Alta Fidelidad. Todos los sonidos conducen a Roma

Cuarón, en el rodaje de su film que está en boca de todos este fin de año
Cuarón, en el rodaje de su film que está en boca de todos este fin de año Crédito: Netflix
Fernando García
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30 de diciembre de 2018  • 19:00

Nada que ver aquí, ahora, sobre el fenómeno cinematográfico del (fin de) año; todo que oír. "Roma", la película de Alfonso Cuarón que fue directo al streaming pero que está hecha para el misterio hermoso del cine, sobre la que, parece, hay que tomar posición entre bodrio u obra maestra es muralismo mexicano para los auriculares. Una pieza acústica de dimensiones colosales donde un año, 1970, se recrea más allá de la impecable reconstrucción de época en una involuntaria composición de música concreta. Vista, escuchada, en el sistema de la sala del Malba, "Roma" sale de la pantalla para entrar por los oídos y situarnos en un universo paralelo de sonidos perdidos. Tal que como en una obra Fluxus (la vanguardia internacional que alumbró a Yoko Ono, entre tantos), se podría pensar en una caja negra que incluyera su "música" en cualquier formato (cinta, cedé, pen drive) rotulada simplemente como "D.F, México, 1970". Ya se escribió en este diario del oído urbano que el colombiano Andrés Caicedo decía que nos encerrábamos en una sala de cine para que las películas dijeran algo de nosotros. No es lo que sucede en "Roma" lo que interpela mi historia personal sino lo que se escucha, lo que suena. Ya da lo mismo que sea el D.F o Buenos Aires cuando alguien pide a otra persona que "¡corten"! Ese grito ya no es posible en una familia donde al menos hay tres o cuatro celulares. Pertenece a los tiempos del teléfono de línea cuando se podían escuchar las conversaciones ajenas de una habitación a otra. En lugar de detenerse en el ruido abrasivo y moroso del disco del aparato, Cuarón elige amplificar el ruido social: otro concepto de privacidad, muy distinto al de hoy. A poco de andar el film, el oído experimenta un deja vu tras otro. Ya no hay 8 mil kilómetros de distancia entre la infancia del virtuoso director y la nuestra cuando en una escena memorable registra el paso cansino de un afilador callejero. Ese fraseo abstracto de armónica es el primer recuerdo que tengo de un instrumento musical. Un sonido de los barrios que se fue apagando hasta extinguirse y que el pos 2001 trajo de regreso. Había sido el sonido de un oficio vintage; volvió como un sonido más de la sinfonía del default. ¿Tendrá otra chance?

En "Roma", cuando hay música nunca se escucha como en las películas sino más bien como en la vida. No hay una banda de sonido de época creando una sucesión de video clips suntuosos sino que cuando hay canciones van y vienen entre el ruido de la ciudad, los crujires domésticos y el chisporroteo hertziano de una radio. Hay rancheras, hay boleros, hay mambo y hasta hay pop. "Roma" tiene una sola canción pop apenas audible en un embotellamiento, segundos apenas de un hit de 1970 llamado "Yellow River". Casi nadie lo recuerda en el mundo y supongo que menos aún entre los que estamos en el cine. Pero yo sí y no por vicios de arqueología pop sino porque el simple de Christie editado en Argentina como "Río Amarillo" estaba en la casa donde crecí. Siempre me pareció un misterio porque no tenía nada que ver con el resto de la discografía familiar: ni con los discos de folclore con los que mi abuelo italiano se había argentinizado ni con los de jazz de papá ni con los de pop francés e italiano de mamá. ¿Qué hacía "Río Amarillo" en mi casa? ¿Por qué Cuarón eligió exactamente ese hit para dar un súbito color pop al mural sonoro? Escucharla en la película es puro retro del cuerpo: astillas de un piso vetusto clavándose en los pies, el viento leve de las sábanas estirándose en el espacio. De veras que nunca me importo saber lo que decía. Pero ahora no aguanté (y espié): "Río amarillo, río amarillo, está en mi mente y en mis ojos/Río amarillo, río amarillo está en mi sangre, es el lugar que amo/no hay tiempo para explicaciones, no hay tiempo que perder/Mañana me encontrarán durmiendo bajo la luna en el río amarillo". Esta en mi mente; está en mi sangre, es el lugar que amo.

"Mi cama suena y suena" sugiere la antioqueña Karol G en "Mi cama" (2018). Acto seguido entre voces segmentadas como jadeos robóticos, beeps de computadora y ritmo sincopado se simula el crujido de una cama al borde de un ataque de sexo. De tan contemporánea, la trapera podría sonar old fashioned mañana mismo cuando detalla: "Mi vida cambió, es interesante/Que desde que no estás me sobran las vacantes/Mi cama suena, y tu recuerdo se va/Pensaste que entré en depresión

Y yo viviendo pena/Se enteró que estaba sola y me estalló el Instagram

Ahí vi un DM que escribió encima". Las palabras nombran sonidos que se superponen a los de la música. Muy Cuarón.

Una "Roma" de 2066 traería el sonido de 2018 en una microserenata de notificaciones, pues.

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