Cuentos

Los dos relatos breves que se presentan son las primeras publicaciones de la gran autora canadiense después de The Blind Assessin . Tras su aparente simplicidad ocultan una elaborada reescritura de mitos griegos
Los dos relatos breves que se presentan son las primeras publicaciones de la gran autora canadiense después de The Blind Assessin . Tras su aparente simplicidad ocultan una elaborada reescritura de mitos griegos
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22 de agosto de 2001  

No es fácil ser una semidiosa

Cuando éramos chicos, Helen vivía calle abajo. Solíamos vender Kool-Ade en el porche de su casa, a cinco centavos el vaso, y siempre tenía que llevarlo ella. Bajaba los escalones a pasitos cortos, como si pisara huevos, con la vista baja y ese moño rosado sujetándole el pelo. Creo que escamoteaba algunas monedas, pues no era precisamente un modelo de honradez. Sé que ahora es famosa, etcétera, etcétera, pero, hablándoles con absoluta franqueza, era y sigue siendo un problema. Contaba las peores mentiras: decía que su papá era alguien verdaderamente encumbrado, no era el Papa pero le andaba cerca, y, por supuesto, eso daba pie a bromas constantes. No quiero decir con esto que ese supuesto personaje mostrara la cara alguna vez. Su mamá sólo era una de tantas madres solteras, como las llaman ahora, aunque mi madre dice que en una época les daban otro nombre. Según decía ella, por las noches ocurrían cosas alrededor de la casa; era natural, pues todos los hombres del pueblo creían que la entrega era gratuita. Acostumbraban arrojar guijarros contra la puerta, insultarla a gritos y aullar un poco cuando se emborrachaban. Los dos muchachos, los hermanos de Helen, eran bastante salvajes y pronto levantaron vuelo.

A los diez años, Helen pasó por una fase circense: le gustaba disfrazarse y pensaba ser trapecista; luego, se hizo amiga íntima de la mujer que dirigía el salón de belleza: ella la peinaba y le daba muestras de productos; después, empezó a pintarse los ojos con trazos negros y a rondar la terminal de ómnibus. Supongo que buscaba un pasaje para marcharse del pueblo. Era bonita, lo admito, por lo que a nadie sorprendió su temprana boda con el jefe de policía. Fue muy conveniente para ambos, ya que él bordeaba los cuarenta.

Hace apenas unos meses, ella se fugó con un hombre de la ciudad que pasaba por el pueblo. Después de todo, no necesitó el pasaje en bus; él tenía auto, un verdadero bote. El maridito está que se lo lleva el diablo; dice que alistará un grupo de gente armada, irá a la ciudad, los hará salir de su madriguera y molerá a golpes al tipo; a ella, la traerá de vuelta y le dará algunas bofetadas. Muchos hombres no se preocuparían por una mujerzuela como ésa pero, según parece, él no cree en el divorcio; dice que alguien tiene que defender los verdaderos valores.

Personalmente, creo que todavía está loco por ella y, de todos modos, se siente herido en su orgullo. El problema está en que ella se jacta de su aventura: su nuevo hombre está en muy buena posición, la instaló en una especie de mansión, su foto aparece en las revistas y la gente quiere saber qué opina sobre esto y aquello. Es enfermante. Así pues, ahí está ella, toda emperifollada con su flamante collar de perlas, sonriendo para olvidar su dolor, dulce como un budín, diciendo cuán feliz es en su nueva vida, declarando que toda mujer debería seguir el impulso de su corazón. Dice haberla pasado mal en su juventud, pero ahora, siendo una semidiosa, estudia la posibilidad de hacer carrera en el cine. Dice que aquella primera vez era demasiado joven para casarse, pero hoy sabe cuánta satisfacción puede dar el amor; además, el jefe no era... bueno, no era y punto. Desde luego, todos interpretan que él era una nulidad en la cama; esto ha motivado algunas risitas disimuladas, nunca abiertas porque él todavía tiene mucha palanca en este pueblo.

