Sanar las heridas de la dignidad

Aníbal Filippini
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1 de septiembre de 2012  

Cada villa es la síntesis de la "deuda social" de nuestra patria, porque muestra las tristes consecuencias de la "pobreza estructural", es decir, las carencias que se han instalado en el transcurso de varias generaciones.

Pero el problema principal aparece cuando esta situación se prolonga en el tiempo, porque se deteriora la conciencia de la propia dignidad, de sus capacidades, derechos y obligaciones, y se termina viviendo sometido a una situación que se piensa no puede cambiar.

Este deterioro lleva a formas de comunicación agresivas y hasta violentas, a actitudes evasivas a través del abandono, el alcohol, las drogas, a la búsqueda de soluciones mágicas.

Ante situaciones críticas, las soluciones muchas veces están en la misma familia y en su entorno familiar y sus vecinos. Ellos tienen más respuestas de las que nosotros podemos imaginar, generalmente son buenas, adecuadas al problema que se presentó, pero son ocasionales, responden al momento y no son organizadas ni atacan las causas.

Se detecta poca capacidad de organización social, salvo en emergencias donde afloran líderes con gran capacidad de manejo de la situación, pero suelen ser experiencias poco democráticas, muchas veces atados a dirigentes políticos de variado color o a personas con una fuerte personalidad que se "adueñan" de la organización. Los vecinos no confían mucho en estas organizaciones, aprovechan lo que les brindan pero no se comprometen.

También se puede contar con ONG que se acercan con un gran espíritu solidario. Las que logran por el carisma de sus dirigentes una buena comunicación con los vecinos pueden prestar muy buenos servicios y dan respuestas adecuadas. Otras ayudan como desde afuera, sin involucrarse con los vecinos, y sin lograr avanzar hacia un desarrollo personal y social del barrio.

Otra presencia importante es la de las iglesias, en particular la Católica, que tienen una organización capilar que llega a instalarse en todos los barrios. La cercanía, permanencia y gratuidad de su presencia respetuosa y eficaz colaboran con el desarrollo de las personas.

Las comunidades cristianas y las ONG estamos aprendiendo a ponernos al servicio de los hermanos de una manera respetuosa de su dignidad, y al mismo tiempo tenemos que reconocer que los emprendimientos que realizamos llegan a sólo una parte del universo de hermanos que padecen injustamente carencias.

Debemos recalcar que la exclusión social es, fundamentalmente, un problema humano, más que material, y que las respuestas que se busquen deben ser fundamentalmente sanadoras de las heridas a la dignidad de las personas.

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