Carlos Alonso y una premonición de la violencia de los años 70

Se exhiben obras de su colección personal y otros trabajos
Loreley Gaffoglio
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23 de abril de 2004  

Mendocino, residente en Unquillo a metros de la casa que ocupó su mentor, Lino Enea Spilimbergo, el maestro Carlos Alonso trasladó al flamante Museo de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, en Caseros, lo más visceral de su producción y de su colección personal: un conjunto de obras de 1965 a 1978, que son el epígono también de su férreo compromiso político, de sus propios padecimientos y de los de tantos otros que, como él, sufrieron los excesos del terror en carne propia.

Reunidas con el título de "Hay que comer", las 65 obras que se exponen en esta sala que aspira a convertirse en "el polo cultural de la región bonaerense", según las palabras del coleccionista y rector de la Untref, Aníbal Jozami, evocan, con la anticipación de una profecía que luego se cumplirá, la violencia ejercida en el cuerpo de las personas.

El nombre de la muestra rememora también su antológica exhibición de 1965 en la galería Lirolay, cuyo eje temático era la carne. Aunque aquella vez las imágenes eran parte de una alegoría que representaba "El matadero", de Echeverría, ahora la carne "alude a otro matadero más vasto y terrible: la misma patria ensangrentada". La carne es, en palabras del curador de la muestra, Alberto Giudice, "la metáfora desgarrada del cuerpo humano reiteradamente mancillado, horadado, desollado; el cuerpo como denuncia".

Reses enteras o en trozos, que cuelgan en los frigoríficos; parejas que bailan tango, en ese mismo recinto, sorteando charcos de sangre; los propios rostros del poder, vestidos de fajina o con sombríos trajes oscuros y habanos en los labios, y mezclados entre las reses, son todas imágenes fuertes, aciagas y fuertemente evocativas. Juntas hilvanan distintas escenas, funestas y sangrientas, del destino trágico del país en los años setenta.

La citas son una constante en la obra de Alonso –que en febrero cumplió 75 años–, y allí están también las menciones iconográficas a "La lección de anatomía", la magistral obra de Rembrandt, y a la obra "Sin pan y sin trabajo", de De la Cárcova. Pero en la primera es el cuerpo sin vida del Che Guevara, retratado como la imagen de un Cristo yacente, circundado por militares.

Giudice señala de Alonso: "Es un constructor de sentidos. Alude, no nombra, porque el acontecimiento es tan materialmente insoportable, que sólo es abarcable elípticamente". Y parece cierto: sus obras reflejan la toma de posición de Alonso, un artista cuya hija, Paloma, engruesa la lista de desaparecidos y que se vio empujado al exilio tras el golpe militar de 1976.

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