Alta fidelidad. Cacho y Rómulo Macció por orden de los Peaky Blinders

"Irish Pub", Rómulo Macció, 1989
"Irish Pub", Rómulo Macció, 1989
Fernando García
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20 de octubre de 2019  • 00:00

Afuera, en la calle, es tal como en la pintura. La sudestada ha dejado sobre la avenida Córdoba un reguero de paraguas rotos y doblados, algunos en la vereda, otros incrustados en los cubos plásticos de la basura. En Colección Amalita, tras la fachada de vidrio que devuelve un espejo evanescente de Puerto Madero, el óleo sobre tela After Storm in Nassau Street (1989) muestra la desoladora perspectiva de una calle vacía apenas poblada de hojas arrancadas por el viento y paraguas rotos, doblados. En la ficción de la pintura es New York pero tal como la vieron durante casi tres años los ojos recios de Rómulo Macció (1931-2016), el Brando de la pintura argentina. En sus Crónicas de New York (tal el nombre de la muestra), Macció ofrece puntos de vista de Manhattan que van desde la mirada aérea del Empire State al ras del suelo sórdido del Bowery y la fachada del bar punk CBGB atravesados por una estética visceral que le arrancaba las imágenes que inundaban su mente con la fuerza de todo el cuerpo. Macció decía de sus pinturas que eran "vómitos del alma". Me lo dijo una tarde en la que habló bastante poco (menos de lo esperado) en su taller de San Cristóbal. Alcanzó sin embargo para que diera esa brutal definición que aceptó traducir en "fantasmas". Lo que vemos detrás de los vidrios empañados en Puerto Madero, pues, no son las rubias sino los fantasmas de New York, en la transición de los 80 a los 90.

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Fui el ghost writer (escritor fantasma) de Cacho Castaña para la autobiografía que editorial Planeta le publicó en 2016. Durante casi tres meses lo visitaba una vez por semana, a veces dos, en su casa de Olivos. El cantante decía tener 73 años pero 150 de una persona con una vida común, ordinaria. Me atendía en un escritorio donde tomaba su único café del día y era auxiliado por una máquina de oxígeno que controlaba un enfermero. Se es escritor fantasma porque no se firma la "autobiografía" de otro pero también porque durante el tiempo que dura la relación con la estrella, uno se hace sombra, fantasma, del otro. Cacho tenía dificultades para hablar pero no para recordar y mantenía alto el sentido del humor durante los exactos cuarenta, cincuenta, minutos que duraba cada encuentro. La mejor tarde fue cuando le pedí que reconstruyéramos la historia del café "La Humedad", el lugar, un bar de gallegos en la esquina de Gaona y Boyacá, Flores, y el tango-canción ("Café La Humedad"), acaso el último standard (uno que se vuelve aire de la ciudad, que se silba sin pensar) del tango argentino en su re-escritura del tópico nostálgico de "Cafetín de Buenos Aires". Sus facciones ultrajadas por tanto deterioro parecieron recomponerse en el lozano Castaña de La discoteca del amor (Aristarain, 1979) cuando llegó el momento de precisar la situación en la que Goyeneche grabó el tango, editado originalmente en un disco simple de Phillips en 1973 con "4000 amaneceres" como cara B, con la orquesta de Raúl Garello en los 80. Después de abundar en conquistas amorosas, drogas, fortunas y bancarrotas súbitas, quedaba claro que el paso de Castaña por la música popular estaba signado, sobre todo, por la historia de ese café o bar al fin puesta al servicio del arte de Goyeneche.

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Billar y reunión. En "Café La Humedad", Castaña comprime quince años de su vida, entre 1957 y 1972, en los que dice haber aprendido, entre sus mesas, todo (lo malo y lo bueno) sobre la vida. Chinese chauffeurs in Julian's Billiards (Choferes chinos en los billares Julian) es uno de los cuadros más extraños de las crónicas neoyorquinas de Rómulo Macció. Mesas de billar vacías en fuga y tres chinos hieráticos como granaderos, con sus tacos frente al paño verde. Héroe del whisky, nuestro Brando pintor se hizo fuerte en la barra del Chambery (Córdoba y San Martín) a fines de los 50 y, sobre todo, del Bar Moderno, en Maipú y Paraguay hasta 1969. Sin embargo nunca pintó escenas de esa bohemia porteña y tuvo que volverse un extraño fisgón en New York para rescatar snapshots de bares y nocturnidad.

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"The Garrison" es un pub que está en el centro de Peaky Blinders, la serie inglesa cuya quinta temporada estrenó Netflix este mes. Es el dominio de los Shelby, una familia mafiosa en la encrucijada de las primeras décadas del siglo XX. En ese pub de Birmingham se mezclan las apuestas clandestinas con las operaciones para exportar alcohol a los Estados Unidos y hasta se organizan los mitines obreros en los albores clandestinos del comunismo. Está todo ahí, como lo estaba para el adolescente Castaña en "La Humedad" y para el joven Macció en el Moderno. Pienso en "The Garrison" cuando veo en Colección Amalita Irish pub (1989), una captura fantasmática del pintor en Manhattan y en como se escucharía "Quieren matar al ladrón", el everest chingui chingui de Cacho en esa jukebox indie y sombría que es el soundtrack de la serie. No desentonaría con la historia de los Shelby, al menos.

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