"Creo mucho en el instinto"

El escritor habla de cómo conviven en su obra realidad y ficción, y recuerda un episodio perturbador ocurrido en Buenos Aires
Juan Cruz
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7 de octubre de 2011  

Pocas veces vi a un escritor de éxito que desplegara tanta timidez genuina. Sostengo que la timidez de Gabriel García Márquez es impostada, es decir que el autor de Aracataca en realidad se ríe por dentro cada vez que exhibe sus inhibiciones. Y me parece que Juan Rulfo jugaba a esconderse de los otros tan sólo para ver qué decían de él mientras él andaba escondido. Y Juan Carlos Onetti se encerró en su cuarto por pereza, no por timidez, pues cuando quería daba mandobles sin cuento y no dejaba títere con cabeza, de Gabo a Cortázar pasando por Vargas Llosa. Así que cuando me encontré en un patio ancestral de Guadalajara, México, con J. M. G. Le Clézio pensé que la timidez que redondea el perfil que todos tenemos de él era una leyenda más, y que en cuanto se sentara ante mí, este hombre de cerca de dos metros iba a desplegar la otra cara de los tímidos supuestos; que iba a exhibir esa arrogancia del famoso que espera agarrarte en un renuncio para atar corta la entrevista y darte con la puerta en las narices. No fue así. Es cierto que preparé la conversación como si fuera a entrevistarme con el primer director de mi primer periódico, y aproveché el rato largo que me pasé leyendo su libro El africano , que recomiendo absolutamente, como si me estuviera bebiendo la vida riquísima de un personaje humano y de leyenda. Pero no hacía falta tanto nerviosismo; Le Clézio desplegó con elegancia y comedimiento todas las características de sus personajes escritos; es decir, fue sensible, silencioso incluso cuando hablaba, y retumbaba más en mis oídos el sonido del agua que nos acompañaba que el tono de su voz, tan respetuosa con el periodista que parecía que la timidez era un signo de elegancia, un síntoma de que me escuchaba para saber que él mismo existía.

En las notas de nuestro encuentro hallé un subrayado. Decía: "Un escritor del sur". Es decir, uno de los nuestros. Delicado, sin embargo, tímido como un nórdico. Si después de leer esta entrevista ustedes leen El africano , entenderán por qué es tan del sur este Nobel francés.

* * *

Se corre el riesgo, ante un tipo guapo que además escribe muy bien, de creer que estamos ante un hombre fatuo. Si esto pasa uno corre el riesgo de perderse a J. M. G. Le Clézio, francés de Niza, donde nació en 1940, y que en 2008 ganó el Premio Nobel de Literatura. Su origen es la isla Mauricio, cuya nacionalidad tiene: de ahí proceden sus padres, que eran primos hermanos? Uno puede perderse, por tanto, Mondo , un relato de una intensidad emocional y de una sencillez admirables, y perderse además una autobiografía excepcional, El africano , que tiene un comienzo inolvidable: "Todo ser humano es el resultado de un padre y una madre". Este texto fue publicado por Adriana Hidalgo Editora en la Argentina, Mondo apareció en Tusquets (donde está prácticamente toda su obra); en los dos, como en Desierto o en La cuarentena , se deslizan aspectos autobiográficos de Le Clézio. Desde que tenía 23 años es una celebridad.

-Debe de estar contento, traducido a tantos idiomas pequeños?

-Para mí es un honor, porque no hay idiomas pequeños, todos tienen su valor. Es necesario mantener la enseñanza de los idiomas llamados menores, aunque no lo son, son antiguos, son formas de pensar.

-Como las personas. No hay personas pequeñas.

-Es cierto, no hay personas pequeñas.

-Momo, por ejemplo. Quise decir Mondo?

-Ese lapsus me hace pensar en Antonin Artaud, uno de los pocos verdaderos poetas que hubo en Francia, al que le tengo mucho cariño. Tuvo ideas mágicas que no tenían que ver con la realidad pero que son muy instintivas. Creo mucho en el instinto. Es la mejor inspiración.

