
Casi la mitad de las familias que vive en estos barrios recibe algún tipo de ayuda de una organización social
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Son el monumento máximo de la exclusión en la ciudad y en sus calles de tierra se apilan los rostros marcados por el hambre, el hacinamiento, la falta de trabajo y la desesperanza. Las villas porteñas se han convertido hoy en el reino de las necesidades básicas insatisfechas y esa realidad pide a gritos una solución.
Afortunadamente son muchos los oídos que están atentos al gemido de lo urgente en este territorio que muestra su potencial transformándose en caldo de cultivo para las múltiples caras de la solidaridad. Una enorme y contundente movilización social se ha puesto en marcha para intentar mejorar la calidad de vida de esta población y defender sus derechos. De hecho, según un estudio realizado por el Programa de Estudios sobre OSC y Desarrollo Humano, realizado en conjunto por el Departamento de Sociología y la Escuela de Economía de la UCA, casi la mitad (47%) de las familias que viven en la villa 21-24 de Barracas y la villa 1-11-14 de Bajo Flores recibe algún tipo de ayuda de una organización social. El relevamiento de ONG indica que más de 36.000 personas participan (aproximadamente 6 de cada 10 habitantes) de las actividades de las 108 organizaciones de ambas villas: mientras que en Bajo Flores se identificaron 43 ONG para atender una población de 25.973 habitantes, en Barracas el número ascendió a 65 entidades para 32.688 vecinos.
"Aunque muchas de las organizaciones comunitarias surgieron como ollas populares durante las crisis económicas y sociales de las últimas décadas, las mismas dirigen en forma creciente su accionar a actividades de promoción. Dentro de éstas, la mayor afluencia son las de tipo recreativo y deportivo, apoyo escolar, culturales y talleres de oficios", dijo Ann Mitchell, profesora e investigadora de la Facultad de Ciencias Económicas de la UCA.
Muchas veces las respuestas surgen de los mismos vecinos de la villa que se organizan para tenderle una mano a los que están un poco peor que ellos, y otras provienen del afuera, de entidades que preocupadas por esta situación se animan a adentrarse a un territorio diferente y desconocido para aportar lo más valioso que tienen, sus ganas de colaborar.
Es llamativo, además, el alto grado de participación de personas que sin esperar nada a cambio se ponen al servicio de los más necesitados. Las cifras señalan que el 81% de las personas que están involucradas con el funcionamiento de las ONG en la villa son voluntarias, el 13% es personal rentado y el 6% realiza una contraprestación para un plan o programa público. Lo que suele suceder es que luego de varios años de colaborar en forma desinteresada, la organización consigue un subsidio estatal o un aporte empresarial, y algunos voluntarios empiezan a cobrar un sueldo y se transforman en empleados.
Sabrina Monzón todavía recuerda esos días de su infancia que pasaba en el jardín maternal La Hormiguita Viajera, en la villa 1-11-14 del Bajo Flores, mientras que su madre trabajaba como ayudante de cocina para poder llevarle la vianda a sus 5 hijos. "Mi mamá venía por la comida", dice Sabrina, hoy de 22, en las instalaciones de lo que con los años se convirtió en un Centro de Primera Infancia, pero que conserva las manos fundadoras y el mismo espíritu de siempre: estar al servicio del barrio e intentar brindar una solución inmediata a sus problemas.
Las vueltas de la vida llevaron a Sabrina a seguir los pasos de su madre. Mamá de Benjamín de un año y medio y recién separada, desde marzo se sumó al plantel de La Hormiguita Viajera como madre cuidadora. "Todavía me quedan algunas materias pendientes de 5° año, pero siempre quise estudiar para ser maestra jardinera. Esta es una oportunidad increíble para mí que siempre quise estar cerca de los chicos", dice Sabrina, que actualmente vive con su madre, a la espera de poder alquilar algo propio en el conurbano bonaerense.
"Como mi mamá sigue trabajando como ayudante de cocina, pero ahora cobrando un sueldo y no tengo con quién dejar a mi hijo, este año empezó a venir al centro. Me parece una buena opción porque Benjamín estaba acostumbrado a estar siempre solo. Acá tuvo que aprender a socializar y compartir con otros compañeros. Además le dan de comer y lo tengo cerca por cualquier cosa", cuenta Sabrina, contenta con su contrato en blanco que le deja $ 3000 pesos por mes y de poder contar con una obra social para ella y su hijo.
