El rol del educador en la revolución educativa: nuevos retos en su formación

Fernando Anderlic
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24 de octubre de 2016  • 09:44

En las discusiones que se mantienen en estos tiempos referidas al sin fin de problemas que nuestro país atraviesa en materia educativa, no pocas veces se trata a la cuestión de la formación docente como uno de los paradigmas que necesitan, de manera imperante, una reconstrucción urgente.

El problema de mejorar la calidad de la formación de los maestros y profesores se concibe, en ciertos ámbitos, como un problema de “consumo”: tienen que “consumir” cuanto curso se le ocurre a la autoridad de turno pues en los concursos impulsados por nuestra escuela pública se los valora fundamentalmente por la cantidad de certificados de cursos que tengan acumulados. Quizá por esta circunstancia, los docentes buscan en dichos espacios no tanto la cualificación de su enseñanza sino el certificado o “los puntos” para poder concursar y ocupar un lugar en el “escalafón”. En muchos casos, de aquellos suelen salir con un discurso renovado, que repite sin el menor asomo de crítica las nuevas teorías consumidas mientras que en las aulas siguen enquistadas las viejas prácticas.

Formar adecuadamente al docente supone un cambio radical para transformarlo de “consumidor de cursos y talleres” (y repetidor de conocimientos y teorías) en productor de conocimientos y de soluciones a los problemas o situaciones problemáticas que le plantea la práctica. Hay que convertir al docente en el sujeto de su formación-transformación, si en verdad queremos incidir en la calidad de la educación y de las escuelas, capaces de humanizar la cultura y el país.

Este “nuevo rumbo” implica asumir un tipo de formación que transforme profundamente la manera de pensar, la manera de ser y la manera de actuar del docente, pues está claro que si bien uno explica lo que sabe o cree saber, uno enseña lo que es. Esta transformación pasa por un proceso de "des-educación", de revisión crítica de las concepciones y de la práctica. La idea es ir construyendo una nueva subjetividad abierta al cuestionamiento y al crecimiento personal, a la crítica reflexiva, al diálogo, a la tolerancia, a la diversidad, y al desarrollo integral de las propias potencialidades.

De ahí que la propuesta formativa debe orientarse a lograr docentes que más que aplicar conocimientos y rutinas burocráticas, sean capaces de pensar sobre el país, sobre la educación y de pensarse como docentes. Un pensamiento, por supuesto, que promueva cambios, que vaya generando soluciones. En definitiva, la propuesta formativa se debe orientar a hacer del docente un educador, un instigador del hambre de aprender de sus educandos, y un agente democratizador. Formarlo para que enseñe a ser, enseñe a aprender y enseñe a convivir en un mundo que pareciera transformarse cada vez más vertiginosamente. Seguimos educando para “el mundo que fue y que no parece ser”; proclamamos que deberíamos educar para “el mundo que viene” pero ¿nos cuestionarnos en qué medida el mundo que esperamos es verdaderamente el mundo que soñamos?

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