Los números no duelen, las historias sí

Micaela Urdinez
Micaela Urdinez LA NACION
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28 de marzo de 2019  • 16:07

Las estadísticas publicadas hoy por el Indec sirven para tomar dimensión de cuán estructural es la pobreza en el país. Y de que cada vez el Estado está más lejos de achicar las brechas de la desigualdad.

El problema es que los números no duelen. Pero las historias sí. Y hoy más que nunca hace falta remarcar que detrás de las 12.960.000 de personas pobres, hay chicos con hambre, muertes evitables y privaciones de todo tipo. Hay familias que jamás usaron un inodoro, comunidades todavía infectadas con Chagas o tuberculosis, o chicos que nunca llegarán a ser grandes.

En la localidad de Los Tigres, en Santiago del Estero, Nolasco Santillán se ensucia todos los días en los hornos de carbón para poder darle, al menos una comida, a sus 13 hijos y 3 nietos. Todos dependen de lo que pueda llevar a vender, que cada vez es menos, y de la asignación por 7 hijos que cobra su mujer.

Esta familia, como tantas otras, solo conoce la miseria. Se mueven entre la chatarra, en un rancho levantado con ladrillos, palos y plásticos. Sobre el piso de tierra, sin puertas ni ventanas, pasan sus días expuestos al calor, al frío, a las picaduras de arañas y víboras, al Chagas y a todas las enfermedades de la pobreza. A Santillán no le falta fuerza de voluntad (trabaja de sol a sol desde la adolescencia) sino mejores oportunidades. Ni él ni su mujer fueron a la escuela porque tenían que ayudar con la economía familia, y eso, entre tantas otras variables, condicionó su futuro.

En definitiva, su situación de vulnerabilidad los condena. Lo mismo está sucediendo, hoy en día, con los niños que comen lo que necesitan, que no reciben la salud y la estimulación adecuada y que en las áreas rurales, no tienen jardines de infantes o escuelas secundarias a las cuáles asistir. ¿Qué herramientas están generando para sus vidas futuras?

En el paraje Techat, en el Impenetrable chaqueño, ninguno de los 10 hijos de Manuel Canciano asiste a la escuela. Su mujer murió hace 7 años mientras daba a luz en el medio del monte. La lluvia torrencial y los caminos de tierra impidieron que la ambulancia llegara a tiempo.

Sus hijos quedaron sin madre y con un padre que trabaja a destajo haciendo pozos para sacar unos pesos. Como a los chicos se les rompieron las bicicletas para ir al colegio que queda a varios kilómetros y no tiene dinero para arreglarlas, directamente se quedan en la casa. Son Wichis y casi no hablan castellano. "Solo quiero que sobrevivan", afirma. El hoy es lo único que existe. El mañana está muy lejos para ellos.

Todos los servicios o derechos a los que acceden las familias pobres son precarios o inexistentes: educación, salud, vivienda, recreación, infraestructura y espacios culturales, entre otros. Eso hace que tengan menos recursos de todo tipo para plantarse frente a la vida, poder defenderse y salir adelante.

Para poder entender de cerca esta realidad - y sus posibles salidas - hace falta meterse en los barrios, convivir con estas carencias, escuchar a las familias, entender sus lógicas, aprender de sus luchas y hacerlas parte de los diferentes planes de acción. Ellas son las víctimas a las que este sistema todavía sigue excluyendo.

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