-Mondo no es sólo un niño huérfano. ¿Usted conoció a alguien así?

-No, aunque tiene partes mías? Después de escribir esa novela corta encontré a un señor que había vivido esa experiencia. Era un gitano huérfano nacido en Argelia y adoptado por franceses. Un día se escapó, subió a un barco, llegó a Marsella y con 9 años trató de sobrevivir en la ciudad. Se escondía porque había muchos peligros. Hablaba del peligro de los pedófilos, que yo no menciono en Mondo . Temía a la policía y a los predadores. Era cineasta y cuando leyó esta novela decidió hacer una película. Me conmovió comprobar cómo esa historia, inventada, había ocurrido en la realidad.

-Mondo encuentra mucha gente benefactora.

-El mundo está lleno de predadores, pero también de gente generosa. Siempre hay personas, especialmente mujeres, con corazones gigantescos. En las sociedades con mayores dificultades es donde se encuentra más gente dispuesta a ayudar a los que padecen.

-En sus libros y en su vida parece que usted hiciera una excursión para encontrar a gente como Mondo.

-Eso forma parte de mi manera de ser, de mi historia. Creo que el haber nacido sin conocer a mi padre y haberlo encontrado muy tarde me ha llevado a la certidumbre de que el amor no se regala: se merece. Las situaciones que parecen normales, como tener un padre o una madre, no se otorgan sistemáticamente. Es algo que se gana. Porque todos los niños no viven estas situaciones. Hay situaciones terribles en el mundo, seas rico o pobre. Debemos tener siempre este reconocimiento, no de dar gracias a Dios, pero sí dar gracias a lo bueno que nos ocurre.

-Usted encuentra a su padre en 1948, se extraña de que él sea como es, y se une a él como el Lazarillo. Y de adulto se ha dedicado a reconstruir esa atmósfera, como si no pudiera seguir viviendo sin entenderlo?

-Sí. La literatura me ayudó muchísimo, porque mis primeras emociones las encontré, en El lazarillo de Tormes . Un niño que no tiene familia. Su única ayuda en la vida es un ciego terrible, que es su único pariente. El niño y el ciego forman una especie de caricatura de la familia? En la literatura encontraba yo lo que no encontraba en la vida? Nací en 1940, en medio de la guerra. Por casualidad estaba en Niza, aunque era de origen británico, y la amenaza de la guerra se hizo peor en 1943, cuando los alemanes entraron a ocupar la ciudad, reemplazando a los italianos? Los italianos no eran malos con la gente de las tierras que ocupaban. Mi madre contaba que la ayudaban a cargar con sus legumbres cuando venía del mercado. A veces le daban pan? Pero los alemanes eran muy duros. Cuando entraron en Niza, mi mamá, mi abuelo, mi hermano y yo tuvimos que escondernos en un pueblito de la montaña. Era como vivir en una cárcel porque no se podía jugar en la calle ni mirar al exterior. En 1948, llegar a África, encontrar un mundo abierto, con gente generosa, leyendo libros, fue el encanto de mi juventud?

-En el libro sobre su padre, y en otros, habla de la violencia que conoció y del hambre. ¿Esa huella se queda para siempre?

-Sí. Además, mi abuela, que era francesa (mi madre era británica, prima hermana de mi padre), tenía una gran imaginación y estaba llena de cariño. Tenía ánimo, coraje, odiaba a los alemanes: lo exteriorizaba todo. Fue casi un modelo literario para mí. Cuando escribo, pienso en ella. Ella inventó el antihéroe, un mono que vivía en una sociedad de humanos, que reaccionaba con codicia, con trampas, ante todo lo que le surgía en la vida. Son sensaciones que no se olvidan. Alguien me contó hace poco que percibió que en su casa se fue acabando el hambre cuando dejó de haber cocina de petróleo y llegó la cocina de gas? No tengo en la memoria el petróleo, pero sí el fuego que mi abuela encendía en este pueblecito del cerro de Niza. El olor del humo de la madera que todo lo invadía, el pelo, la ropa? Es un olor que se mezcla con el frío, el temor a los alemanes y la falta de alimentos?

