Del palacio al corral

Alicia de Arteaga
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27 de enero de 2002  

Si no fuera verdad y no estuviera perfectamente documentado por un estudioso como el arquitecto Fabio Grementieri, la historia del Palacio Errázuriz parecería ficción. Es el relato de una Argentina imposible de pensar hoy, en este acorralado y bochornoso verano de 2002.

Se me hace cuento -diría Borges-, que esto ocurrió cien años atrás, cuando nuestro país era el destino soñado por miles de inmigrantes que llegaban al hotel del puerto con la ilusión de haber anclado en el mejor de los mundos. Y lo era.

Los dueños de la riqueza, entonces, no soñaban con levantar torres hoteleras que poco agregan al patrimonio urbano. Preferían construir elegantes palacios, proyectados a imagen y semejanza de las grandes residencias parisienses que marcaban el rumbo del gusto de la época.

Entre las dos guerras, Buenos Aires disfrutó la holgura de las arcas llenas por las exportaciones que la pampa húmeda garantizaba y Europa necesitaba.

Prósperos y mundanos, como el fantástico personaje A. O. Barnabooth creado por Valéry Larbaud (que conocía bien el modelo argentino por su amistad con Güiraldes) los Duhau, Hume, De Ridder, Pereda, Atucha, Alzaga, Blaquier, Ortiz Basualdo, Alvear y Paz, entre otros, cultivaron la folie proustiana del palacio propio, decorado por artistas que estaban en el candelero. El mejor ejemplo es la participación del catalán José María Sert en los interiores del Errázuriz y en el Palacio Pereda, hoy embajada de Brasil, donde pintó los techos -en buena hora restaurados- que agregan un valor impar a la propiedad.

Matías Errázuriz y su mujer, Josefina Alvear, fueron retratados por Sorolla. El valenciano, maestro de los salones y dueño de la luz, era para los argentinos de la belle époque un equivalente de lo que sería John Singer Sargent para los norteamericanos millonarios de la Costa Este, o Boldini para la aristocracia europea. Casualmente, Giovanni Boldini pintó a la hija de los Errázuriz, sonriente, con su gato en brazos. Ese gracioso retrato fue rematado en Nueva York, cuando la pintura costumbrista estaba por las nubes y la economía local comenzaba a hacer agua.

Ya no éramos el sueño de nadie.

El despertar violento del fin de la convertibilidad ha sumido a los artistas en estado deliberativo. Es imposible predecir qué ocurrirá con el calendario de exposiciones cuando las reglas de juego cambian todos los días y el éxodo de los auspiciantes comienza a ser tema de conversación y preocupación. Corralito mediante, es probable que Arte BA, la feria de galerías de Buenos Aires, corra la fecha de realización, prevista originalmente para fines de mayo. Es una buena noticia saber que sus organizadores defenderán a capa y espada la continuidad, aunque haya que ajustar la dimensión de la feria a las actuales circunstancias. Esa misma tarea deberán encarar con urgencia las autoridades que asuman en Cultura.

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