Berni nunca estuvo en Cuba

El maestro Rosarino fue invitado en diversas oportunidades por la Casa de las Américas; un viaje interrumpido que no llegó a concretarse por razones diversas, sin embargo, su influencia fue decisiva para los grabadores cubanos
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23 de diciembre de 2001  

LA HABANA

Es cierto que Berni nunca vino a Cuba pero si alguien habla del tema en la Habana, siempre hay quien asegure que sí estuvo. "¿Cómo no va a haber estado? No te acuerdas de la exposición que hizo en tal fecha?" En fin, siempre hay quien cuenta hasta que lo vio.

Es sabido que la Casa de las Américas, una de las primeras instituciones culturales creadas después del triunfo de la Revolución, fue durante el decenio de los sesenta el principal lugar de encuentro de escritores y artistas latinoamericanos y caribeños, ya fueran jóvenes emergentes o figuras consagradas, los que hacían enormes travesías para acudir a las citas que allí tenían lugar.

Desde su fundación, al intenso programa editorial y a su famoso premio literario, en el que se dieron a conocer muchos escritores latinoamericanos hoy ampliamente difundidos, se añadieron una serie de proyectos vinculados con las artes plásticas. El primero de ellos fue el Concurso Latinoamericano de Grabado convocado en 1962, conocido desde 1965 como Exposición de la Habana y que de manera ininterrumpida se celebró hasta 1971 en que tuvo lugar su última edición.

Las relaciones de Antonio Berni con la Casa de las Américas comenzaron cuando el pintor Mariano Rodríguez, a la sazón director de artes plásticas, se dirigió a él para invitarlo a participar en la edición de 1967. De entonces data una singular correspondencia del artista argentino con la Casa, y en particular con Mariano, a quien no llega a conocer personalmente sino algunos años después, pero con quien sostiene un fraternal y extenso epistolario. El mismo Mariano de quien el Malba exhibe un estupendo dibujo como parte de la colección Constantini.

Vale recordar que la Casa destinó su primer evento de artes plásticas al grabado, no sólo por la facilidad de su transportación, sino también por el florecimiento que dicha manifestación había alcanzado en Latinoamérica. El grabado, a la sazón estrechamente vinculado a la gráfica, se había abierto paso mediante el uso y la experimentación con las más diversas técnicas y se consideró que Cuba podía brindar un espacio de interés para su difusión. Por esos mismos años se había creado en la Habana el Taller de grabado de la Plaza de la Catedral en el que se agruparon muchos creadores cubanos y el concurso se era una forma de traer a colegas de otros países y de unirse a la tradición de grabado del continente.

Sin duda, los años sesenta fueron de una gran brillantez para el grabado y la gráfica latinoamericanos en general. El concurso abierto por la Casa de las Américas podía contribuir a la articulación de ese movimiento creciente y a crear un sistema de relaciones entre los grabadores latinoamericanos y caribeños de aquellos tiempos, lo que de hecho, ocurrió. En las sucesivas ediciones de esta convocatoria se exhibieron obras notables, que daban fe del extraordinario nivel que dicha manifestación tenía en toda el área.

La participación de Berni en el concurso no se produce hasta el año 1969 mediante el envío de tres piezas de gran formato, sin título, que en Cuba fueron llamadas "mujeres desnudas" y que le hicieron acreedor del Gran Premio del evento, distinción que el concurso otorgaba por primera vez, por encima de los tradicionales tres primeros lugares.

Según me cuenta la pintora y grabadora Lesbia Vent Dumois, actualmente vicepresidenta de dicha institución, aunque no estaba previsto en las bases del concurso que la Casa se quedara con las obras que obtuvieran el Gran Premio, Berni decidió que pasaran a formar parte de su incipiente colección. Esa fue la primera donación del artista argentino a la Casa de las Américas -que hizo efectiva a través de una carta que enviara a la dirección-. Pero no fue la última.

Para el concurso del año siguiente, Mariano le extendió una invitación a participar como jurado de la Exposición de la Habana de 1970, que Berni, por entonces en París, aceptó. En la fecha acordada, efectivamente, el artista salió para la Isla, sin embargo, lo cierto es que nunca llegó.

La historia del viaje interrumpido de Berni a la Habana, ha pasado ya a formar parte de nuestro folklore caribeño. Por entonces, para venir a Cuba había que ir a Madrid, la única capital europea con la que se mantenían vuelos regulares y Berni se desplazó hasta allí desde París, para encontrarse con los otros dos latinoamericanos que igualmente venían como miembros del jurado, la uruguaya Leonilda González y el colombiano Rendón, a quienes se sumarían en Cuba, el brasileño Sergio Camargo y el cubano Rostgaard.

Lo que ocurrió en el aeropuerto de Madrid, ha quedado recogido en el libro "Esta soy yo", que Leonilda publicara en Montevideo en 1994, como testimonio de una época en la que cualquier cosa podía ocurrir cuando se tomaba la decisión de venir a la Isla.

Con particular sentido del humor, la artista uruguaya, que compartiera con Berni las tribulaciones de aquel viaje, recuerda: "Éen aquellos años, Cubana de Aviación sólo contaba para sus vuelos internacionales con dos avioncitos ingleses bastante correteados, y para llegar a la Habana, por la ruptura de relaciones de nuestros países, había que pasar por Madrid. Los cinco artistas invitados éramos latinoamericanosÉal argentino, Antonio Berni, era al único que conocía y fue con el primero que me encontré en la Agencia de Cubana".