-¿Por qué eligió a un niño, Mondo, para explicar la soledad como valor o como opción?

-Y como interrogación también. La soledad de un niño que quiere entender el mundo, que se pregunta las cuestiones esenciales: de dónde vengo, quién soy, quién me va a amar, cuál es mi sitio en la sociedad, qué voy a poder hacer? Estas preguntas todavía hoy son muy fuertes, en mí y en otros niños. Siempre percibo estas preguntas. Por ejemplo, estuve en Buenos Aires, para un encuentro literario; fuimos a comer a un restaurante que tenía mesas en la calle, empecé a comer las sabrosas carnes argentinas cuando vino un niño muy pobre, se paró delante de mi mesa, tomó mi tenedor y empezó a comer de mi plato. Fue un acto tan violento y tan normal. El mozo vino para echarlo, y le dije que lo dejara. Se comió casi toda la carne y se fue. No dijo gracias, no dijo nada. Casi con violencia: una especie de ímpetu del hambre lo hizo actuar así.

-Mondo no era así.

-Pero podría serlo. El niño no comía carne únicamente, su acto era en sí mismo una pregunta.

-En un momento usted decide que indagar en la infancia es más voluntad humana que literaria.

-Sí. Empecé a escribir novelas o cuentos que eran más provocativos que otra cosa, eran maneras de afirmarme como escritor, tratar de inventar un estilo? Hacía listas de palabras para luego escogerlas. Mi modelo era Salinger, encerrado en una especie de bodega de cemento, sin ventanas, para escribir haciendo listas de palabras? Poco a poco, especialmente después de vivir en la selva de Panamá, vi que había otras metas en la escritura que no eran solamente estilo o manierismo. Podría parecer pretencioso, pero me sentí como el medio de comunicación entre algo y los otros? Por eso cambié totalmente mi manera de concebir la escritura. Desde ese momento no me importaron tanto el estilo, las referencias literarias, sino decir lo que tenía que decir: estamos en la tierra un período muy breve y no podía dejar de aprovechar este momento.

El africano es una cartografía de su vida. Encuentra a su padre, del que usted luego parece una prolongación. Él cruza llanuras para curar, cultiva paisajes, y al final de su vida decide no hablar. Pero fue un hombre que parece también un personaje literario?

-Fue un modelo. Mi padre tenía las manos de un albañil. Unas manos muy fuertes. Cada vez que tenía un rato libre era para hacer algo con las manos, no para escribir: para hacer un mueble de madera, para componer cosas. Me identifiqué con él a tal punto que imité su vida. Después de acabar sus estudios se disgustó con el mundo de los médicos en Inglaterra, porque era muy elegante y no se sentía cómodo. Se fue a un país salvaje, la Guayana Británica, y cuando pensé en experimentar algo fuerte en relación con la vida natural no fue en Guayana sino en Panamá, pero era el mismo medio ambiente. Como él navegó por los ríos en piragua, yo compré una piragua y navegué los ríos de Panamá. Él encontró a los indios de Guayana, y yo quise vivir los mismos años que él vivió con los indios, pero en Panamá. Después me fui a México, pero no tuve la misma vida que él. Fui a un lugar pequeño, Jacona de Plancarte. Viviendo allí tenía la impresión de seguir el modelo de una manera imperfecta. Él había sido perfecto. Yo era imperfecto, pero por ser imperfecto podía escribir.

-Pero hasta 2004 no cuenta la razón que lo lleva a vivir esa aventura, cuando escribe El africano . ¿Por qué tardó tanto?

