Alta Fidelidad. Björk y Borges en las Torres Gemelas

Björk, una Janis Joplin ártica
Björk, una Janis Joplin ártica Fuente: Archivo
Fernando García
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12 de febrero de 2019  • 00:00

Por Fernando García

¿Qué estaba haciendo usted el 11 de setiembre de 2001? Es una pregunta que puedo responder muy bien. Cruzaba el cielo de los Estados Unidos de América en un vuelo de American Airlines que iba de Miami a Los Angeles. Mi vuelo era el anterior al primero de los que colisionaron contra las Torres Gemelas. Metido de prepo en el siglo XXI, quedé a merced de una extraña peripecia que hizo que mi día 11 de setiembre de 2001 siguiera en un monasterio metodista de Arlington, Texas, y terminara luego en un hotel pegado a una autopista que lleva a la ciudad de Dallas. Pasaron nueve días hasta que conseguí que emitieran un pasaje para volver a Buenos Aires. Como en todo viaje, por entonces, llevaba un sobre con cedés y un disc-man. Pasado el tiempo olvidé todos los cedés de ese viaje difícil de olvidar excepto uno: Vespertine, de Björk. Esa misma mañana, en Argentina, había salido publicada en el diario Clarín la crítica del disco. Le puse cinco estrellas de cinco y escribí algo que, al volver a leerlo cuando todo quedó atrás, me dio escalofríos. Palabras más palabras menos decía que las canciones de Vespertine eran lullabies para un mundo pos-apocalíptico. Ahora, setiembre de 2001, tenía puesta la tevé sin volumen en un hotel en las afueras de Dallas donde una y otra vez se veía a las Torres derretirse como chocolate caliente y escuchaba "Vespertine". Creía estar viviendo lo que la música de Björk me había dictado a escribir cuarenta y ocho horas antes.

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Cuando esta semana se hizo público que la cineasta argentina Lucrecia Martel fue convocada por Bjork para diseñar la parte visual de su próximo show en un espacio de vanguardia de Nueva York volvieron a activarse estas memorias de Vespertine. La banda de sonido de mi 11-S volvía como un boomerang con este cruce de Argentina, Nueva York e Islandia. Ya nunca más pude escuchar Pagan poetry, por ejemplo, sin remitirme a ese estado de angustia provocado por la incertidumbre del futuro inmediato. ¿No iba a poder volver ya nunca más de Estados Unidos? ¿Empezaría la Tercera Guerra Mundial esa misma semana? En 1997, con mi compañera embarazada de cinco meses, habíamos decidido conocer Rejkavik vía Nueva York. Mi obsesión con la pequeña isla escandinava databa de una infancia marcada por los Atlas y las enciclopedias. Una muy antigua que había en casa tenía una entrada de media página dedicada a Islandia. Es como si lo estuviera leyendo ahora de nuevo cuando lo escribo: "sus habitantes son personas dulces de mirada inexpresiva" Tanta exactitud de google maps nos hace perder hoy licencias narrativas de este calibre: la sistematización digital del mundo mató a la literatura de viaje. La aparición de Björk en el panorama musical en los 90 casi terminó impulsando esa travesía soñada. Más aún, había que conocer el suelo que había engendrado a un semejante criatura artística. La Janis Joplin ártica, cuya voz salía disparada como explosiones de geysir de un cuerpo pequeño enmarcado por electrónica y cuerdas. La música y la imagen de Bjork parecían tenerme atado a esa enciclopedia donde por primera vez había leído con asombro sobre Islandia y su gente. Era una relación secreta, personal. De un extremo a otro del mundo.

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En Rejkavik existía entonces un "restaurante argentino" cuya decoración daba más Barbados o Jamaica que Pampa Húmeda, Patagonia o la Salta de Lucrecia Martel. Según pude averiguar el dueño era de Rosario y había abandonado el lugar por una deuda de dinero escondiéndose en alguna parte del gélido interior islandés. Esto podía tener el mismo grado de certeza que la descripción aquella en la vetusta enciclopedia familiar. Lo que sí pude ver sin que nadie me lo contara fue la foto de Björk pegada a otra de Jorge Luis Borges en una librería del centro de la ciudad. Así como aquí argentinizamos artistas casi en serie, ellos habían islandizado a Borges, cuya erudición lo había convertido en un especialista en las sagas nórdicas descubiertas a partir de la revelación que le provocó la lectura de la Volsunga saga (1270) en la traducción al inglés de William Morris que su padre le obsequió de adolescente. "De las regiones de la hermosa tierra/Que mi carne y su sombra han fatigado/Éres la más remota y la más íntima, Última Thule, Islandia de las naves…", escribió Borges en el poema "A Islandia". Una inscripción en escandinavo antiguo en su lápida de Ginebra es el tatuaje metafísico de esta extraña fascinación. Volviendo a la pregunta inicial, podría contestar entonces que el 11-S estaba atrapado en un laberinto borgeano. ¿Bjorkgeano?

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