Alta fidelidad. Jingle Bells: la Navidad de Marta (Minujín) & John (Lennon)

El Obelisco hecho de pan dulce que Marta Minujín montó en 1979, en la vía pública
El Obelisco hecho de pan dulce que Marta Minujín montó en 1979, en la vía pública
Fernando García
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23 de diciembre de 2018  • 17:04

La descripción que sigue no debería entrar en la categoría conocida como spoiler. "Lazzaro", como aquel se ha levantado y ha caminado, se siente atraído súbitamente por el sonido de un órgano de tubos. Siguiendo la vibración acústica va a dar con sus huesos a una iglesia donde apenas un puñado de monjas disfrutan del concierto. Parece ser un evento privado porque apenas "Lazzaro" y su hermana ponen pie en el templo son invitados a retirarse. Tal es que el organista devocional interrumpe su Bach. A solas de nuevo con las hermanas, el músico retoma la rutina. Algo insólito sucede. Las teclas del antiguo instrumento se hunden bajo sus dedos, pero ningún sonido se escucha dentro de la iglesia. Con cierto retardo o delay, la música sacra sale, se escapa y varios kilómetros después es advertida por "Lazzaro" y su gente, una suerte de campamento lumpen en las afueras de Roma. En esta escena del peliculón italiano llamado Happy as Lazzaro (se puede ver en Netflix) lo que hay es una metáfora notable sobre el destino del arte. Lou Reed me lo había dicho con su voz monocorde y sombría en una habitación del Sheraton Buenos Aires plagada de ceniceros. "¿Sabe porqué la guitarra eléctrica es tan importante?", me preguntó el que estaba ahí para responder. Masticando cada una de las palabras, dijo: "Porque sacó a la música de las iglesias". Esta semana, a tiempo con la navidad, mientras su marido repartía juguetes vestido de Santa, Michelle Obama colgó en Spotify una lista de dos horas y diecisiete minutos llamada "Becoming Motown". Motown, el sello que inventó el pop negro es eso que le pasaba a "Lazzaro" y es eso mismo que me dijo Lou Reed. El gospel que se escapó de las iglesias y se fue por ahí, por las radios, las casas y las discotecas, convertido en música soul.

Trailer del film Happy as Lazzaro, que se puede ver en Netflix

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A la inversa, la Iglesia practicó lo que en la jerga de la izquierda revolucionaria de los '70 se conocía como "entrismo". Aggiornó el cancionero de las misas a la música pop adaptando en clave cristiana el "Blowin in the wind", de Dylan (que terminaría tocando para el Papa) o tomando fragmentos de "La Biblia", de Vox Dei. Nada fue tan potente, sin embargo, como lo que León Ferrari llamaba "la mejor agencia de publicidad de la historia", cuando en el Renacimiento y el Barroco pintores, arquitectos y músicos trabajaban para ilustrar los evangelios. El arte antiguo y clásico de Occidente se hizo para la Iglesia mientras que el moderno y contemporáneo se hicieron como un comentario o directamente en contra. Las imágenes se evaporaron como la música de órgano en Happy as Lazzaro y el arte dejó de ser sacro para pasar a ser "sacrílego" como pasó con el Cristo bombardero y antimperialista (1965) del mismo León Ferrari que pasó de ser descolgado en el Di Tella porque ofendía la religiosidad de los empleados del instituto a ser celebrado y admirado en Houston como una pieza fundamental del arte político latinoamericano. Pero acaso sin quererlo, haya sido más política Marta Minujín cuando en diciembre de 1979 consiguió el permiso para llevar adelante un enorme obelisco de pan dulce en la vía pública. La inauguración en la que se repartía pan dulce y sidra gratis terminó en un desborde escandaloso. No solo la artista había convocado a una multitud cuando cualquier reunión de más de tres en la calle era entonces sospechosa sino que reponía en la memoria popular el ritual de Evita repartiendo sidra y pan dulce en la Navidad de 1950. El estado benefactor fue espejado treinta años después por una suerte de happening asistencialista.

The Beatles

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"Así que esto es la Navidad, ¿y vos que hiciste? Otro año termina y uno nuevo está por comezar". El sonido que asocio a diciembre y a las Fiestas no es otro que el de la voz nasal, filosa, de John Lennon. Viaja en el tiempo y, como el eco de Bach a "Lazzaro", me acompaña ahora mismo mientras escribo. Le está tocando el turno a "Mind Games" (1973), esa balada circular donde el mundo parece decantarse en un show de estrellas fugaces. Cuando salió el disco, el crítico Dave Marsh escribió: "Lennon ha empezado a mezclar sus anhelos espirituales y religiosos con sus convicciones políticas". Es así. Hay una emoción trascendental en esa voz. Y en esas palabras.

Viví lo suficiente como para ser uno de los que pueden responder esta pregunta: ¿Qué estaba haciendo usted el 8 de diciembre de 1980 cuando mataron a John Lennon? Bueno, estaba terminando la escuela primaria y ese día volvía de dar un examen de inglés en el IADEI de la calle Yerbal, Flores. Llegué a mi casa, a unas veinticinco cuadras. Mamá estaba en la cocina, con la radio prendida. Me dijo: "Mataron a John Lennon, el de los Bitles" Lloraba ella. No por él sino por el ácido sulfúrico que se había formado en sus ojos claros al cortar la cebolla (¿de vidrio?) para el pastel de papas.

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