-Tenía que hacerlo por escrito, no lo podía contar en palabras, como ahora lo estoy contando. Decirlo me parecía impúdico, y ahora lo he dicho. Lo que está escrito tiene una fuerza que no tienen las palabras. Lo que estamos hablando se va a evaporar. Pero los libros quedarán.

-Los indios le enviaron a su padre, a través de usted, un mensaje: "Con todo lo que sabe, podría venir y nosotros le acogeríamos de nuevo". Su padre le respondió: "Ahora no puedo, hace diez años sí". En ese momento su padre tenía 70 años.

-Imagino que a esa edad estaba muy cansado. Tuvo una vida dura, y esa vida no perdona. No es cuestión de fuerza, porque era muy fuerte, pero sí había ya fragilidad en su mente. Era la vertiente pesimista de la vida, la que conduce a la muerte. Y antes de llegar a la muerte se quedó callado, no quiso hablar más.

-Dice que a cierta edad, en ciertas circunstancias, "sólo se pueden verter lágrimas". Es cuando su padre escucha lo que pasa en Nigeria, violencia, desorden, muertes, hambre.

-Un enorme dolor. Mi padre no tenía televisor y escuchaba las noticias en la radio. Esta gente se moría, una gente que quizás él amó más que a su familia porque escogió vivir allí solo. Morían por una especie de conspiración de los Estados industriales para llevarse el petróleo. Creo que para él fue un momento terrible que posiblemente contribuyó a su pesimismo, a su falta de confianza y a esa autodestrucción que se impuso? Yo estaba conmovido también, pero aquello que él vivió como médico yo lo viví como niño, por lo que la relación es más distante.

-En África su padre y usted vivieron la esclavitud, la violencia, el hambre, la repugnancia por el mundo colonial. ¿Cree que la historia nos ha hecho mejores?

-Sí, porque se acabó la colonización. La colonización era el mal absoluto y ahora estamos "en males relativos". Es una mejoría pero tengo dificultades para entender lo que pasa porque, como testigo de los últimos momentos de la colonización, tengo imágenes muy fuertes: gente que camina con cadenas por las carreteras, empleados para la construcción de monumentos para gloria de los colonizadores? Ahora vemos una forma oculta de colonialismo. También existen la corrupción y la destrucción de lo que hubiera podido ser después de la colonización. Las fuerzas de corrupción del dinero, eso es lo que ha hecho que el resultado sea una forma hipócrita de colonización. Pero por lo menos los países son independientes, eso es lo bueno. Pueden escoger. El camino hacia la democracia es lento, pero confío en que sea la meta última para lograr alguna forma, probablemente diferente, de la democracia que conocemos, en la que el ser humano pueda desarrollarse.

-Usted es un testigo raro: un intelectual francés que abandona el confort de París cuando ya era un escritor muy bien considerado.

-Nací en una burbuja de isla Mauricio en Niza; crecí en esa burbuja. Fui a París y me asustó la superficialidad, que la gente no viviera para otra cosa que para ver con quién iban a encontrarse por la tarde, con quién iban a cenar y cómo preparar su carrera literaria o lo que fuera? Me pareció tan fútil que no pude aguantarlo. En realidad nunca viví en París, para mí es una ciudad tan extraña como Nueva York? Siempre he vivido en lugares donde la vida es más sencilla y más fácil de entender. Especialmente en este pueblo mexicano de Jacona donde he pasado quince años. Teníamos una casita en una calle empedrada. Un día pasó un anciano que no era de nuestro barrio y se cayó. Toda la gente salió de sus casas con una silla para que el anciano pudiera sentarse. Mi mujer le sacó agua, otros sacaron frutas para que pudiera recuperarse? Estas cosas no ocurrirían en París. Una de las pocas veces que estuve en París con mi hija vi a un anciano africano que se había caído en el subte. Era medio vagabundo, pero llevaba el traje de soldado. Debía de ser uno de esos soldados que combatió por Francia y del que se habían olvidado. La gente pasaba por encima de él, no lo ayudaban. Mi hija y yo lo pusimos en pie, lo sacamos del subte, preguntamos en la puerta de un hotel de lujo si podía sentarse un rato adentro porque hacía mucho frío. El muchacho de la entrada del hotel era un hombre bueno, permitió que se sentara y cuando le preguntamos al anciano si quería que llamáramos a los servicios médicos nos contestó: "No, no quiero ir al hospital". Le dimos un poco de dinero y se fue caminando. Las cosas que ocurren en las ciudades son terribles. Alguien se puede morir y la gente pasa por encima.

