Con ojos de mujer

LA CHICA DANESA Por David Ebershoff-(Anagrama)-Trad.: Jesús Pardo-346 páginas-($ 28)
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30 de enero de 2002  

Para construir esta primera novela, David Ebershoff partió de eso que las malas películas de domingo convierten en bandera de presentación: el caso real. La chica danesa cuenta la historia de Einar Wegener, el primer hombre que se operó para convertirse en mujer. Ebershoff toma ese punto de partida -en una nota final aclara las fuentes utilizadas y las libertades tomadas- y se aleja de la mera reproducción del caso proponiendo un relato que explora esas escasas certezas que permiten postular una identidad propia.

Einar Wegener es un pintor paisajista, casado con Greta Waud, una retratista que vive con culpa y desdén su fortuna californiana. Una tarde, la cantante de ópera que oficia de modelo de Greta falta y ésta le pide a su marido que se ponga sus medias y sus zapatos de taco para poder seguir pintando. Ese día, el roce de las medias se convierte para Einar en un susurro que le habla de la atracción que le provoca ser mujer: la escena, como en la anagnórisis dramática, revela una identidad que estaba oculta.

Esa escena, que abre el libro, también le habla al lector de los lugares comunes de la femineidad en los que caerá el personaje de Einar en el resto del relato: la fragilidad suprema, la consagración última de la existencia basada en el matrimonio y los hijos, la preocupación por la estética cuando el cuerpo le estalla de dolor. Si esto se explica porque eso dicen los diarios que dejó escritos el Einar-caso-real, vale preguntarse por qué Ebershoff decidió ser sumamente fiel justo en esos párrafos o por qué no generó, en su propio relato, algún otro punto de vista que revisara esos clichés de sus fuentes.

La sutileza está presente, sin embargo, en Greta, la primera persona en conocer el deseo de su marido, en aceptarlo, y luego la primera en propiciarlo. Einar travestido se convierte en un modelo que hace brotar en ella un arrojo que como pintora no había tenido antes: sus cuadros adquieren una cualidad inquietante que atrae a críticos y marchands . Pero no es esa conveniencia lo único que la lleva a insistir en el disfraz: es que ella, como Einar, se encuentra también a través de esa transformación con esas certezas propias que se le venían escapando. A su amplitud de miras contribuye también, hay que aceptarlo, su pragmatismo californiano: la verdad será más dura cuanto más tarde se la acepte.

Ebershoff encuentra para esta historia un rumbo apropiado: La chica danesa se emparienta con tantos escritores anglófonos del siglo XIX -Stevenson, Poe, Conrad- que convirtieron el horror propio en un Otro amenazante. Durante mucho tiempo, Greta y Einar usan el nombre de Lili para referirse a él cuando está disfrazado, como si se tratara de una tercera persona cuya aparición trastoca un sistema asegurado. No hay mucha diferencia entre ese Mr. Hyde que pisotea niñas por la calle y esa Lili que enamora párvulos por la calle: en los dos personajes asociados al bien late Otro que por momentos parece el mismo y que no hace lo correcto. La novela de Stevenson y la de Ebershoff comparten el desdoblamiento y el dilema moral, aunque hay un punto en el que La chica danesa plantea su diferencia y su contemporaneidad: allí el bien no hay que buscarlo en un conjunto de reglas preestablecidas por el acuerdo social o el orden divino sino en la indagación de una verdad interna que en un principio nadie sabe adónde conducirá.

Ebershoff, que trabaja como editor en Random House, es efectivo para contar: sabe manejar los hilos, retardar los encuentros, escatimar precisiones, hacer referencias sutiles al contexto de la Europa de entre-guerras, encontrar el tono justo en el difícil territorio del erotismo contado. Pero ocurre que las indagaciones en las que decidió sumergirse reclaman, además, ese grado de observación que en el ejercicio de la escritura, cruel como puede ser, no viene asegurado con la eficacia.

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