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Literatura

Literatura: del boom a las nuevas voces de la libertad

Fabiana Scherer
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7 de julio de 2019  

Eran tiempos convulsionados, de replanteos políticos y sociales. El boom latinoamericano pisaba fuerte con Cien años de soledad, la monumental obra de Gabriel García Márquez, editada un año antes en Buenos Aires, y Rayuela, de Julio Cortázar, que era leída una y otra vez por jóvenes que buscaban romper con lo establecido. Los ecos del Mayo Francés estaban presentes en historias que irrumpían con fuerza y de manera diferente. Mario Vargas Llosa publicaba Conversación en La Catedral, su tercera novela, hoy considerada un clásico de la novela política. "Es la única novela que salvaría del fuego", dijo el Nobel de Literatura peruano respecto de su obra.

Al mismo tiempo, comenzaba a distinguirse otro tipo de material. En julio de 1969, apareció el primer número de Los libros, revista fundada y dirigida por Héctor Schmucler que tomó como modelo la publicación francesa La Quinzaine Littéraire y pretendía ofrecer un amplio universo de reseñas con criterio riguroso en manos de escritores, críticos e investigadores. En sus siete años de vida (el último número se publicó en febrero de 1976), contó con la firma de figuras del campo intelectual argentino: Ricardo Piglia, Carlos Altamirano, Beatriz Sarlo, Germán García y Miriam Chorne, entre otros.

Fue en esas mismas páginas que apareció la reseña de Boquitas pintadas, la segunda novela de Manuel Puig, que Sudamericana editó en agosto de 1969 y con la que confirmó su talento, el mismo que había sido aplaudido en el mundo por La traición de Rita Hayworth, publicada un año antes. "El lenguaje de Boquitas pintadas habla para callar, para ocultar. Los personajes no tienen nada propio para decir: son atravesados por el lenguaje de la sociedad constituida -decía el artículo-. La ideología de lo cotidiano, canonizada en el habla de los medios masivos de difusión (revistas, radio, cine) constituye el pensamiento de sus palabras. Se habla como debe hablarse: sin riesgos".

Puig intentó publicar la novela en forma de un folletín serializado, pero lamentablemente no fue posible y se presentó como novela, dividida en dos partes: Boquitas pintadas de rojo carmesí y Boquitas azules, violáceas, negras, con 16 secciones en total que simulan los folletines. Con claras referencias a citas de tangos y boleros, Puig contó una historia de engaños y apariencias sociales en el pueblo Coronel Vallejos durante los años 30, con el que buscó recuperar y hacer dialogar las formas de la cultura popular. Como bien señaló Guillermo Saccomano: "En Puig escuchaba las voces de mi abuela, mi madre y sus primas".

En Madrid, en casa del poeta y amigo Marcos Ricardo Barnatan, Manuel Puig ofreció una entrevista radial al actor y director español Pepe Martín. En esta charla, confesó: "No escribí Boquitas pintadas como una parodia, sino como la historia de gente de la pequeña burguesía que, como primera generación de argentinos, debía inventarse un estilo".

La académica chilena María Ester Martínez reconoció en un estudio acerca de la obra que "se trata de una novela que está animada de un espíritu de rebeldía frente a la realidad al desmitificar los lenguajes institucionalizados en los otros géneros literarios y mostrar la diversidad social organizada artísticamente en comedia y tragedia".

En este sentido, el artista costarricense César Valverde Stark en un ensayo publicado en la Revista de Lenguas Modernas, fue más allá y analizó cómo Puig cuestiona los roles masculinos y femeninos, degrada discursos oficiales y problematiza utopías del ser (hombre o mujer), creadas por los medios de comunicación, donde la felicidad se basa en el amor, el éxito y el consumo. "Diferentes masculinidades representan modelos culturales divergentes de nación, raza y clase -señaló-. Por un lado, con una masculinidad establecida eurocéntrica pero anticuada y, por otro, con una que simboliza el criollo emergente de la clase obrera, un cabecita negra, quien tiene por objeto sustituir la masculinidad hegemónica. La novela elabora estas masculinidades conflictivas basadas en una cultura popular en la cual la alteridad se produce en términos de género, raza y clase: la fusión de tangos, noticieros, cartas e informes periodísticos recicla estereotipos populares mediáticos y enseña a los personajes cómo ser hombres y mujeres". En los últimos años, la obra de Puig tomó otra dimensión, hay quienes la definen como un acto político que pretendía poner en evidencia la construcción socio-cultural de la sociedad patriarcal.