-Usted habla de lo que su padre decía: el olor del miedo. Se supone que ése era un mundo duro, que las ciudades son más confortables.

-Creo que no he abandonado el mundo confortable por un mundo duro. Al contrario, abandoné un mundo duro, hostil y egoísta por otros mundos más suaves, en los que hay más compasión.

-¿Lo ha cambiado a usted este contacto con un mundo tan diverso y tan natural?

-Creo que toda mi vida he escrito el mismo libro. Una mezcla de confesión, de búsqueda de idealismo, de realismo, a veces de execración? Y no creo que vaya a cambiar de escritura ahora. Tengo más interés por los otros que por mí mismo.

-En 1991 dijo: "Quisiera ir más allá del lenguaje, dejarme llevar por una poesía en estado puro, una poesía creada por gestos y por los ritmos de la danza. Es decir, por el ser en ebullición". ¿El futuro le dio la razón?

-Sí. La permanencia de los humanos es algo increíble. El modelo de mi padre motivó esa absoluta necesidad de escribir sobre esos momentos en que la vida humana está atada al medio ambiente. Se puede expresar con la escritura, con la danza, con la música? En esos años salía de la experiencia de haber vivido con los indios de la selva de Panamá, gente que no tiene escritura, pero sí un lenguaje para contar historias. Tienen una lengua literaria y otra diaria. Confunden las artes, la religión, la magia o la creencia, como algo sobrenatural, y no hay especialidades, como pintor, escritor o músico. Cada uno es un artista y a la vez un albañil que sabe hacer cosas con sus manos, un marinero excelente en los ríos, un curandero? Esta totalidad es para mí el modelo del ser humano. Desgraciadamente, estamos especializándonos cada vez más.

-Usted tenía la ensoñación de isla Mauricio, de donde procede su familia. Cuando ya se hizo realidad, ¿cómo fue?

-Mi abuelo, mi mamá, mis tías me contaron tantas cosas que cuando llegué allí Mauricio resultó no ser realidad para mí, era una especie de cuento, de mito en su forma física. Además, tenía la forma de una novela, de pirámide, el modo en que concibo la novela. Isla Mauricio es un volcán. Primero está el mar de coral, las playas, subes y en la cumbre hay un cráter azotado por los huracanes. Es la forma de una novela. La novela empieza, alcanza una cumbre y después se va acabando. Descubrí que en la isla vive un millón de personas, con muchas dificultades. Es como la gente de México, que sonríe mucho, es muy amable, pero vive en medio de extremos de violencia. No se mueren de hambre porque es una tierra generosa, pero conocen dificultades enormes. Me impresionó mucho.

-Quiero evocar esta frase de El desconocido sobre la tierra (1977): "Escribir solamente sobre las cosas que se aman, escribir para unir, para reunir los fragmentos de la belleza y después recomponer y reconstruir esa belleza. Entonces, los árboles que están en las palabras, las rocas, el agua, las chispas de luz que están en las palabras se encienden, brillan de nuevo, se lanzan y bailan".

-No voy a borrar ninguna palabra de lo que escribí entonces. Era como una intuición de lo que debía hacer el resto de mi vida. Espero seguir con esta confianza. Esa confianza es el regalo que me dan los lectores porque responden. Aunque los críticos lo tachen de ingenuidad. Para mí es un elogio.

Por: Juan Cruz
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