Regalar los fines de semana

Cada vez son más los adolescentes y jóvenes que deciden invertir su tiempo libre para llevar adelante tareas de voluntariado
Teodelina Basavilbaso
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5 de mayo de 2012  

Echando por tierra el preconcepto de que los jóvenes de hoy llevan una vida apática y poco comprometida con la realidad social, cada vez son más los adolescentes y jóvenes de hasta 35 años que realizan tareas voluntarias los fines de semana en organizaciones sociales, muchas en villas o asentamientos, porque sienten un genuino deseo de aportar su tiempo para revertir una situación social que los tiene disconformes, y de la cual se sienten, en parte, responsables.

Un reciente estudio de TNS Gallup reconfirma esta tendencia al afirmar que los jóvenes de 25 a 34 años son los que más realizan tareas voluntarias, con un 24%. Además, una encuesta de la misma consultora de 2011 muestra que hay potencial para crecer sobre todo entre los adolescentes de 18 a 24 años, ya que éstos son los que se mostraron más interesados en empezar este tipo de actividades, con un 52 por ciento.

Cuatro testimonios intentan develar cuál es el ADN de estos jóvenes comprometidos, cómo piensan y qué los motiva. Para empezar, los apasiona el poder ayudar, ya que todos coinciden en que no ven como un sacrificio perderse el asado con amigos o el fútbol los fines de semana, ya que lo hacen por elección.

Agustina Gómez, de la ONG Zavaleteros, es una de los tantos jóvenes que recorren las villas o barrios precarios para paliar allí algunas de las necesidades más urgentes y comprometerse a largo plazo con sus habitantes.

Cuando Agustina tenía apenas 17 años y cursaba el secundario, se enteró del trabajo que llevaba adelante un grupo de jóvenes entusiastas en la villa Zavaleta. Un sábado fue a probar suerte, hace seis años, y no se fue nunca más. Esta chica de sonrisa amplia y que al principio parece tímida tiene una pasión arrolladora que la moviliza de pies a cabeza.

Empero de estudiar y trabajar durante la semana, a Agustina no le faltan energías para dar apoyo pedagógico para que chicos de 4° a 7° grado aprendan más y rindan mejor en la escuela.

Agustina aclara que lo que hace no es partidario, pero sí político ya que busca "transformar una realidad que no le gusta, que le incomoda, que es injusta". Luego pregunta con seriedad apuntando hacia los pasillos de la villa: "¿Por qué un pibe que nace en Zavaleta tiene diferentes oportunidades que alguien de Palermo o Caballito?"

Mientras en lo alto admira un cielo soleado de un sábado de fines de abril, Agustina sostiene que "podría estar tomando unos mates en los lagos de Palermo, pero elijo esto porque es algo que quiero para mi vida. Incluso espero ansiosamente a que lleguen los sábados para encontrarme con todo el equipo de Zavaleteros", agrega Agustina, una detractora de la palabra solidaridad, ya que tiene una connotación vinculada con la acción de una persona dándole a otra que no tiene. "Yo creo que en este vínculo ambos recibimos y aprendemos del otro. Esta experiencia en lo personal te transforma terriblemente y la mirada se te amplía en un 100%", dice.

Agustina está convencida de que hay pocas cosas que la movilizan tanto como este proyecto en el cual dice sentir una gran responsabilidad personal: "Quiero ser la mejor Agus que puedo ser cuando voy al barrio. Hay pocas cosas en la vida en las que uno quiere ser mejor y dejar todo". Al parecer, el trabajo de Zavaleteros es una de ellas.

Un cambio rotundo

Según la mencionada encuesta de TNS Gallup, muchos voluntarios dicen notar un cambio en sus vidas luego de su labor solidaria. El aspecto más nombrado por los entrevistados es que conocieron o tomaron conciencia de los problemas de la gente. Guillermo Arce, con sólo 23 años, es un claro ejemplo de cómo estas actividades no solamente transforman a quienes las realizan, sino también la situación de los beneficiarios.

"Una vez que se prende la veta social es muy difícil de apagar. Se impregna muy fuerte, y no se va de la noche a la mañana", dice Guillermo, un joven alto, corpulento y morocho, que sabe muy bien de qué habla ya que desde hace cinco años trabaja incansablemente de forma voluntaria en la villa 21-24 del barrio de Barracas. A través de un primer contacto con un sacerdote del lugar, Guillermo comenzó a recorrer la villa junto a su amigo Francisco Bettinelli para visitar las casas de los vecinos, acompañarlos y escuchar sus necesidades.

Estos jóvenes de 18 años jamás se imaginaron de qué forma esta experiencia marcaría sus vidas. Su amigo Francisco comenzó el seminario, y Guillermo fundó Caacupé ONG, una organización que actualmente cuenta con 70 voluntarios de entre 19 y 26 años que con su labor impactan la vida de más de 200 familias del barrio. "Nosotros no creamos una ONG, sino que nuestro trabajo la creó de forma natural y nos llevó adonde estamos hoy. Contrariamente, nuestra idea inicial no era crear una fundación, sino acercarnos al otro, conocer el barrio e ir a ver qué se podía hacer", explica Guillermo, que acomoda su agenda para ir entre tres o cuatro veces a la semana a la villa, además de estudiar Derecho en la Universidad Católica Argentina (UCA) y trabajar medio tiempo en un estudio de abogados. Además, al ser el presidente de la ONG debe tener un ojo en los aspectos legales, la administración, la financiación y su organización.

