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Hambre de futuro

Las fotos más impactantes de las comunidades más vulnerables

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2 de enero de 2019  • 20:19

La mayoría de los chicos tienen sus pelotas de fútbol pinchadas, producto del uso o porque se desinflan con alguna espina
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Sillas y ropa apiladas que se guardan al aire libre porque los espacios de las viviendas son todos muy pequeños. Casi ninguna familia tiene un comedor y están acostumbrados a hacer todo en el patio.
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La mayoría de las familias tienen perros con un alto grado de desnutrición, un fiel reflejo de la situación en la que se encuentran ellos.
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Nilo Romero tiene 14 años y todos los días dormía, espalda con espalda, con uno de sus hermanos en una cama de una plaza. Gracias a las donaciones de la audiencia, logró cumplir su sueño de tener una cama para él solo.
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Las tres herramientas de limpieza que Nataly Torres usa en su casa de adobe y techo de chapa. Ella vive en Las Talas, un barrio de ranchos en los que se hace cada vez más difícil llegar a fin de mes.
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Como no tienen lugar en las casas para guardar el calzado, una buena manera de ordenarlas en poniéndolas en el hueco que queda entre la pared y el techo.
Como no tienen lugar en las casas para guardar el calzado, una buena manera de ordenarlas en poniéndolas en el hueco que queda entre la pared y el techo.

La casa de Isabel Ojeda, en el paraje La Peligrosa, en Chaco, es de paredes de adobe y tiene techo de madera, chapa y nylon. Se queja porque en el verano hace mucho calor y en el invierno mucho frío. No tienen ni luz, ni agua, ni baño.
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Un tacho de obra de construcción es el recipiente en el que los Nolasco comen el almuerzo: una especia de guiso de polenta. La asignación por madre de siete hijos que cobra la madre no les alcanza para comprar carne ni verduras.
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Los Miranda viven en El Hoyo en un estado de completo abandono por parte del Estado y aislados por caminos intransitables. Usan una cama vieja para secar la ropa al sol, que muchas veces se vuelve a llenar de polvo y hay que volver a lavar.
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La estación abandonada de Marayes es un reflejo del estado de abandono de ese pueblo sanjuanino en el que casi no quedan chicos. El tren dejó de pasar en la década del 90, la mina de oro cerró y no existen oportunidades de futuro para los jóvenes.
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Camila Romero, de 13 años, es la encargada de barrer las hojas en su casa, en la comunidad de Piruaj Bajo, en Santiago del Estero. Las apila para después juntarlas con la mano y llevarlas a un pozo en donde las queman.
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