Alta Fidelidad. Gesell era un happening

Villa Gesell en tiempos de bohemia
Villa Gesell en tiempos de bohemia
Fernando García
(0)
25 de enero de 2020  • 18:46

Christian y yo habíamos llegado temprano, acaso demasiado temprano a la Villa. Era mi primera vez en el balneario todavía, 1984, aureolado por las historias de la colonización hippie que contaban nuestros hermanos mayores. No necesariamente de sangre, nuestros hermanos de los domingos al mediodía en el Parque Rivadavia, los que tenían los discos que había que tener. Deambulamos por la playa y la avenida 3 en busca de algún lugar donde desayunar y en la caminata extasiada (¡ Estábamos en Gesell!) dimos con un lugar llamativo. Las puertas estaban abiertas y sonaba bastante fuerte la música de Frank Zappa (tengo como un eco del sonido de unas marimbas en un arreglo disonante y la voz de beduino sarcástico) pero no había absolutamente nadie. Las paredes estaban pintadas como un arco iris de suaves ondulaciones o una puesta de sol indoors. "Re-loco", habremos dicho. Nos sentamos a esperar que apareciera un mozo, una chica, alguien. Pero al rato (nos gustaba la música, no nos cansamos) salió de una cortina de mostacillas un tipo con anteojos de sol y un turbante que bailaba. Que bailaba Frank Zappa, sí. Fuimos su único público por algunos minutos hasta que se abalanzó sobre la mesa de madera:-¡Son nuestros primeros clientes!Invitó el desayuno. Luego apareció su socio, menos estridente. Querían saber quiénes éramos, que música escuchábamos, si Zappa estaba bien, donde estábamos parando. Nos hicimos habitués del bar, café o cosa. El menos estridente le sugería a Christian que dejara el colegio industrial y estudiara ballet porque tenía unas "piernas hermosas". Cosa que era mentira, sus piernas eran cortas y toscas. Era obvio que quería seducirlo y por mi desconfianza dejamos de frecuentar ese lugar que nos había dado una bienvenida contracultural.

*****

En el verano de 1984, democracia recién estrenada, la policía todavía podía hacernos bajar a todos de un colectivo, exigirnos documentos y palparnos como si fuéramos terroristas. Pero eso convivía con un halo de locura que convertía a la Villa en un happening a cielo abierto. Veíamos cosas que nunca habíamos visto. Un tipo que dirigía el tránsito como un demente y, de pronto, podía subirse al capot de un auto con la autoridad de un príncipe. Otro que andaba entre la gente manejando una motocicleta inexistente y hasta hacía sonar una bocina. Es probable que fueran parte de la resaca de los años de alucinógenos pero no había nada que temer, todo era sorprendente. En la avenida 3 se había hecho fuerte un grupo llamado Los Psicoplásticos. Íbamos a verlos todas las noches. Me encantaría poder explicar su música que no está grabada en ninguna parte, parte de la arena de la Villa que se mueve inmóvil.

La performance de Los Psicoplásticos era desenfrenada: puro teatro del absurdo mezclado con un rock que ya exhibía la influencia de la new wave. Pero ellos daban el target de lo que entonces se reconocía como "rockero"; pos hippies de remeras musculosas, collares y batik. Tengo cierto fetichismo por estos grupos cuya música se ha llevado el viento. Nunca sabremos como sonaba El Huevo, el trío de Miguel Abuelo, Carlos Cutaia y Pomo que hizo un único show en el Di Tella; necesitamos que otros nos cuenten como sonaban Los Inadaptados, un grupo stone punk que tampoco dejó registro. Pero estamos en Gesell en 1984 y Los Psicoplásticos nos prepararon para la que sería la novedad más impactante del año: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en El Depósito de San Telmo.

*****

No fue el verano del 84 el de nuestro debut sexual (ni mucho menos) pero sí llegamos a atisbar el último fulgor de la Gessell que nos habían contado. Me di cuenta que de hippie no tenía nada, excepto la devoción por la psicodelia, cuando la experiencia de veranear en carpa me resultó oprobiosa. Nos instalamos en el camping Europa regenteado por un yugoslavo de semblante rígido. "De nada sirve" de Moris lideraba el hit parade entre los árboles pero lo que contribuía al mito gesellino era un ulular de voces que se empezaban a escuchar al caer la noche profunda. "¡Beto!", se gritaba de una carpa a la otra y se iba pasando la voz hasta que todo el Europa se convertía en la versión anárquica del coro Kennedy. ¿Quién era Beto? ¿El mismo al que le gritaban en las funciones de "La canción es la misma"? ¿O acaso uno que se perdió en el bosque en otro verano mítico? Como fuera, repetir ese grito nos envolvía en una comunidad, una tribu. O éramos, de nuevo, parte involuntaria de un gigantesco happening.

****

Cliché o contraseña de pertenencia en el verano del 84 todavía se decía aquello de "paz, loco". Pero pasó demasiado tiempo. Y hoy se están diciendo otras cosas en la Villa.

A Fernando Báez Sosa, in memoriam.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.