Ante una era de transición

UN MUNDO INCIERTO Por Immanuel Wallerstein-(Libros del Zorzal)-Trad.: O. Kulesz-92 páginas-($ 12)
UN MUNDO INCIERTO Por Immanuel Wallerstein-(Libros del Zorzal)-Trad.: O. Kulesz-92 páginas-($ 12)
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26 de junio de 2002  

El capitalismo atraviesa una etapa de caos del cual emergerá un nuevo orden difícil de predecir, sostiene Immanuel Wallerstein. Director del Centro Fernand Braudel de la Universidad del Estado de Nueva York en Binghamton y autor de más de veinte libros, entre ellos los tres volúmenes de The Modern World System (1976-1989) y The End of the World As We Know It: Social Science for the Twenty-first Century (1999), Wallerstein es considerado hoy, junto con Noam Chomsky, como uno de los críticos más agudos de la política exterior norteamericana. En su reciente libro, Un mundo incierto, se ha propuesto dos objetivos centrales y relacionados entre sí: evaluar los conflictos que erosionan el panorama geopolítico de los Estados Unidos y plantear cuál debería ser la función de los intelectuales en este frágil escenario.

La primera mitad del libro, titulada "La actualidad vista desde la larga duración", se centra en el primero de esos objetivos. Para ello, presenta una sugestiva selección de los comentarios publicados quincenalmente desde 1998 por Wallerstein. Más allá de la diversidad de los temas tratados, es posible, sin embargo, reconocer una premisa común: que Estados Unidos es una potencia hegemónica en decadencia, puesto que ya no define unilateralmente las reglas del juego. La "agresividad altisonante" de Washington sería así, en realidad, uno de los síntomas de su debilidad.

Wallerstein señala tres situaciones explosivas que oscurecen el horizonte de la superpotencia: el conflicto entre israelíes y palestinos, la posibilidad de una guerra indo-paquistaní y la crisis de la Argentina, que no duda en calificar como "el espectro que hoy en día asusta a todos". El autor, que responsabiliza de la bancarrota argentina a "la combinación de la codicia y la inflexibilidad del Tesoro estadounidense y el FMI", resume de esta forma el panorama del país: "Los trabajadores están sin empleo y hambrientos, y la clase media argentina está justificadamente aterrorizada al ver cómo se esfumaron sus ahorros, un poco como las pensiones de los empleados de Enron". Estados Unidos se encogería de hombros si no fuera porque "este tipo de convulsiones son contagiosas en medio de una depresión".

La presentación de este convulsionado panorama se completa con el análisis de dos fenómenos: la escalada geopolítica de la Unión Europea (la consolidación del euro, las ambiguas tareas asignadas a la OTAN y la nueva posición de Rusia) y el Foro Social Mundial de Porto Alegre II, en febrero de 2002, en el que el autor ve la promesa de que "otro mundo es posible".

La segunda parte del libro, "Los intelectuales en una era de transición", se propone "desmantelar la hipotética distinción entre ciencia (reino de la verdad) y política (reino de los valores)" y su correlato en las ciencias sociales, la noción de "neutralidad valorativa". Esta operación allanaría el camino hacia una nueva lectura de las funciones del científico social. Puesto que la diversidad de la topografía intelectual del mundo moderno condena al fracaso toda propuesta centralista, el intelectual debería -según Wallerstein- sacar provecho de su aptitud para actuar ante esa limitación, dada su capacidad de oficiar "como intérprete entre los múltiples movimientos, traduciendo prioridades de cada uno al lenguaje de los otros y también al lenguaje colectivo".

Entre las condiciones de posibilidad de esta propuesta se cuenta la necesidad ineludible de desarmar los cuatro mitos, pilares de un sistema-mundo exhausto, que son presentados simultáneamente como descripciones realistas y como prescripciones: que el capitalismo descansa en la competencia dentro de un mercado libre, que los estados son soberanos, que la ciudadanía se basa en la igualdad de derechos políticos y que los investigadores practican la neutralidad valorativa.

Fundamentado en una sorprendente cantidad de información y con un estilo expositivo transparente, Un mundo incierto sostiene una teoría del progreso posible. En la transición del presente período de caos hacia otro sistema aún indefinido se puede apuntar a repetir un patrón jerárquico y de desigualdad o bien marchar hacia algo verdaderamente nuevo, relativamente democrático e igualitario. Wallerstein propone crear "una familia planetaria de movimientos antisistémicos" puesto que, si bien es cierto que los resultados son impredecibles, "en las eras de transición nadie puede darse el lujo de quedarse al margen".

Suspendido en la tensión de un futuro abierto, el libro de Wallerston no es tranquilizador, tampoco escéptico. Si se piensa que la apuesta última del autor supone que la historia puede ser dirigida por actos de compromiso colectivo, no parece exagerado calificarlo de optimista moderado.

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