La Hormiguita Viajera es una de las 43 organizaciones sociales que este relevamiento detectó en la villa del Bajo Flores. En 1989 un grupo de mujeres tuvo que recurrir a las ollas populares para combatir el hambre extremo que invadía el barrio y luego empezó a pensar en qué podía hacer para que las madres pudieran salir a trabajar sin tener que preocuparse en dónde dejaban a sus hijos. Así fue como Pelusa Maidana abrió las puertas de su casa para fundar el jardín maternal La Hormiguita Viajera, donde empezó a funcionar con 15 chicos.
"Como iba creciendo mucho la demanda, en 1993 nos mudamos adonde estamos hoy, pero que en ese entonces era un galponcito de chapa, muy precario, con piso de tierra. Nos colgábamos de la luz, pero de a poquito lo fuimos mejorando como pudimos", cuenta Maidana, mientras los 120 chicos de hasta 4 años se entretienen en sus salitas junto a las maestras y las madres cuidadoras.
Hace un año que firmaron un convenio con el GCBA para transformarse en un Centro de Primera Infancia, lo que implicó que tiraran abajo el edificio y levantaran uno nuevo de última generación. Además, esto les permitió sumar un grupo de profesionales especializados para llevar adelante el trabajo con los chicos y la propuesta pedagógica. "Nos costó mucho tomar esta decisión porque esto lo hicimos a pulmón y teníamos miedo de que se adueñaran del proyecto y de que no nos dejaran tomar más decisiones. Hoy sigue funcionando como siempre, con la mirada puesta en darle solución inmediata a los problemas de la gente y estar al servicio del barrio sin burocracias. Le damos prioridad a los chicos que provienen de hogares vulnerables, donde hay drogas, abandono y a las familias más desarmadas", dice Maidana, convencida de que siempre van a existir organizaciones sociales en los barrios porque los vecinos necesitan tener a donde recurrir cuando tienen un problema.
"Estos movimiento no sólo surgen de la necesidad, sino del poder humano. Hay que destacar el poder de las mujeres. Es impresionante la fuerza que tienen las mujeres en estos barrios, que les ponen la cabeza, el pecho y el corazón a estas iniciativas", agrega Alejandro Papadópulos, coordinador pedagógico del centro.
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Graciela del Valle Abregú se ubica al final de la cola que se forma en la entrada de la cocina del comedor Amor y Paz, en la villa 21-24 de Barracas. Con un tupper familiar en la mano, espera para retirar la única comida del día para ella y parte de su familia.
Vive con su marido y sus 13 hijos –van de los 6 a los 30 años– en una casa de material que consta de un comedor, dos baños y dos habitaciones que comparten entre todos. Ella cobra $ 1000 por mes del plan Ciudadanía Porteña, su marido hace changas de cartonero y ninguno de sus hijos trabaja.
"Como soy hipertensa hace cinco meses que la asistente social me derivó a este comedor porque acá cocinan sin sal. Así que aprovecho para llevarme comida para mí y cinco de mis hijos. Los otros comen en otro comedor que queda más cerca de mi casa", cuenta Graciela, con la mirada perdida en el piso. Y agrega: "A la noche sólo nos alcanza para tomar un té con pan, y los fines de semana acá en el comedor nos dan algo de mercadería para poder tirar hasta el lunes".
El peso de las organizaciones sociales en las villas es tan fuerte que son muchas las familias que ven cubiertas varias de sus necesidades por los brazos del tercer sector. De hecho, el informe antes mencionado refleja que del total de familias asistidas por alguna ONG, el 25% recibe dos ayudas y el 23%, tres o más. Este es el caso de Helena Torres, de 67 años, que almuerza todos los días en el comedor Amor y Paz. Vive con un nieto, es asmática y cobra una pensión por su marido, que falleció de cáncer, de $ 1300 por mes , según cuenta Helena. "Vengo al consultorio odontológico del comedor para que me arreglen las muelas y voy al médico de la salita de la parroquia de Caacupé para que me den los remedios para la presión, el colesterol y la diabetes", cuenta Helena.
Hoy, unas 430 personas pasan por este comedor, que tiene dos turnos: uno que empieza a las 11.30 para los chicos que van al colegio por la tarde y otro que comienza a las 14 para aquellos que salen del turno mañana. Además, en los últimos años se han expandido hasta llegar a ofrecer propuestas de juegoteca, circo, boxeo, y atención odontológica.