Haciéndola corta -perdón por el juego de palabras- es que a nadie le gusta que se rían de él. El jefe proviene de una familia grande, tiene un hermano y un montón de primos, todos musculosos y de mal genio. Apuesto a que la cosa se pondrá seria. Vale la pena estar alerta.

La botella

Sólo quiero ser como los demás, dije.

Pero no lo eres, me explicó él. No eres como ellos.

¿Por qué no?, pregunté. Me sentía inclinada a escucharle. Tenía un modo de hablar persuasivo.

Porque te amo.

¿Eso es todo?

Yo no soy un cualquiera, dijo él.

Nadie lo es, repliqué.

Eso es lo que quiero decir, ¿comprendes?, que tú no eres como los demás. Reparas en los detalles, tienes en cuenta las peculiaridades, escoges las tendencias. Esas son las cualidades que busco.

¿Esto es una seducción?, inquirí.

No. La seducción ocurrió hace ya cierto tiempo; ni siquiera lo notaste. Ya dejamos atrás eso. Estamos en la etapa del contrato. Hemos llegado a la negociación.

¿Qué tengo que hacer?, pregunté.

Acostarte conmigo, desde luego. Haré que lo disfrutes.

¿Qué más?

Valoro la lealtad. Recuerda que no eres un abogado: no jodas a los clientes.

De todos modos, no lo haría. Ellos siempre han tenido karma. ¿Qué más?

Simplemente, lo que ya haces, contestó él. Algunas tareas rutinarias, no muchas. Inhalar un poco de humo, mascar materias vegetales seleccionadas, proponer algunos acertijos, escribir sobre hojas de árboles. Formular el extraño conjuro; guiar unos pocos paseos turísticos por el infierno. Mantener el tono del establecimiento.

¿No tendré que pasearme haciendo tonterías con serpientes? Si hay serpientes, no puedo. Les tengo fobia.

Las serpientes estuvieron el año pasado.

Bien. ¿Dónde firmo? Un momento... ¿qué obtengo a cambio?

Qué mercenarias son las mujeres.

No, pero, ¿hablando en serio?

Adquirirás sabiduría. Quiero decir que serás más sabia de lo que ya eres.

Eso no basta.

De acuerdo: puedes tener cierta inmortalidad. Aquí está. Dentro de esta botella. ¿La ves?

¿Ese montoncito de polvo?

Obsérvalo mejor.

Oh, sí. ¿Siempre centellea así?

Sólo al principio.

¿Estás seguro de que esto es la inmortalidad?

Confía en mí. Con un poco de esto, siempre tendrás una voz.

¿Tendré o seré una voz?

Lo uno o lo otro.

Bien, de acuerdo. Muchas gracias.

No dejes caer la botella. Trátala con cuidado. Tienes que vigilar esas cosas; suelen agrandarse. Pueden alcanzar la vastedad del cielo. Te pueden absorber sin que te des cuenta. Es el efecto de vacío. Ahora déjala allí, en el rincón, arroja ese pesado manto y pon tus brazos...

Estoy mareada. Esto se está poniendo un poquito intenso. Comí demasiado en el almuerzo. Creo que debería irme a casa y acostarme.

¡Acuéstate aquí! Me lo debes, ¿recuerdas? No hay mejor tiempo que el presente. Corta un cuello, vierte una libación, vacía tu mente, cierra los ojos, hazme sitio, piensa en cavas...

¡Ay, suéltame! Necesito respirar. Ahora no puedo. ¿Qué te parece la semana próxima?

¿No me amas?

No es eso. Simplemente... ¿eres realmente quien dices ser?

Soy lo que soy. Y también lo que tú dices que soy. Así son los dioses y, después de todo, yo soy un dios.

Entonces, nada te importa. Sólo existes en mi cabeza. No eres más que... No eres nada.

Más o menos.

Eso pensé. ¡Espera, vuelve!

No soy estúpido. Reconozco un "No" cuando lo oigo.

No quise ser descortés. Conversemos...

No puedes conversar con la nada.

Pero...

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