Alta Fidelidad. Hiroshima: 75 años de cultura posatómica

Cultura ancestral con cicatrices atómicas
Cultura ancestral con cicatrices atómicas
Fernando García
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9 de agosto de 2020  • 00:30

Volvió el hongo. A los que vinimos después de la II Guerra y después de que la fotografía, el cine y la TV reprodujeran ad infinitum sus imágenes, la columna espiralada de humo que surgió de la explosión en el puerto de Beirut esta semana nos llevó inmediatamente a la imagen mental etiquetada como #Hiroshima. La guerra llevada a su escala más devastadora todavía está representada por esa explosión que se abre camino devorándose el espacio y el tiempo. El hongo atómico que cumplió 75 ominosos años el jueves tuvo su réplica, como si se tratara de una macabra representación, en el humo de Beirut. La memoria del 6 de agosto de 1945 es el #NuncaMás global, pero también el punto de partida de una cultura surgida a partir de su maléfico ingreso en la historia de las imágenes. Una "cultura atómica" que se alimentó de la amenaza de su repetición para sustentar la ideología estética por detrás del animé, el manga, el cine bizarro y la canción popular.

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El hongo nos atraviesa desde un héroe androide-niño como Astroboy hasta el trovador lumpen Tanguito murmurando una improvisada pieza folk llamada "El despertar de un refugio atómico" y tal es también el rango de su expansión: del animé japonés al soul de Plaza Francia. Astroboy la creación de Osamu Tezuka pensada con la idea de imaginar un futuro atómico virtuoso se llamó, originalmente, "Atomboy" pero al pasar por EE.UU, que cargaba con la culpa de un crimen de guerra demarcatorio, lo del "chico atómico" debió sonar a una exhibición atroz de deformaciones inconveniente. Con "Atomboy/Astroboy" Japón empezó a elaborar su trauma, expresado en ese niño prodigioso que dejaría atrás el pasado y pondría la huella de un infantilismo pos atómico que llegaría a los años 70 convertido en el estilo Kawaii (cute, agradable), cuya mayor expresión ha sido Hello Kitty. De las cenizas de Hiroshima, Japón exportó un animé que se vio en todo el mundo y que tuvo réplicas casi simultáneas en la animación y el arte argentinos. "Astroboy" (1952) no había llegado a Buenos Aires cuando apareció el "Hijitus" (1955) de García Ferré, otro héroe niño que se abriría paso en el desarrollismo fallido de Frondizi. Y con muy poca diferencia (1958) Antonio Berni bosquejaba a "Juanito Laguna", el más dickensiano de los tres, niño villero protagonista de pinturas collage ejecutadas con el detritus de la industria. Los universos de Tezuka y Berni se fundieron en una obra magistral: "El mundo prometido a Juanito Laguna" (1962). El niño emblema del arte argentino se deja ver allí con la recreación de un hongo atómico como de venecitas que emerge en la noche profunda de la villa. "Astroboy", "Hijitus" y "Juanito Laguna" tenían esa matriz del fracaso de una humanidad que necesitaba confiar el futuro en estos niños-mitos. El rechazo al militarismo alimentaba, en tanto, en EE.UU. el pasaje de la música folk de radiografía rural a espejo del pacifismo antinuclear. La llamada "canción de protesta" que sustentó la consigna "Ban the bomb" también es una expresión de la cultura pos atómica y se expandió del mismo modo que "Astroboy". En Buenos Aires se la llamaba "Nueva Canción" y su pionero, tal cual apuntó Enrique Raab en 1968 en la revista Artiempo, había sido un rosarino llamado Carlos Waxemberg a quien sindicaba como el primer intérprete de Bob Dylan en Buenos Aires. "A fines de 1966 en la galería El Laberinto de la calle Maipú el médico rosarino Carlos Waxemberg cantó, por primera vez en la Argentina dos canciones de Bob Dylan", había escrito Raab, desaparecido por la dictadura en abril del 77. ¿Waxemberg? Se lo tragó el tiempo. Llegó a grabar un EP de cuatro tracks llamado "Algo flota en el viento" donde incluyó "Blowin in the wind" y la emblemática "We shall overcome" (Pete Seeger) que hoy es inhallable. De todos modos, la pieza cumbre de la canción pos atómica argentina es ese largo cuelgue donde Tango es capaz de llevar el silabeo a contorsión vocal. "El despertar de un refugio atómico" su mensaje a los "dormidos" de parte de alguien que irremediablemente se apagaba. No hay protesta alguna ahí excepto ese título que nos sitúa en la era atómica de la cultura. "Quisiera estar conmigo, tres puntos suspensivos" se le oye cantar. El soliloquio ensimismado y vacío de un mundo que ya había aprendido a autodestruirse.

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El japonesismo posHiroshima se movió en dos extremos. De la violencia sublimada (un pueblo guerrero obligado a ser pacífico) presentes en la factoría de monstruos (Godzilla) o el ruidismo extremo de un grupo como The Boredoms al infantilismo Kawaii. En lo que media entre esas sensibilidades hijas del hongo está el cine del estudio Ghibli con su relectura animé del shintoísmo. La reposición de una cultura ancestral a la que se le notan las cicatrices atómicas. Ahí esta esa imagen de la pequeña Chihiro y sus fantasmas esperando el tren en la estación Liniers del Sarmiento. Es un collage digital anónimo replicado en Twitter y parte de esa producción que el ensayista español Jorge Carrión pide a gritos se incluya en la agenda del periodismo cultural. Quizás haya que empezar a buscar arte ahí: esta imagen capta, a 75 años de Hiroshima, como Japón y el hongo desparramaron hasta el arrabal una cultura que cicatrizaba una herida universal.

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