De ritos y danzas

Dominio y sensibilidad en los altares de Daniel Barreto; las dimensiones filosóficas del tango, desde la óptica de Estela Bartoli
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30 de diciembre de 2001  

Interesantísima y muy lograda la muestra de Daniel Barreto (1966). Resume con justeza el prologuista del catálogo Juan Pablo Liberti: "Los altares de Barreto representan la mirada del artista acerca de otros artistas, aquellos que con sus ofrendas realizan una instalación instintiva que provoca sucesos mágicos, estéticos, espirituales... Este es su mundo onírico, surreal, tal como percibimos en las comidas con sus protagonistas instalados entre peces y símbolos. Los promesantes, los entornos, el Gaucho Gil, las vírgenes, lemanjá, los perros negros, las velas, los protagonistas del arte de Barreto aluden a la sensibilidad popular latinoamericana con los cruzamientos de lo indígena, negro y barroco."

En el caso del venerado Gaucho estamos en presencia de una devoción popular por un gaucho federal al que la hinchada de Independiente pide goles por los colores de su camiseta. La instalación de la difunta Correa con botellas vacías nos recuerdan que la difunta murió de sed. Con el mismo tema realizó inolvidable instalación Antonio Berni.

Se me ha adjudicado erróneamente estar en contra de las instalaciones. De lo que estoy en contra es de las improvisaciones. Pero ni Berni improvisaba con su Difunta, ni improvisa Picasso cuando nos regala una cabeza de toro realizada con el asiento y un manubrio de bicicleta. No es lo que define a un artista un impromptu, por más genial que sea o parezca; lo es el conjunto de su obra, el contexto dentro del cual cabe la lectura de su más aparentemente caprichosa idea (Quinquela pintando el ómnibus de naranja porque le molestaba la tristeza del gris).

Si me detengo con admiración frente a las obras de Barreto es porque todas y cada una de sus pinturas nos revelan al artista consumado, al dueño de un dominio artesanal que sigo reclamando como prerrequisito de todo arte. No es la probidad lo que define la calidad; simplemente que sin ella fracasa la expresión en cualquiera de las artes que pensemos. Un gran músico no es tan solo improvisador; sabe leer música, así como un poeta conoce las leyes gramaticales. En este caso, ya estemos ante pinturas que nos recuerdan la tradición yoruba o la del Congo, ya acompañemos a estos dos comensales visitando la casa del brujo cubano o de la adivina criolla, apreciamos como cada composición está realizada con una probidad que nada tiene que envidiar a la del Aduanero Rousseau.

Emoción, alegría, destreza, todo el andamiaje que sostiene al arte pictórico se conjugan en este nuevo talento de la valiosa Escuela de Buenos Aires con sus tantas y tan diferentes facetas. Una paleta limpia y un dibujo firme son el trampolín necesario para hacer volar nuestra propia imaginación sensible.

En el Centro Cultural Recoleta, Sala 10 (Junín 1930) hasta el 27 de enero.

Con alma porteña

A Estela Bartoli aún no se le han caído los pinceles de la mano. Si bien es cierto que en algunas oportunidades acude a la textura tridimensional, que escapa la planimetría del lienzo, justo es admitir que estas licencias poéticas no parecen ir en desmedro de la potencia de sus imágenes. Aún así, me atrevo a sugerir que si esos mismos efectos fuesen logrados manteniendo las reglas del juego estrictamente pictóricas, algunas de sus obras, sin el aditamento del collage, ganarían en profundidad. Pero ya es sobrada justificación registrar el paso de esta pintora que dedica su inspiración a una temática cara al alma porteña, tal como lo enuncia el título de la muestra: A todo tango .

Entre nuestros maestros contemporáneos, sabemos de dos que han dedicado su talento plástico a esta temática: Aldo Severi y Juan Carlos Liberti. Damos por descontado (sin saberlo a ciencia cierta) que Bartoli es una artista más joven, lo que añade mérito a sus logros. Una paleta cálida acompaña los movimientos que nos son familiares de esa danza, "la más honda y sensual", que se supone traduce un cierto machismo en tanto el varón es el que avanza y la mujer quien lo acompaña.

Lo cierto es que con el tiempo las parejas actúan en una simbiosis en la que es muy difícil otorgar unilateral iniciática a una de sus partes. El yang y el yin del taoísmo chino se han fundido en un solo todo, esa famosa unidad que supera las polaridades, con lo que el tango adquiere proporciones filosóficas.

Es ese vaivén de los principios masculino y femenino lo que ha captado con encomiable sensibilidad Estela Bartoli. Es motivo de alegría pensar que estos logros de un espíritu inquieto indagan en nuestra danza ciudadana con la lucidez de perspectiva que le otorga una óptica femenina. Pienso también en nuestras grandes cantantes que forman ya parte inalienable del historial tanguero.

En el Salón de Artes del Reconquista Plaza (Reconquista 602) hasta el 5 de febrero.

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