Al César lo que es del César

Alicia de Arteaga
(0)
20 de agosto de 2000  

El escandalete mediático provocado el año último por la muestra Sensation en el Museo de Brooklyn, Nueva York, astilló con sus esquirlas el prestigio del alcalde Giuliani y puso en tela de juicio las normas que rigen las relaciones de los museos con los auspiciantes.

¿Dónde termina la responsabilidad de las autoridades del museo y dónde comienzan las presiones de quienes ponen el dinero para financiar una exposición? ¿Quién determina el calendario, el uso de las salas, el papel y el número de páginas de los catálogos? ¿Cuáles son las atribuciones de quienes destinan fondos para premios, concursos y becas? Todas estas cuestiones, que son materia opinable en Nueva York, en San Petersburgo, Madrid o Buenos Aires, inspiraron el nuevo código de ética establecido por la Asociación Americana de Museos, que agrupa a más de 3000 establecimientos, a lo largo y a lo ancho de los Estados Unidos, y a sus 11.400 directivos.

Aunque el runrún estaba en el aire, la piedra del escándalo fue Sensation . La exhibición, convertida en éxito por la ceguera de quien decidió condicionarla, reunió en un museo periférico las obras de la colección del publicista británico Charles Saatchi, que incluye trabajos de Damien Hirst, Marcus Harvey, Fiona Rae, Jake & Dinos Chgapman, entre otros. Criticada por Rudolph Giuliani y defendida por los artistas, la muestra fue financiada, en parte, por el propio Saatchi, que vio cómo sus cuadros, instalaciones y fotos se hacían famosos mientras decaía la popularidad del alcalde de Nueva York.

Las nuevas normas éticas adoptadas por la AAM tienden a determinar cuáles son los límites fijados para quienes financian muestras en un momento en el que los museos dependen cada vez más de las donaciones, de los marchands, coleccionistas ricos y gente con claros intereses comerciales.

Según declaraciones hechas al influyente The New York Times por Edward Able (h), presidente del board de la AAM, "las medidas son necesarias para devolver la credibilidad y el respeto a los museos". Muchos de ellos se han convertido en tierra de nadie a causa de la presión de los grupos de poder económico que financian muestras y pagan el mantenimiento de los edificios cuando los presupuestos magros apenas alcanzan para pagar las bombitas de la luz.

Las medidas de la AAM no son obligatorias, sino voluntarias... por ahora. A la luz de las nuevas medidas, los museos deberán adoptar políticas rigurosas que fomenten el ideal de transparencia, como, por ejemplo, divulgar el origen de los fondos especialmente cuando el prestador de las obras es también uno de los patrocinadores de la exposición, cosa que ocurrió con el señor Charles Saatchi.

El celo puesto en difundir los nombres de las personas físicas y de las corporaciones tiene un peso mucho mayor que el que a simple vista puede imaginarse. En general, las exposiciones suelen elevar la cotización de las colecciones exhibidas porque la institución museo actúa como un legitimador de la calidad.

El mejor ejemplo es el del retrato del doctor Gachet, de Vincent Van Gogh, que antes de ser rematado por Christie´s en 82 millones de dólares y convertirse en el cuadro más caro del mundo, estuvo por años colgado en calidad de préstamo en el Museo Metropolitano de Nueva York.

aarteaga©lanacion.com.ar

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?