Rendón, a quien solo le hubiera tomado dos horas el viaje desde Bogotá hasta la Habana, había tenido que ir también a Madrid para tomar ese avión que, por lo demás hacía escala en Canadá, para hacer aún más complicado el trayecto.

Más adelante, Leonilda sigue contando cómo de la Agencia los llevaron al Aeropuerto donde "muy contentos" abordaron el avión y pasa a relatar, lo que con el tiempo se ha convertido en una de las anécdotas más divertidas de aquellos años: "Estábamos saboreando ya los tradicionales caramelos y divirtiéndonos con el escandaloso alboroto caribeñoÉcuando una muchacha le avisa a la azafata, con más regocijo que alarma, que hay una llamita en el ala. Descendimos y después de varias horas sentados en la sala de espera, el pobre encargado de la agencia, al parecer experto en las averías de Cubana, muy resignado, nos condujo a un hotel Cinco Estrellas...a la mañana siguiente el avión ya estaba listo para partir. Subimos, correteó un poco y ¡zas! se percataron de alguna otra falla porque de nuevo abajo, y directamente al hotel hasta nuevo aviso".

Indudablemente, en esas circunstancias, hay que ser muy audaz para volver a montarse en un avión y según Leonilda, Berni, que era un viajero impenitente por su condición de artista de trayectoria internacional y hombre de mundo, les confesó que se negaba a subir por tercera vez y que se iría a París. Ella y Rendón hicieron el máximo esfuerzo para convencerlo de continuar el rumbo, porque no querían perder "uno de los miembros del Jurado más experimentado y honorable". De modo que cuando fueron conducidos por tercera vez por el agente "a esas alturas al límite de un colapso nervioso", y vieron a Berni esperándolos en el aeropuerto "afable y risueño como siempre, tocado con su incondicional sombrerito verde oscuro al que sólo le faltaba la pluma para ser tirolés" se avalanzaron sobre él y lo abrazaron "con gran contento por su decisión de hacer a un lado sus miedos y seguir a Cuba para integrar el tribunal del certamen". Pero no. Berni no iría a Cuba. Estaba cambiando su pasaje para París y les decía: "en esa chatarra inglesa ¡jamás!". Y así fue. Aunque en otras oportunidades estuvo también a punto de viajar, nunca lo hizo y los cubanos siempre nos quedamos con los deseos de conocerlo personalmente. En esa ocasión, su ausencia fue sustituida por Antonio Saura, que por otras razones se encontraba en la Isla.

De cualquier manera, las relaciones del artista argentino con la Casa de las Américas continuaron siendo muy estrechas y aceptó realizar una exposición personal al año siguiente, que fue inaugurada en la Galería Latinomericana en enero de 1971, inmediatamente después de otra que su compatriota Julio Le Parc hiciera en la misma sala.

Para esa ocasión envió un conjunto de treinta y tres grabados -al que se agregaron las tres obras donadas con anterioridad- compuestos por la serie de los Toros y toreros, los desnudos y Ramona Montiel, entre los que se encontraban las piezas con las que había ganado años atrás el premio de la Bienal de Venecia.

En 1972, antes de que las obras le fueran devueltas, comunicó su decisión de donar todo el conjunto a Cuba. El concurso de grabado se dejó de hacer para dar paso en 1972 a los encuentros de plástica latinoamericana. Berni fue de nuevo invitado.

Coordinado por el Instituto latinoamericano de Chile que presidía Miguel Rojas Mix, la convocatoria tuvo dos reuniones previas, una de ellas en Chile, de la que participó Berni, allí conoció a Mariano, a quien le volvió a prometer que vendría a la Habana, donde quería hacer un mural con los artistas jóvenes del país.

De esta fecha data la presencia en Cuba de Juanito Laguna, un extraordinario tríptico de 2.20 x 3 metros, que envió desde París, y cuyo carácter de donación consignó desde el primer momento. Esta fue la última pieza donada por el maestro argentino a Cuba, en particular a la Casa de las Américas donde sus obras están siempre expuestas y conservadas con especial celo.

Poco se ha escrito sobre el significado que tuvo para el grabado cubano la obra de Berni. Su primera exposición en la Habana causó un enorme impacto, sobre todo en los jóvenes creadores a quienes sus trabajos con el relieve, la utilización de los collages, la riqueza imaginativa y la manera de construir las imágenes en el espacio impresionaron profundamente. Muy pronto comenzaron a incorporar en sus obras las lecciones aprendidas del maestro argentino y hubo quien empezara a elaborar su propio papel, para poder hacer esos extraordinarios relieves.

En rigor, Antonio Berni abrió un mundo nuevo al grabado cubano.

Si bien es cierto que no estuvo nunca en la Habana, nadie dudaría de la intensidad de su presencia en el arte cubano . En 1984, cuando se celebró la Primera Bienal de la Habana, uno de sus principales premios que se dieron recibió el nombre de Antonio Berni, otorgado al excelente grabador colombiano Omar Rayo.

Cuando en 1986 la Casa de las Américas volvió a realizar una muestra personal con los fondos que posee en su colección permanente, las nuevas generaciones pudieron apreciar cuán grande ha sido la influencia de este maestro en nuestra historia del arte nacional.

En la actualidad, quien visite la sede de esta institución en la Habana, puede ver siempre sobre sus muros algunos de esos magníficos trabajos donados por Berni a los cubanos, para quienes el maestro argentino, latinoamericano y universal, fue también un amigo.

La autora de la nota es critica de arte y fundadora de la Bienal de La Habana.

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