Costumbrismo de terror

Walter Cassara
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30 de enero de 2010  

Los peligros de fumar en la cama

Por Mariana Enríquez

Emecé

224 Páginas

$ 49

El terror es un género que apela a los instintos primarios y libera una alta dosis de fantasías sexuales reprimidas. Por ello, tal vez, hay que aprender a degustarlo en la adolescencia, cuando todos los fluidos hormonales están en plena ebullición. En la madurez, normalmente uno pierde el gusto por la carroña y los zombis, y no basta un chorro de sangre para avivar la imaginación. Encontrar un cuento de terror (uno solo) que produzca un thrill legítimo es verdaderamente una proeza muy difícil de lograr. Al margen de las limitaciones de público, están los problemas de contenido y de forma. ¿Cómo darle una vuelta de tuerca a una plantilla narrativa cuyos clisés están a la vista y cuyo argumento es, de antemano, completamente previsible? ¿Cómo volver a hablar fluida y honestamente con los íncubos y súcubos de la juventud?

La respuesta que aventuran los doce relatos reunidos en Los peligros de fumar en la cama , de Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973), es bastante simple, aunque para nada original. En pocas palabras, se fundamenta en darles una pátina de barniz costumbrista al amarillismo del pulp-fiction y la violencia extrema del cine gore ; nacionalizar a Linda Blair, servir el mate y las tortas fritas disfrazados de muertos vivos. El problema es que el humor, aquí, queda anestesiado por la voluntad de corrección política. Cuando se cree estar viendo un capítulo de Los locos Addams , resulta que había que leer un documento de denuncia social, y viceversa.

Los personajes que deambulan por este libro son, en su mayoría, niñas o adolescentes comunes que se llaman Silvia o Josefina, pasan muchas horas delante de una computadora, se visten mal y tienen un vocabulario básico. No obstante, pueden también ponerse a jugar a la ouija para invocar a los desaparecidos; pueden obsesionarse con enfermos cardíacos, deprimirse y cortajearse la piel con una hoja de afeitar, del mismo modo que pueden comulgar con el fantasma de la torre en un pacífico balneario bonaerense.

Salvo, quizá, porque está escrito en un registro directo, crudo y coloquial -un registro que en la literatura argentina se viene cultivando desde hace, al menos, cuatro décadas-, y porque confiesa entre líneas una cierta nostalgia del Mal, Los peligros de fumar en la cama no añade una mancha de sangre al género. Nada más allá de un vago escarceo con el terror explícito, nada que un cultor de esta clase de historias no haya visto en el cine, o haya leído, antes y mejor, en algún libro de H. P. Lovecraft o de Stephen King.

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