"Lo que más me gusta es el trabajo de campo y la posibilidad de estar con la gente, que son el foco primordial de nuestra labor", cuenta Guillermo, que todos los sábados y domingos, desde las 9, está listo para trabajar en la villa 21-24, inspirado en los valores cristianos. Reparte sus tareas entre recorrer el barrio, charlar con el grupo de madres que llevan adelante el merendero durante la semana, dar catequesis a los más chicos y organizar la escuelita de fútbol.

Al ser cuestionado sobre el gran sacrificio de dar prácticamente todo su fin de semana en gratuidad, responde con humildad: "No nos creemos mártires por sacrificar la noche o nuestro tiempo porque esto nos ayuda a nosotros mismos. Nos encanta ir a la villa y te enamorás de los chicos, del barrio y del trabajo".

En lo personal, reconoce que tuvo que sacrificar el deporte de los fines de semana y tiempo compartido con sus amigos. Pero como contrapartida siente que este trabajo lo ayudó a convertirse en una mejor persona, más equilibrada, más ordenada y lejos de los excesos del alcohol: "No hay vuelta que darle, uno debe sacrificar cosas. No hay ecuación de tiempo que cierre en ese sentido. Esta elección te obliga a llevar una vida sana para poder rendir mucho más y mejor".

Uno de los factores que impulsan a estos jóvenes idealistas a involucrarse con estas acciones es la injusticia social. En el caso de Guillermo ver tanta pobreza material en la villa -como la falta de agua potable- es lo que desde lo personal lo impulsa a ir al barrio.

Sin duda el ser voluntario le cambió la vida, lo hizo replantearse sus prioridades, pero por sobre todas las cosas lo llevó a vivir experiencias de las que se lleva aprendizajes para toda su vida como "el trato con las otras personas y con el resto de los voluntarios, el poder encontrar a Dios en las otras personas, pero también aprender a liderar: hay lideres que nacen y otros que se forman. Estas experiencias te forman como líder, ya que tenés que enfrentarte con situaciones complejas que te obligan a tomar decisiones constantemente", dice Guillermo.

De la Web a los barrios

Otra de las jóvenes comprometidas es Romina Valenzisi, de 27 años, que al igual que cualquier persona de su edad google a en Internet cada vez que tiene una duda. Pero esta vez, la inquietud fue dónde empezar a ayudar, ya que contaba "con tiempo libre que podía ser utilizado para algo útil". Fue así que buscando en la Web se topó con el trabajo del Comedor de Todos para Todos en Villa Martelli, barrio Las Flores. No lo dudó ni un instante, llamó por teléfono y al sábado siguiente comenzó como voluntaria.

Ella vive en Villa Urquiza y trabaja en un estudio de abogados de lunes a viernes. Sin embargo, cuando suena el despertador los sábados a la madrugada para ir al comedor se levanta feliz, ansiosa por encontrarse con los 100 chicos y armar los talleres de arte y manualidades que coordina. Eso sí, sacrifica las salidas de los viernes a la noche.

"Para mí es gratificante ir al comedor los sábados, conocer otra realidad, y de alguna manera devolver lo que uno tiene", dice Romina y agrega que su objetivo es "compartir momentos con los chicos, incentivarlos a que sigan estudiando y saber que algunos que vienen de contextos violentos o repletos de dificultades van a tener una linda y divertida mañana de sábado".

Maya Fandiño, de 34 años, también descubrió, al igual que Romina, la satisfacción que podía brindarle ser voluntario entre niños. Un día Maya se cansó de conmoverse viendo en el noticiero chicos en situación de calle. Así fue como un día dijo basta y quiso ser coherente con ese profundo deseo de ayudar o hacer algo.

A través de un contacto con el Programa de Voluntariado, que depende del Ministerio de Desarrollo Social de la ciudad de Buenos Aires, le ofrecieron colaborar en el Hogar San Pablo para varones de 8 a 18 años, que queda en el barrio de Caballito a sólo dos cuadras de su casa, y que sin embargo desconocía antes de ese primer contacto.

"Cuando llegué al hogar les confesé que no sabía actuar, no sabía cantar ni bailar. Entonces la directora de la institución me preguntó: ¿Sabés cocinar? " Y cuando le dije que sí, que sabía cocinar mermeladas y otras cosas dulces, me invitó a cocinar con los chicos", cuenta Maya, creadora de unas pizzas rellenas que los chicos en el taller de cocina piden a gritos.

Maya se encandiló cada vez más con el proyecto. Empezó yendo los sábados a la tarde, para luego visitar el hogar entre dos y tres tardes a la semana. Su objetivo es que esos chicos puedan valorizarse más allá de la historia que hayan vivido, y que puedan creer y confiar en ellos mismos. "Hay chicos a los que su familia no los vienen a visitar o no los sacan a pasear hace ocho meses. Esto es una elección y yo hago lo que sea por una sonrisa genuina de los pibes", expresa Maya.

Como muchos otros jóvenes que encontraron en el darse a los demás su motor de vida, Agustina aprovecha un sábado soleado para sentarse a una mesa junto a Titi, su alumna desde hace más de tres años, para repasar lengua y matemática. "Los resultados de Titi son notorios -dice Agustina-; los míos también."

Dixit

"Estas experiencias te forman como líder, ya que tenés que enfrentarte con situaciones complejas que te obligan a tomar decisiones constantemente"

Guillermo Arce

Presidente de Caacupé ONG

Como colaborar

Zavaleteros

www.zavaleteros.org

Caacupé ONG

www.caacupeong.org

Comedor de Todos para Todos

www.detodosparatodos.org.ar

Hogar San Pablo

www.hogarsanpablo.org.ar

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