La literatura argentina de fines del siglo XX debería leerse, según Ricardo Piglia, en las claves dadas por Rodolfo Walsh, Manuel Puig y Juan José Saer. Es justamente este último autor que en 1969, dio a conocer Cicatrices, ficción que escribió en la Argentina y publicó cuando ya estaba radicado en París, becado por la Alianza Francesa.

"Una novela que problematiza, como Rayuela seis años antes, el género novelesco, la expresión literaria, la concepción del autor y del lector -destacó de Cicatrices el investigador literario Julio Premat, en un estudio que realizó para la Université de Lille III-. Saer instaura su propia figura, la del autor, como una virtualidad vacía, obviada en beneficio de un lector al que se le dan todos los poderes: el de reconstruir un texto, el de investigar y definir sentidos, el de interpretar indicios proliferantes, el de situarse en la mismos posición que el escritor".

En el ensayo titulado El espesor del presente, la escritora y académica Florencia Abbate analiza las diversas representaciones del tiempo y los materiales históricos en la obra de Saer. En Cicatrices, ejemplifica Abbate, la historia tiene obviamente que ver con la política. "Es una novela que se ubica en el contexto de la proscripción del peronismo, durante la presidencia de José María Guido, y su personaje central es un obrero, ex líder sindical. Pero quien lea esa novela y se pregunte si está escrita desde una perspectiva peronista o antiperonista -buscando aplicar una de las dicotomías más persistentes de la cultura argentina contemporánea-, seguramente concluiría que la pregunta no puede responderse, que no tiene sentido, que el texto se libera del sentido común con el que estamos acostumbrados a leer y a pensar".

Para Beatriz Sarlo, Juan José Saer es el más grande escritor argentino de la segunda mitad del siglo XX y Cicatrices, la pieza ideal para iniciarse en su universo.

Tiempos de ruptura, el estallido de las rebeliones obrero-estudiantiles colocan a los jóvenes en el centro de la escena. En medio de esta efervescencia aparece Diario de la guerra del cerdo, de Adolfo Bioy Casares, novela que ahonda sobre los sentidos de la vejez en un contexto de anárquico desorden social.

"Diario de la guerra del cerdo es la profética crónica de una lucha implacable entre viejos y jóvenes. Una mañana, Isidro Vidal, jubilado sedentario y benévolo, descubre que el proceso de sustitución generacional se ha acelerado. Hordas de atléticos muchachos recorren Buenos Aires a la caza de viejos débiles y lentos -escribió en el texto de una edición especial, la periodista y escritora Matilde Sánchez-. Obligados a improvisar una desesperada defensa, Vidal y sus amigos deberán aprender a moverse por una ciudad fantasmagórica, apenas iluminada por las antorchas de una guerra invisible, tan real como simbólica. Una guerra que se libra contra grupos rivales, pero también contra un enemigo común: el inexorable paso del tiempo. Adolfo Bioy Casares terminó esta novela magistral a principios de 1968. Según declaró en entrevistas, la escribió en un momento en que se sintió envejecer (tenía 55 años). Inesperado precursor de las revueltas estudiantiles, de la guerrilla urbana y hasta del movimiento punk". La novela, que fue llevada al cine por Leopoldo Torre Nilsson en 1975 (un año antes, el director había estrenado la versión de Boquitas pintadas), sin duda la más política de Bioy Casares, no es amable con la vejez, se la presenta como el lugar de desvaído y de la muerte; los jóvenes son mostrados como violentos que realizan sus actos sin saber qué los moviliza.

En Buenos Aires, El fiord, de Osvaldo Lamborghini comenzó a circular como un libro clandestino. Era un libro delgado, de Ediciones Chinatown, que había que pedir en voz baja. Se trata de una obra que intentó romper con todos los convencionalismos de la época, un texto que escandalizó por sus líneas explícitas de sexo y violencia, y que el propio Leopoldo Marechal definió como una "perfecta bola de mierda".

En la reedición que hizo la española Ediciones Sin Fin, en 2014, el filólogo, editor y crítico literario Ignacio Echevarría escribió: "Cuenta Luis Gusmán, viejo compañero de Osvaldo Lamborghini, que, por los tiempos en que se publicó El fiord, su autor salía con el libro a la calle como quien lleva un arma. Tenía buenos motivos para ello. Pese a su difusión casi clandestina, el impacto de este texto salvaje, violentísimo, arrasador, todavía atruena con su carcajada y con su enigma la más nueva y radical literatura en castellano, y ya hace mucho que -como observara César Aira- ha cumplido el cometido de los grandes libros: fundar un mito".

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