"Los chicos vienen solos a partir de los 7 años y traen a sus hermanitos porque las madres trabajan y ellos quedan a cargo. Sin estas organizaciones la calidad de vida de la gente sería mucho peor. Los chicos acá se sienten como en casa, éste es como el comedor del barrio. Hay familias que vienen desde que abrimos nuestras puertas, en 1991", afirma Lidia Robledo, una de las colaboradoras, que hace tareas de limpieza en la juegoteca. Ella almuerza en el comedor junto con sus cinco hijos; su marido trabaja en la construcción. "Me sirve que comamos acá, así podemos ahorrar para comprarnos una casa fuera de la villa", cuenta Lidia.
Respecto de cuáles son los rubros en los que más ayuda reciben las familias, la alimentación se ubica cómodamente en primer lugar (34%). Más de 30 comedores operan en cada villa diariamente sirviendo raciones de comida a más de 14 mil personas (aproximadamente uno de cada cuatro habitantes de las villas). Le siguen la educación, la salud, el trabajo y la vivienda, en ese orden de importancia. "Las familias del barrio plantean una demanda muy grande de lo que sea, ya que es una demanda generalizada contra la exclusión. Uno percibe que el hacinamiento es uno de los factores más complicados; también los casos de madres con hijos de diferentes padres, lo que lleva a un desmembramiento de la familia y la falta de estimulación en los más chicos. Las familias usan todos los servicios que les pueden dar: van al comedor, vienen al centro de la primera infancia, a la salita médica. Nosotros apuntamos a que ellos modifiquen sus hábitos para que se transformen en protagonistas de sus vidas y no que esperen a recibir ayuda", sostiene Mercedes Aranguren, presidenta de la Fundación Convivir. Esta organización cogestiona junto con el gobierno de la ciudad de Buenos Aires el Centro de Primera Infancia Pulgarcito en la villa 21-24, a la vez que brinda asistencia técnica y de investigación a los curas en su denodada lucha contra las drogas en el barrio.
"Empezamos a trabajar en la villa por una necesidad de querer ir donde está el problema en vez de esperar a que el paciente viniera a la institución. Nos dimos cuenta de que muchos de los chicos que venían derivados de los agentes del gobierno eran de la villa. La prevención no tiene que ver con hablar de adicciones, sino con generar las condiciones sociales para que esa persona no tenga que caer en las drogas. En estos chicos, el consumo es un síntoma de la exclusión, del hacinamiento, de la mala alimentación o de la falta de trabajo. Por eso nosotros impulsamos la promoción de la salud y de hábitos saludables –dice Aranguren, satisfecha con las exitosas articulaciones que se están dando entre las organizaciones sociales–. Hoy, si no trabajás en red, no existís."
De hecho, es muy común ver que diferentes organizaciones sociales comparten espacios comunes para poder llevar adelante sus actividades o se complementan en algunos de sus programas. "Nosotros trabajamos en Barracas y el Bajo Flores, siempre en el marco del trabajo pastoral de las parroquias, porque para entrar en la villa lo tenés que hacer con alguien de ahí. Las dos parroquias tienen un trabajo muy reconocido por el testimonio que dan estos curas al vivir ahí. De esta forma tenemos el camino allanado para entrar, pero después vos tenés que ganarte el cariño de los chicos y del resto de la gente", dice Federico Berardi, integrante de la Fundación Locos Bajitos, ONG que brinda apoyo escolar a 40 chicos en la villa 21-24, y en la 1-11-14 lleva adelante escuelas deportivas de fútbol, de básquet y de hockey con su conocido equipo Las Leonas de Bajo Flores.
Cuando se le pregunta a la gente del barrio cuáles son sus principales preocupaciones, el 56% responde, sin dudar, que la seguridad es el problema más grave que tienen que enfrentar, sobre todo por asuntos vinculados con la violencia, la delincuencia y las adicciones. Luego le siguen el trabajo (30%), la vivienda (29%) y el transporte (11%), todos temas en los que la sociedad civil poco puede hacer porque son funciones indelegables del Estado. "Al comienzo del año está la necesidad de las vacantes escolares; con el frío llegan los problemas de la electricidad y la calefacción, y en verano los vecinos se quejan por la presión del agua. El tema habitacional es constante durante todo el año, así como el acompañamiento que tenemos que hacer a los jóvenes con problemas de paco", explica Gustavo Carrara, cura párroco de la parroquia de María Madre del Pueblo, del Bajo Flores, y uno de los principales referentes del barrio. La oferta de la iglesia católica en la villa 1-11-14 es tan amplia que cubre aspectos tan diversos como guardería, jardín maternal, un hogar para la atención de adictos y sus familias, talleres de oficios, comedor, actividades deportivas y recreativas, y la presencia activa en el territorio a través de cuatro capillas.
