Los beneficios sociales de la escuela

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3 de marzo de 2012  

Explicitar los beneficios sociales de la escuela podría ser una obviedad. Sin embargo, al desgranar los porqués de esa idea general, las razones podrían ser diversas. Esto no es algo malo sino que, por el contrario, habla de los muy diversos efectos en los que se espera la productividad de la escuela.

Quisiera saltarme un poco los lugares comunes acerca de que la escuela forma para el trabajo, para una ciudadanía activa y una participación en la cultura. Probablemente, la intervención más decisiva y exclusiva de la escuela –donde hace lo que no hacen otras instituciones– sea poner a disposición "horizontes" que permitan proyectarnos. Si no hay quién nos presente lo que existe mucho más allá de una comprensión inmediata, que nos brinde un relato que nos permita inscribirnos en un patrimonio anterior y que nos enseñe la noción de cambio –y con ella, la de futuro– la inclusión ciudadana no sería posible.

Su más significativo impacto está en ser una institución que muestre tesoros, que ponga en contacto con otros mundos: los del pasado, los del futuro, los de las ciencias, los de las lenguas, los de los sueños. Como decía el politólogo chileno Norbert Lechner, "imaginando otros mundos, se acaba por cambiar también a éste".

La escuela nació para resguardar y transmitir el saber en tanto éste se volvió más complejo; este es un rasgo que está en su propia esencia.

Simplificando, podríamos decir que hay dos modelos de "buena escuela": aquel que postula a la escuela como un centro social, preocupado por educar en ciertos valores y organizar la conducta para evitar la violencia y el conflicto en sociedades desiguales; y el que plantea a la escuela como un lugar de aprendizaje, estrictamente vinculado a la instrucción cognitiva, dominado por el saber experto y los recursos didácticos.

Saltando esa oposición, conviene recordar que también es un lugar en el que se aprende a vivir juntos y ello supone saberes específicos y vínculos con los otros.

Las intenciones más democráticas no pueden dejar de considerar que las sociedades son profundamente desiguales y que el conflicto es inherente a la sociedad misma. La democracia tiene que pensarse más como un movimiento, como una acción que tiende a mejorar las condiciones de participación y de igualdad de todos, y no necesariamente como un punto o sistema fijo.

Este no es, necesariamente, un propósito tradicional de la escuela, pero es una –sana– adaptación de la escuela a los tiempos que corren.

La autora es coordinadora del área de Educación de Flacso Argentina

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