Un recorrido por el corazón del país y de sus chicos

Un recorrido por el corazón del país y de sus chicos

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Micaela Urdinez
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21 de diciembre de 2018  • 12:51

Fue un viaje al costado más doloroso de la Argentina, en donde reinan la inequidad social y la urgencia, pero en donde también se devela lo más puro de la esencia humana: la inocencia, la generosidad y el instinto de supervivencia.

Sabíamos de antemano que no íbamos a salir ilesos de retratar la realidad de los chicos más pobres del país. Que conocer a sus familias, sus risas, sus lágrimas, sus carencias y recibir su cariño iba a dejar una marca indeleble.

El primer obstáculo fue encontrar organizaciones o referentes que trabajaran en localidades tan aisladas. Ahí, en medio de la nada, existen muy pocas redes de contención. Tuvimos que hacer un arduo esfuerzo de preproducción hasta encontrar a las personas que fueron nuestras principales aliadas para que nos recibieran con los brazos abiertos en cada una de las casas en las que entramos.

El equipo de Hambre de Futuro estuvo compuesto por Javier Corbalán (cámara y director), Joaquín Rajadel (sonido), Diego Ozidacz (cámara) y yo (producción periodística). Con ellos formamos una familia que aprendió a sacar lo mejor de cada uno para obtener el resultado más deseado. Fueron jornadas extenuantes en las que pusimos el cuerpo y el corazón en mirar a los ojos, en sostener manos, en recibir lo que otros tenían para decir y enseñarnos.

Fuimos a "convivir" con cada chico y su familia. Estar, quedarnos el tiempo que fuera necesario para generar ese vínculo de confianza que es inquebrantable. Con ellos jugamos picados de fútbol, carreras de velocidad, torneos de honda para ver quién le pegaba más veces a la botella e hicimos maratones de dibujo. Con los padres compartimos desafíos de truco, mates dulces, tortas, asados y artesanías.

Nos dieron lo mejor que tenían. Éramos sus invitados y durante unas horas nos hicieron el enorme regalo de hacernos sentir parte de su existencia. Lo más difícil siempre fue irse, con un nudo en el pecho, sabiendo que nosotros seguíamos y ellos se quedaban ahí, esperando soluciones.

Nos pasó de todo. Nos perdimos en los caminos infinitos del Impenetrable chaqueño sin señal de GPS, estrellamos el dron en un árbol, perdimos un avión, hubo dedos morados y hasta una quebradura. Pasamos frío, calor, hambre y sed. Pero siempre aparecían unos mates, una playlist o una anécdota que nos hacían recuperar las fuerzas para seguir en la ruta.

No sabíamos con qué nos íbamos a encontrar. Escuchamos sus problemas, sus miedos, sus proyectos y sus recuerdos de infancia. No estábamos preparados para procesar la desesperación de un padre que no tiene nada para darles de comer a sus hijos, el grado de abandono en el que viven algunas familias o las confesiones de violencia doméstica de muchas mujeres. Solo podíamos abrazar ese relato con el compromiso de después darle visibilidad en LA NACION.

Este recorrido por las cinco regiones del país fue un posgrado en las diferentes problemáticas que tienen que enfrentar las comunidades más vulnerables en cada lugar.

Pero por sobre todas las cosas aprendimos sobre las distintas caras de la pobreza, sobre la cantidad de variables que la componen y sobre las consecuencias que tienen en el presente –y el mañana– de millones de chicos. Todo eso es lo que intentamos reflejar, con respeto y dignidad, en cada una de las notas de Hambre de Futuro.

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