abarcar su cuerpo flaco y desgarbado.

Fue perdiendo todo, incluso, su identidad. En algunos barrios lo conocen como Cristian, en otros como Chingolo. Nació en Chaco y se crio a los tumbos, en la marginalidad absoluta. Las adicciones lo alejaron de la escuela y lo acercaron al delito. Hoy vive en una de las comunidades wichis que conforman la periferia de Ingeniero Juárez, una localidad al oeste de Formosa que, según cifras municipales, tiene unos 19.000 habitantes, de los cuales 5000 pertenecen a pueblos originarios.

La historia de Esteban refleja la dura realidad que atraviesan cientos de niños y adolescentes aborígenes no solo de esa provincia, sino de distintos puntos del país. Durante tres días, LA NACION recorrió el extremo oeste formoseño y conversó con referentes de media docena de comunidades, que coincidieron en que cada vez una mayor cantidad de chicos y, a edades más tempranas –incluso desde los 8 años–, se pierden en las adicciones.

Nafta, pegamento, pasta base, marihuana y alcohol etílico (a veces rebajado con agua o azúcar) son la cara más oscura de un drama desgarrador. Porque según los líderes wichis, la droga trajo de la mano el delito y la violencia; porque no se cansan de asegurar que la zona está liberada a la venta; porque no saben cómo dar respuesta a un problemática que los excede y que hasta no hace mucho tiempo les resultaba ajena; porque sus jóvenes no tienen oportunidades ni proyectos de futuro.

Con ese panorama se encontró el sacerdote de la orden de los pasionistas Juan María "Juani" Rosasco (56) cuando llegó a Juárez desde Buenos Aires hace cuatro años. "El día que estaba viniendo, en la ruta, escuchaba las noticias de enfrentamientos violentos entre jóvenes wichis y la policía –recuerda Juani– Era pleno año electoral y esta es una sociedad muy politizada. Cuando nos pusimos a trabajar nos dimos cuenta que había una utilización de los jóvenes, con reparto de droga, por parte de los políticos".

Un grupo de chicos, chicas y adolescentes llegan al centro Angelelli
Un grupo de chicos, chicas y adolescentes llegan al centro Angelelli Fuente: LA NACION - Crédito: Javier Corbalán

La tensión se respiraba en el aire. "Organizamos varias asambleas con miembros de la población wichi y toba. La gran preocupación eran las adicciones, que se habían traducido en una violencia que hasta entonces no había habido en el pueblo. Todos querían hacer algo, pero no sabían qué y pedían ayuda", cuenta Juani.

Así nació el Centro Barrial Enrique Angelelli, que abrió sus puertas a mediados de 2017 y que el sacerdote describe como una casa de acogida, una alternativa al vacío que busca ganarle horas a la calle. "No todos los chicos que vienen consumen, pero sí están en riesgo: es, sobre todo, un espacio de prevención. Acá encuentran una familia, donde se los recibe con amor, pueden jugar, hacer deporte, tienen alguien que los escucha y se preocupa por ellos", detalla Juani.

Funciona de martes a viernes, de 15.30 a 19.30, y asisten unos 50 niños y jóvenes por día, que llegan desde los asentamientos wichis más cercanos (los barrios Obrero, Curtiembre, Alberdi y Belgrano). Los recibe un equipo interdisciplinario e intercultural, de criollos y wichis.

Dos niños juegan al metegol en el centro Angelelli
Dos niños juegan al metegol en el centro Angelelli Fuente: LA NACION - Crédito: Javier Corbalán

Pero esa es solo una de las patas de una iniciativa integral y ambiciosa, que incluye, además, becas para universitarios; un espacio deportivo gestionado por la comunidad rural de Lote 8 del que participan 120 chicos; y la murga Elé (loro, en wichi) en Las Lomitas, que integran 70 jóvenes y donde se trabaja en conjunto con la Asociación para la Promoción de la Cultura y el Desarrollo (APCD).

Juani Rosasco juega con un grupo de chicos en el patio del centro Angelelli
Juani Rosasco juega con un grupo de chicos en el patio del centro Angelelli Fuente: LA NACION - Crédito: Javier Corbalán

Es una tarde polvorienta de martes en que la térmica supera los 40 grados. Tímido, indeciso y arrastrando los pies, Esteban entra por primera vez al centro Angelelli. La escena lo conmueve: desde que le pregunten su nombre, lo inviten a sentarse y a tomar un tereré helado, hasta ver a chicos de todas las edades que juegan al metegol o al jenga, dibujan, disputan un picadito y bailan el pin pin, la música tradicional de los carnavales de las Yungas.

"Desde que llegué, me dieron algo hermoso que nunca nadie me dio", confiesa Esteban, refiriéndose a la contención del equipo del centro. Tras una pausa, agrega: "Sueño con dejar de ser lo que soy ahora".

Cuerpo a cuerpo

El centro –que funciona gracias un convenio con la Sedronar, con el que también se sustentan parte de los otros proyectos de prevención– integra la Familia Grande del Hogar de Cristo, una federación de 150 centros barriales en todo el país. Todos tienen como finalidad dar una respuesta integral a quienes atraviesan situaciones de vulnerabilidad social o consumo de drogas, poniendo en primer lugar a la persona, con un abordaje artesanal, "cuerpo a cuerpo".

Cómo trabaja el Centro Barrial Enrique Angelelli. Video: Javier Corbalán

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"Trabajamos con una espiritualidad o identidad común, que empezó con el padre Pepe Di Paola, cuando el Papa Francisco, en ese entonces cardenal Bergoglio, le dijo: ‘Ustedes tienen que recibir la vida como viene y empezar desde ahí’", relata Juani.

