Alta Fidelidad. Los sonidos del silencio

King Crimson con barbijo
King Crimson con barbijo
Fernando García
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22 de marzo de 2020  • 14:00

Este silencio ya fue escuchado. Tiene la consistencia de un mute colectivo que asordina la arquitectura acústica de la ciudad en momentos límite. Mi cita de trabajo con Rafael será la última aparición pública antes de la cuarentena masiva. El lugar es el de siempre: el café "El Coleccionista", un original reducto de españoles antifranquistas frente al Parque Rivadavia. Va cayendo la noche y del otro lado no hay eco de actividad. Los puestos de revistas y libros llevan varios días cerrados. Acá, del otro lado del vidrio, somos personajes de un cuadro de Edward Hopper. En el bar hay solo dos mesas ocupadas, los mozos tienen la vista clavada en los zócalos de la tele y no suena, como de costumbre, el hilo musical de clásicos de los 70, 80 y 90 de Aspen. No suena nada. Excepto nuestras voces aspiradas por el vacío de silencio allá afuera. "Caminamos una calle sin hablar, Avenida Rivadavia" cantaba Javier Martínez (esta semana cumplió 74) en Manal, los spirituals porteños de la Manzana Loca. Ahora llevo caminadas varias cuadras sin oír, Avenida Rivadavia. Los bondis nunca fueron tan amables, se deslizan como las cuchillas de una patinadora del Holliday on Ice.

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Había una vez este silencio y era entonces Miami, los días posteriores a la caída de las Twin Towers, 11-S . Mi vuelo que iba a Los Angeles para conectar con Sydney pasó apenas una hora antes por el cielo de New York al que se le iba a quedar grabada la imagen humeante que marcó la entrada al siglo XXI y no pudo completar su trayecto. Después de una noche de emergencia en Arlington, Texas, la compañía que pagaba mi viaje consiguió instalarme en un hotel art decó de Miami. En el lobby, a la noche, vi una de las escenas más curiosas en mi vida como espectador musical. Había una orquesta y una cantante y un montón de televisores en silencio anunciando la III Guerra Mundial que no fue. Nadie escuchaba a la orquesta ni a la cantante hasta que llegó el momento en el que ella misma dejó de darle la espalda a los televisores para quedarse muda con el micrófono en la mano. Los músicos dejaron de tocar. Silencio. Afuera era lo mismo. La avenida Collins estaba vacía y los pocos autos que pasaban prescindían de su función de beat boxes , cajas musicales de hip hop, para deslizarse raudos, sigilosos, como los tiburones que habían aparecido en las inmediaciones de la costa. Aquel silencio de 2001, pues, era muy similar a este de 2020: la misma no-música.

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La pandemia nos ofrece el espectáculo de las siete maravillas del mundo turístico vacías, sin un alma. Apenas una arquitectura metafísica como en los cuadros de De Chirico. Y también florecen, cómo no, los artesanos del laboratorio digital. El sitio de curiosidades Verne sube las obras de José Manuel Ballester cuyos (des)montajes se celebran como "apropiación lírica". Se trata de grandes obras de la pintura clásica a las que el artesano 2.0 ha extirpado de personajes o figuras humanas. Así, la "Venus" de Botticcelli es apenas la concha de una enorme ostra o El Jardín de las delicias de El Bosco, un paisaje botánico puro. En ese detritus de imágenes (memes y demás) aparece intervenida una de las imágenes más icónicas de la cultura rock. A la cara del primer álbum de King Crimson (1969) algún Duchamp silvestre y tardío le ha puesto barbijo. La ilustración de Barry Godber, un programador de computadoras que murió a las pocas semanas de que se editara el álbum, que representa al "Hombre esquizoide del siglo XXI" se vuelve ahora un diseño del miedo al contagio.

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En la cadena express de supermercados nos dejan pasar de a tres y piden que mantengamos la distancia entre los clientes. Como de costumbre, tienen puesto reggaetón. Mientras trato de elegir entre las pocas cosas que encuentro para completar la lista de mi madre, escucho las órdenes eróticas dirigidas en el acento jadeante, característico del estilo. La voz dice que nos peguemos, que nos juntemos, que nos movamos la espalda pegada a la pelvis. Que hagamos todo lo que se desaconseja, en fin. El montaje entre el vitalismo aeróbico de la música y el recorrido incierto por las góndolas es grotesco. Bailemos reggaetón, sí, pero a dos metros de distancia. Y con barbijo, como el que le han puesto al ícono de King Crimson. Fuera de sincro con la realidad también hay aquí una clase extraña de silencio.

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