En los lugares con necesidades, inevitablemente se erigen líderes barriales, que son los que tienen empatía con los vecinos y los poseedores de las herramientas necesarias para empezar a solucionar sus problemas. Según el estudio, los médicos, los maestros y los curas son las figuras con más peso en el territorio, y a las que las personas consultan en busca de consejos. "En la emergencia la gente recurre a lo que tiene más a mano. Si asiste a un comedor les pregunta a ellos y nosotros somos un espacio de referencia porque tenemos sedes en diferentes lugares del barrio. También los centros de salud y la radio del Bajo Flores son centros importantes de referencia", agrega Carrara.
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¿Cuál es el perfil de las organizaciones sociales que hoy pisan fuerte en las villas? Para empezar, casi el 80% iniciaron sus actividades después de 1990 y más de la mitad desde 2001. Y si bien su actividad más importante sigue siendo la provisión de alimentos, también es cierto que están dirigiendo, en forma creciente, su acción hacia actividades de promoción ligadas con la educación, la recreación, la inserción laboral y la generación de proyectos de vida.
"Cuando nosotros llegamos al barrio vimos que la necesidad alimentaria estaba cubiertas y por eso decidimos ocuparnos de otros temas. Creemos que la educación y el trabajo son las claves para el desarrollo personal de cara al futuro; son bienes que le quedan a la persona para poder ser artífice de su propio destino", explica Berardi, de la Fundación Locos Bajitos.
En esta misma línea opina Carrara y afirma: "Las ONG que surgieron desde el barrio aportan mucho a la vida diaria como lugares de referencia y contención, donde se despiertan las potencialidades de los vecinos. Estas organizaciones son las que están en lo cotidiano y detectan las necesidades de la gente".
Para poder llevar adelante este trabajo, las organizaciones sociales tienen necesariamente que articularse con otros actores de peso. Según el estudio de la UCA, el 84% de las ONG tiene algún tipo de vínculo con el Estado, el 17% con alguna empresa privada, y el 66% con alguna otra organización. En relación con el financiamiento, llama la atención que el 77% reciba recursos económicos del gobierno porteño y el 30% del gobierno nacional. "La gran mayoría de los comedores de las villas recibe todos sus recursos económicos del Estado, por lo que actúan en esencia como gestores locales de programas alimentarios estatales. Aproximadamente la mitad de los programas recreativos, deportivos, educativos, culturales y laborales de las ONG reciben recursos económicos o humanos del Estado", agrega Mitchell. Sin embargo, los consultados coinciden en que existe una gran deuda pendiente por parte del Estado en atender los reclamos de los vecinos en temas de seguridad, salud, vivienda y transporte.
Si bien el trabajo que realizan las ONG en las villas es primordial, el alcance que tiene siempre es limitado por falta de recursos económicos o de espacio. También los referentes señalan que les cuesta conseguir la personería jurídica para poder acceder a más financiamiento, y la falta de compromiso de la población y la inseguridad, como inconvenientes para poder ampliar su campo de acción.
"Las organizaciones con orígenes fuera de las villas acceden a recursos económicos de fuentes más diversas que las organizaciones de base, de la misma forma que tienen una mayor cantidad de recursos humanos por persona asistida que las ONG de base, y la diferencia es especialmente notoria con respecto a la cantidad de profesionales - como psicólogos, psicopedagogos o abogados - que trabajan en ellas", expresa Mitchell, y deja en evidencia que las organizaciones que surgen fuera de la villa en general están mejor preparadas y cuentan con más recursos para atender las necesidades del barrio.
"En la villa el concepto de barrio está muy relacionado con lo familiar. No sabés dónde empieza o termina una familia porque todos se conocen y viven juntos. Eso genera mucha sensación de pertenencia, y así también surgen gestos de solidaridad espontánea. El barrio de alguna manera se transforma en la prolongación de la familia y la vida transcurre en gran medida en el seno de las ONG", concluye Carrara, mientras cierra la puerta del Hogar de Cristo San Juan Bosco, donde un grupo de jóvenes adictos al paco – algunos muy deteriorados físicamente y envueltos en frazadas– participa de una reunión que busca darles fuerza para salir adelante.
COMO COLABORAR
La Hormiguita Viajera
4976-4974r
Comedor Amor y Paz
15 3848-4515
Fundación Convivir
www.convivir.org
Fundación Locos Bajitos
www.locosbajitos.org.ar
Parroquia de María Madre del Pueblo
4139-0403






