Contrapunto responsable

Dos personalidades identificadas con la defensa de los valores democráticos, la periodista Magdalena Ruiz Guiñazú y el padre Rafael Braun, han registrado en ¡Qué mundo nos ha tocado! (El Ateneo) una serie de diálogos ricos en matices, argumentos e información, en los que exponen sus coincidencias y desacuerdos sobre temas candentes del comienzo de siglo como los conflictos de la sociedad nacional, la globalización, el sexo, la vida conyugal y los aciertos y errores de la Iglesia
Santiago Kovadloff
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26 de diciembre de 2001  

Hace ya un largo tiempo que circulan entre nosotros, con suerte considerable, libros compuestos por dos o más autores que dialogan en torno a temas de actualidad. Sus páginas se conforman como un intercambio de opiniones, a veces como una confrontación de ideas y otras como una indagación compartida de asuntos cuya trascendencia objetiva es de por sí un estímulo para el lector. Recuerdo, entre los más recientes y logrados, En qué creen los que no creen , el epistolario compuesto por Umberto Eco y Carlo Martini, que tan merecida repercusión alcanzó. No menos relevante me pareció Dios y la ciencia , la conversación tan densa y tan tensa que sobre ese intrincado asunto supieron mantener el filósofo Jean Guitton y los físicos Grichka e Igor Bogdanov.

A esta estirpe de obras a las que, en su mayoría, más que escritas habría que llamar conversadas, pertenece ¡Qué mundo nos ha tocado! (El Ateneo), el libro que acaban de publicar Magdalena Ruiz Guiñazú y Rafael Braun.

Ambos, la periodista y el sacerdote, son figuras públicas y ello no sólo significa que son conocidas sino, por sobre todo, que gozan de reconocimiento. El consenso colectivo las asocia con gratitud a la defensa de los valores democráticos y al empeño incansable en la lucha por los derechos humanos. Los dos se distinguen, asimismo, por una gran amplitud de criterio, tanto en el análisis como en el debate de los asuntos que abordan siempre con probidad y franqueza.

El hecho de que ahora dos personalidades tan representativas hagan confluir sus ideas en un libro no puede menos que estimarse como un acierto. Y lo es triplemente: por los temas de que se ocupan, que son los que a todos hoy nos importan; por el modo como lo hacen, que es el que todos tenemos derecho a esperar, y por la sinceridad ejemplar con que proceden, sin rehuir la disidencia cuando ella se impone y sin caer, por eso, en nada que pueda minar el respeto mutuo. No hay en estas páginas vibrantes ninguna concesión a la retórica ni al convencionalismo.

En el orden temático, los autores exploran un territorio poblado de asuntos tan variados como interdependientes. De la globalización a los dilemas de la sociedad argentina; desde la vocación personal y el celibato hasta la vida conyugal y el sexo prematrimonial; desde la anemia de lo político hasta la pujanza de lo cultural; de los trastornos de la educación universitaria a los aciertos y desaciertos de la Iglesia, sin soslayar el desafío que implica la comprensión de los alcances de la catástrofe del 11 de septiembre próximo pasado.

Una de las coincidencias básicas de los interlocutores es la que atañe al sentido de ese fenómeno central en nuestro tiempo que es la globalización. Ambos están persuadidos de que, yendo por donde va, la globalización está lejos de encaminarse hacia donde debiera, ya que nada indica que el bien común sea la meta de su actual despliegue. La economía, advierten, se ha liberado de todo control externo y el interés de la mayoría está lejos de ser su norma y su desvelo. La democracia, al verse supeditada a los intereses del mercado, corre el riesgo de volatilizarse. De acuerdo: lo político debe administrar lo económico con criterio equitativo allí donde de veras importe la convivencia. ¿Pero se lo puede lograr?

Braun entiende, como Camus, que es imperioso "construir una autoridad mundial que articule los tres poderes" para enfrentar las terribles desigualdades planetarias. Ruiz Guiñazú coincide con él en que hacerlo sería indispensable, pero descree de la viabilidad de ese ideal teniendo en cuenta los antecedentes en la materia. "Ni la Sociedad de Naciones ni las Naciones Unidas -sentencia- sirvieron de nada."

Discrepan luego, y con fuerza, al abordar el tema del enjuiciamiento internacional de los llamados crímenes de lesa humanidad. Ruiz Guiñazú defiende la conveniencia de contar con una ley con jurisdicción para castigar tales delitos más allá de toda frontera. Braun no acuerda con ella porque no reconoce que haya quien pueda arrogarse tal idoneidad moral como para ser vocero de esa ley. Para él, "el principio de la territorialidad de la ley es un principio muy valioso", de aplicación aconsejable, justamente debido a la inexistencia de una autoridad mundial competente. "Mientras no vea a los países del G7 juzgar a los numerosos culpables de crímenes contra la humanidad que habitan tranquilamente sus países [...] yo no puedo creer en los fallos de tribunales tuertos, que sólo miran y condenan las acciones de los débiles, aunque el resultado de alguno pueda ser moralmente justo. Antes de quitar la paja del ojo ajeno, que comiencen por dar el ejemplo de quitarse la viga que tienen en el propio." Magdalena Ruiz Guiñazú está persuadida de que lo mejor es enemigo de lo bueno. "El juez Garzón, tan resistido por algunos sectores españoles, es quien mayormente promueve los juicios internacionales. Está bien, de latinoamericanos, estoy de acuerdo, pero empecemos por algo."

