Apático seductor

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1 de marzo de 2008  

Mujeres que nunca me amaron

Por Carlos Schilling

El Emporio Ediciones

$35

"Todo hombre carga de por vida un espejo, único e inseparable como su sombra", escribió alguna vez el poeta W. H. Auden. La mejor manera de poner a prueba este aserto es hacer el inventario de todas las mujeres que amamos. Poco importa la cantidad, si suman mille e tre como las de Don Juan, o si son tan solo cinco como en Mujeres que nunca me amaron de Carlos Schilling. Lo que importa, en todo caso, es la calidad. Y ya se sabe, eso es siempre una magnitud subjetiva, por no decir ficticia.

Mucho más si se trata de evocar nuestros amores no consumados delante de una encantadora sobrina, con peligrosos atractivos de nínfula, que nos escucha atentamente y nos hace pregunta comprometedoras, obligándonos a corregir y embellecer, una y otra vez, nuestro relato. Tal es el caso de esta primera novela de Carlos Schilling, que se presenta, desde la primera página, como la larga confesión de un donjuán huraño y apático; un seductor, sí, pero al revés, más próximo quizás al "hombre del subsuelo" de Dostoievski que al alegre e irresistible caballero de Tirso de Molina.

"¿Qué hay en el fondo de un amor no cumplido? ¿Qué hay en todas las mujeres que ya he olvidado y que nunca voy a besar en la boca?", se pregunta Guillermo, el narrador y protagonista de esta novela. Y poco después, inicia un peregrinaje hacia su pasado que lo llevará a una severa revisión de su historia personal, y a descubrir, indirectamente, los secretos mejor guardados de su familia; sobre todo, los secretos de su hermano Javier que es, quizá, la verdadera y única presa que persigue la historia que Guillermo va desplegando delante de su bella y crédula interlocutora.

En este sentido, Mujeres que nunca me amaron se puede leer entre líneas como un sutil homenaje a la biografía de Vladimir Nabokov -a la legendaria rivalidad que el gran escritor ruso tenía con su hermano- y también a esos finales asombrosos, como verdaderos passing shots al lector, en los que el autor de Lolita era un todo un experto.

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