Alta fidelidad: Paz, amor & fitness

Crédito: Shutterstock
Fernando García
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3 de noviembre de 2019  • 00:16

Cuando cae el sol, pasadas las siete de la tarde, la plaza Irlanda (en el límite norte de Caballito y Flores) se transfigura en una curiosa mezcla de discoteca y gimnasio. Es la hora de los personal trainers y los grupos de fitness (el movimiento y el estatismo del cuerpo en la cibercultura comparten lingua franca) que florecen como hongos ya entre los árboles o pegados a las rejas que delimitan su superficie. Al recorrerla al trote se atraviesan también ráfagas de música muy diversa que la convierten en una azarosa playlist al aire libre. Hay un grupo de chicas sorteando una formación de conos fluo siguiendo el golpe sincopado de un reggaetón lento; varones que entrenan fútbol a pura cumbia y cuarteto; una clase abierta de kickboxing empujada por un tecno maquinal cuyo beat se acopla a las instrucciones grabadas y, luego, esparcidos en la penumbra, encuentros individuales, cada uno con su sonido: heavy metal, pop, bachata. Cada trainer es entonces también DJ y el pasto de la verde Irlanda deviene dancefloor de una multidisco imaginaria. En una de las vueltas me sorprende que un entrenador guíe la rutina abdominal de una chica con "Get Down Make Love" de Queen. Acá se llamaba "Tiéndete, haz el amor". Pero no, no creo que sea una invitación erótica encubierta sino el mambo de un solitario gimnasta melómano que desoye el mandato sonoro de la época. Y sigo corriendo.

El video de Queen

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Video

"Get down make love" es un rock duro y contracturado sin sutileza alguna ("decís que tenés hambre/te doy carne", se le oye a Freddy Mercury) que no parece hecho a medida de la dinámica gym y que acá directamente fue prohibido cuando se editó en el álbum News of the world (Noticias del mundo) en 1978. La primera edición la incluía pero fue retirado de la segunda y para escucharla hubo que esperar la llegada de los discos de vinilo importados. Como esas tiritas que los censores ponían en los pezones de las mujeres, en el sobre del disco el espacio que correspondía a la letra estaba tapado, pero se veía a trasluz. Los chicos Queen habíamos entendido que el sexo estaba entre lo prohibido y que lo que podíamos leer (y traducir) a trasluz, no podíamos escucharlo. No sabíamos cómo sonaba eso de echarse y hacer el amor. Las "Noticias del mundo" acá llegaban incompletas, fake. En una fiesta apareció el disco importado y sonó "Get Down Make Love". Pero la censura de la dictadura se había metido en las casas. La madre de la cumpleañera era profesora de inglés y no lo toleró: se paró la música. Seguíamos sin poder escuchar "Tiendete, haz el amor" aunque sabíamos la letra completa. Ahora suena desde un celular amplificado, libre, para hacer gimnasia. Pero los cuerpos en la penumbra recuerdan al runner ocasional su origen tabú.

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¿Por qué escuchamos música para hacer gimnasia? ¿Desde cuándo? ¿Desde los '80, cuando se extendió la cultura gym, Olivia Newton John grabó "(Let's get) Physical" y Gustavo Cerati cantó "Mi novia tiene bíceps"? La mayoría de los runners llevan auriculares puestos y Spotify (¿Sportify?) ofrece dos listas aeróbicas: "Running Music 2019" y "Running Hits". La idea de trabajar el cuerpo en silencio parece improbable hasta para disciplinas como el yoga donde se apela a la espiritualidad plástica del estilo new age (acá Spotify tiene no dos, sino ocho listas) como recurso de concentración.

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Paz, amor & fitness. Hace algunos años, arrastrado por los fluidos de la noche previa, accedí a participar de una clase de spinning a la que iba la chica con la que estaba saliendo. La clase estaba dirigida por un profesor calvo cuya energía se conectaba a una banda de sonido latino pop: reggaetón-bachata-reggaetón lento. La música y la iluminación situaban la escena entre el gimnasio y una discoteca modesta: todo allí era excitación. El esfuerzo de la carga en las bicicletas fijas y las órdenes acompasadas del profesor calvo era menor frente a la pesadilla de esas letras que se sucedían intentando plegarse al ritmo y que el trainer, como un militar, repetía a los gritos intentando fijar en el cuerpo su régimen vitalista. Fue un día de verano de muchísimo calor y terminé casi deshidratado y extenuado por el esfuerzo mental de acompañar esa música con los movimientos del cuerpo. Me di cuenta de la clase de sacrificio al que era capaz por estar cerca de ella. Haciendo lo que había aprendido que se hacía con la canción de Queen aquella.

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