Estos pocos ejemplos de ideas intercambiadas, así como tantos otros en que abunda el libro, perfilan a Magdalena Ruiz Guiñazú como una personalidad realista, propensa a basar sus conclusiones en la experiencia y a atenerse siempre a ella a la hora de esbozar sus proyectos de acción o sus propuestas de cambio. Se diría que es lo posible antes que lo necesario el factor que rige, infaltablemente, su pensamiento. A la mesa del debate filosófico ella toma asiento con cauta disposición, tras asegurar que "nada hace pensar que el principal anhelo de los hombres sea la libertad." Para Ruiz Guiñazú, el mal, en el orden sociopolítico, si no lleva siempre las de ganar, jamás pierde por completo la partida. Braun, en cambio, es teólogo y filósofo. Todas sus intervenciones lo delatan como intelectual. Es impecablemente lógico en el abordaje de las cuestiones mundanas e implacablemente metódico en la secuencia de sus enunciados. Pondera y juzga lo que observa a partir de principios. Su proclividad y su talento para la teorización son evidentes y contrastan, como procedimiento, con el empirismo reflexivo y siempre bien pertrechado de datos de Magdalena Ruiz Guiñazú.

Hay que decir que estas diferencias entre la periodista y el sacerdote, lejos de debilitar el intercambio, lo enriquecen y potencian, infundiendo por momentos a la discusión una atractiva tensión. Ambos, por lo demás, denuncian la transgresión de la ley, allí donde tiene lugar, con idéntica valentía y contundencia, tanto en el orden nacional como en el internacional. Pero la periodista lo hace siempre sin mayor confianza en la posibilidad de ver concretadas las transformaciones requeridas. Sus planteos, por eso, rehúyen la tentación de las cosmovisiones, las grandes sistematizaciones que proponen la razón o la fe, pero que, a su juicio, la realidad siempre termina descalificando.

Sin dejar de amar las grandes ideas movilizadoras, no se deja cautivar por el sueño de su alcance práctico. Magdalena Ruiz Guiñazú confía en los pequeños cambios, en las ideas que no conocen el vuelo alzado de las utopías, en las iniciativas que nacen en la vida cotidiana y en las que el fervor puede más que la filosofia política. Digamos que ella se inclina siempre por lo poco que se puede antes que por lo mucho que se debería hacer.

Sería no obstante un error, cuando no una tontería, presumir que por el hecho de ser un hombre sólidamente educado, Braun está fuera de la realidad. Basta conocer su trayectoria para verificar que está metido, en cuerpo y alma, donde hace falta, y que lo está de manera eficaz e incansable. Pero él jamás desoye el llamado de los principios. Así, en lo que atañe al porvenir de nuestra especie, asegurará que resulta imperioso encontrar la forma de "poder afirmar la particularidad de cada cultura sin que eso sea obstáculo al entendimiento de la fraternidad universal".

Como era de prever, uno de los temas en cuyo tratamiento las lógicas de procedimiento, los valores y las propuestas de Braun y Ruiz Guiñazú llegan a distanciarse como nunca es el de la vida sexual y la experiencia matrimonial. Y si esta incompatibilidad recíproca no paraliza el diálogo es porque la lúcida sinceridad con que cada uno expone sus puntos de vista y explica por qué no puede hacer suyos los del otro tiende un puente fraternal sobre un abismo que, de otro modo, sería irremontable. Lejos de ello, el de la sexualidad y la vida conyugal y prematrimonial es uno de los capítulos más logrados en cuanto a su facultad para cautivar al lector. Baste para muestra un botón. Braun dice que, para él, "el matrimonio como el sacerdocio, no es algo que pertenezca exclusivamente a la esfera de lo privado. Es un compromiso público." Para Ruiz Guiñazú primero está la felicidad de las personas que integran la pareja y si ésta no tiene lugar, el matrimonio, como principio, pierde todo sentido. "Yo hablo, afirma, con la experiencia que da la vida. Y te pregunto, Raffy, ¿qué clase de institución familiar es aquélla que no está apoyada en el amor de las partes?" Por supuesto, llegados a este punto, a uno y otro se les hace evidente que parten de premisas totalmente inconciliables. "Para la Iglesia, concluye Braun, la familia y el matrimonio son instituciones naturales." "Yo, en cambio, sostiene Ruiz Guiñazú, pienso que la familia no es un hecho espontáneo y natural sino que se va construyendo con el tiempo y con trabajo."

Pues bien, ¡Qué mundo que nos ha tocado! es un auténtico intercambio de vivencias y convicciones, de dudas y necesidades. Libro profundamente estimulante porque no invita a las polarizaciones drásticas ni a adherir pasivamente a una u otra perspectiva, sino a la participación crítica, atenta, vigilante; en una palabra, responsable.

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