Aizenberg sobre papel o el refugio relleno de ripio

La serie de dibujos que exhibe Jorge Mara en La Ruche muestran el voluptuoso trazo dionisíaco de un asceta
Alicia de Arteaga
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19 de septiembre de 2014  

La obra de Roberto Aizenberg fue poco tiempo atrás eje de una recordada retrospectiva en el Museo Colección Fortabat, centrada en la ascética estructura de sus pinturas y de sus torres con memoria onírica. Esta vez, el grato espacio de la galería de Jorge y Nelly Mara en la calle Paraná recibe la visita del universo dibujado, espeso, volumétrico y por momentos escurridizo que Bobby Aizenberg ejecuta sobre papel. En las pinturas el mundo aparece cerrado sobre sí mismo, delimitado por esa estricta austeridad que Mara llama con razón "apolínea" en el sentido nietzscheano de la expresión. Sobre papel la mano vuela y "lo vacío y lo lleno deciden intercambiar lugares. Todo lo que es vacío se vuelve lleno y todo lo que era lleno, vacío", parafraseando a Italo Calvino en el prólogo del libro-catálogo que acompaña la exposición. Un volumen con la calidad excepcional a la que Mara nos tiene acostumbrados, resultado del encuentro del apasionado lector (alguna vez fue corrector de pruebas y tiene una soberbia biblioteca) y el galerista, el marchand. En este caso el empeño lleva una intención profunda por la amistad que lo unió a Aizenberg, por los intereses compartidos y, ahora, por el compromiso asumido como albacea de su obra.

"Las personas eran envoltorios vacíos", escribe Calvino y casi se puede atravesar la porosa densidad que deja la huella del trazo sobre el papel en las figuras contorsionadas, temblorosas, inscriptas en una dionisíaca búsqueda por dar forma y perder la forma al mismo tiempo. Están "dispuestas a perder la rigidez y la gravedad que caracterizan su autoridad y firmeza de carácter. [...] dilatan sus propias dimensiones, ya no constreñidas en los límites de su consistencia corporal". Si bien es cierto que en algunos de los dibujos Aizenberg visita los temas propios de sus pinturas, éste es un universo ajeno y corpóreo. Se vuelve contenido en los collages, celebración de un hacedor obsesivo, como en los retratos de los años ochenta, para expandir las formas y una densidad espesa en las figuras sentadas.

Las obras proceden de la colección del galerista y de colecciones particulares y resultan la evidencia del otro Aizenberg, tal vez liberado de fantasmas. Están presentes en la serie las huellas del refinado Batlle Planas y es indudable que cuando el misterio se apodera de esas figuras sin rostro, la potencia del trazo se sublima. Con conocimiento de causa, Mara encuentra que en la pintura y en los dibujos de Aizenberg están fijados dos aspectos de su personalidad, un costado jocoso, bromista y juguetón; mientras que sus pinturas son estrictas, animadas por una atmósfera metafísica y tersas como las telas de Piero della Francesca. Tienen algo distante, un enigma. En estos días memoriosos de Bioy Casares muy a la medida de La invención de Morel.

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