En la cocina del centro, Antonia prepara la merienda: mate cocido y pan con picadillo. Para muchos, será la última comida del día. En el patio, Daniela Ayala, que es instructora de educación física, baila zumba con las adolescentes. También están las maestras de grado Estela Romero y Ebelia Rojas, que dibujan con los más chiquitos, y Karen Sánchez, que es psicóloga.

La hora de la merienda en el centro Angelelli
La hora de la merienda en el centro Angelelli Fuente: LA NACION - Crédito: Javier Corbalán

Daniela Ayala, del equipo del centro Angelelli, dibuja junto a un grupo de chicos
Daniela Ayala, del equipo del centro Angelelli, dibuja junto a un grupo de chicos Fuente: LA NACION - Crédito: Javier Corbalán

Raúl Toribio es el coordinador del centro. Wichi, nacido y criado en Juárez, cuenta que dado el desconocimiento que tienen sobre la problemática de las drogas, las familias wichis (la mayoría se sustentan de pensiones, changas o empleos municipales), se encuentran en jaque.

"Primero empezaron consumiendo los adolescentes, pero hoy vemos chiquitos con nafta, porque destapando la moto de sus padres, ya la tienen a mano. Muchos están en la calle y son las primeras víctimas, un blanco muy fácil", sostiene.

A la vuelta de la esquina

La llegada del asfalto a Juárez hace algo más de una década; la migración del monte a la ciudad, la pérdida de sus tierras y el choque cultural; la situación de extrema vulnerabilidad en que vive el pueblo wichi y la falta de alternativas, son algunos factores que los referentes enumeran al hablar de la explosión de las adicciones en los últimos años.

"Estamos muy cerca de la frontera con Paraguay y Bolivia y las drogas acá circulan con total facilidad" es una de las afirmaciones que repite toda la comunidad. Ana Cravero, que integra el Equipo Diocesano de Pastoral Aborigen de la diócesis de Formosa, reflexiona: "Juárez antes era un lugar de paso de la droga, hasta que se empezó a convertir en uno de consumo de un modo muy acelerado. Conviene que los chicos consuman para vender, y después están los propios chicos que vendiendo se hacen una platita".

En ese sentido, Juani agrega: "El pueblo wichi tuvo siempre problemas con el alcohol, pero con la llegada del asfalto empezaron a llegar otras cosas, haciendo que la droga sea un producto de muy fácil acceso en las esquinas. Se fue metiendo tanto en las familias que hoy, la gran mayoría, tienen al menos un miembro afectado por la adicción".

Un grupo de niños del barrio Obrero, donde viven varios de los chicos que asisten al Centro Barrial Enrique Angelelli
Un grupo de niños del barrio Obrero, donde viven varios de los chicos que asisten al Centro Barrial Enrique Angelelli Fuente: LA NACION - Crédito: Javier Corbalán

Juani Rosasco con una de las niñas que viven en el barrio Obrero, en Ingeniero Juárez, Formosa
Juani Rosasco con una de las niñas que viven en el barrio Obrero, en Ingeniero Juárez, Formosa Fuente: LA NACION - Crédito: Javier Corbalán

Un primer recorrido por las calles de tierra del barrio Obrero, donde viven unas 300 familias en ranchos de adobe y casas muy precarias, basta para toparse de frente con esa realidad. Allí, cerca del sector que se conoce como barrio Alberdi o Laguna, a las 19, se ven grupos de adolescentes fumando pasta base, aspirando nafta o pegamento.

Para el equipo del centro, el suyo es un trabajo de hormiga. "Nos costó mucho generar un vínculo con los chicos", asegura la psicóloga Karen Sánchez. "Este lugar vino a tapar un bache importante, porque más allá de campeonatos de fútbol o alguna actividad que organiza la muni o las escuelas, no hay espacios de recreación y contención sostenidos en el tiempo", subraya.

Para la psicóloga, los resultados de este año y medio de trabajo están a la vista. "Vemos un cambio de conducta. Antes los chicos venían muy agresivos, no hablaban y por ahí explotaban en un acto violento. Hoy vienen con otras caras, otros estados de ánimo, nos cuentan lo que les pasa y eso nos muestra que algo está pasando para bien", detalla Karen.

Los pies de un niño en la comunidad rural wichi de Tres Pozos
Los pies de un niño en la comunidad rural wichi de Tres Pozos Fuente: LA NACION - Crédito: Javier Corbalán

Juani nunca está quieto. En su camioneta visita casi a diario alguna de las 25 comunidades de pueblos originarios de la zona. Sus proyectos a futuro son grandes: junto a los jóvenes de Tres Pozos y Lote 27, quieren desarrollar un lugar de recuperación "para aquellos que están más complicados" en las tierras ancestrales wichis de El Pajarito, junto al río Bermejo.

"Por ahora, hacemos campamentos en el lugar, pero la idea es que allí haya un grupo de forma estable que reciba a quienes busquen una salida a las adicciones. Que sea un espacio de contención, sanación, pertenencia y vida sana. Ese es nuestro sueño a largo plazo", concluye el párroco.

Cómo colaborar

Para colaborar con las becas de los estudiantes wichis o con alguno de los otros proyectos de prevención de adicciones que realiza el centro barrial Enrique Angelelli, comunicarse con Juani Rosasco escribiendo a juanicp@parroquiasantacruz.org.ar

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