Derrotero hacia el poder

El periodista Federico Mayol despliega, con documentación contundente, el sinuoso itinerario político del vicepresidente Amado Boudou
Hugo Alconada Mon
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5 de octubre de 2012  

Admiró hasta la fiebre a Carlos Menem y sus camisas brillosas. Defendió a ultranza la convertibilidad y, antes, militó y se postuló por la Unión para la Apertura Universitaria (UPAU). Luego impartió clases en la universidad liberal por excelencia del país, la del CEMA. Llegaron a apodarlo "Domingo Felipe" dado su fervor por el entonces superministro de Economía. Y era hincha del club Independiente. Todo eso, claro, antes de que defenestrara Menem, la convertibilidad, a Cavallo y las ideas liberales, y pasara a mostrarse nacional y popular, aprendiera la letra de la marcha peronista y hasta fuera a la cancha, pero para ver a Tigre. Porque, como ironizaba Groucho Marx, "Estos son mis principios y si no le gustan? bueno, tengo estos otros". Y ésa puede ser la síntesis del hoy vicepresidente Amado Boudou, según lo expone el periodista de la revista Noticias , Federico Mayol, en su libro Amado. La verdadera historia de Boudou .

Su derrotero laboral también evidencia esos volantazos. Disc-jockey en su Mar del Plata natal, lideró y llevó a la quiebra la empresa recolectora de residuos Venturino, anduvo largo tiempo casi con lo puesto, asumió como secretario de Hacienda en el Partido de la Costa, antes y después pasó por la Anses, fue ministro de Economía y, al fin, llegó al Olimpo. O casi, si no fuera por el monotributista Alejandro Vandenbroele. Porque, como también podría ironizar el gran Groucho, ese es su currículum, pero si no le gusta, Boudou tiene otro. Incluye denuncias penales a su paso por cada oficina pública que ocupó y viviendas sociales que jamás terminaron de construirse (aunque cuyas partidas sí se llevaron del Estado). También, a un amigo y socio, José María Núñez Carmona, que se define a sí mismo como su "panadero" porque le "hace las facturas" que él no puede firmar, y una "sintonía fina" con el banquero Jorge Brito que llevó al mismísimo secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, a enrostrarle que el dueño del Macro era su "jefecito" y que planeaba "meterlo preso".

Bien escrito, sólido y con excelente información, el libro reportará una sorpresa tras otra aun a quienes creían conocer a Boudou. Y ahondará las peores sospechas de otros. Porque muchos recelaron del economista de sonrisa fácil, incluidos el ex presidente Néstor Kirchner, su hermana Alicia, el entonces jefe de Gabinete Alberto Fernández, y su sucesor y hoy otra vez intendente de Tigre Sergio Massa, entre tantos otros.

"Controlalo al pibe", le pidió el ex presidente a Alberto cuando Boudou comenzó su ascenso hacia la cima, por lo que el jefe de Gabinete llegó a advertirle al marplatense: "Sólo me interesa que no robes". Como en el "caso Ciccone", eso debe evaluarlo la Justicia. Pero el titular de la AFIP, Ricardo Echegaray, teme lo peor: "Vamos a ir todos presos", le replicó a la presidenta Cristina Kirchner cuando lo llamó para exigirle más compromiso en la defensa de su número dos. ¿Por qué esa defensa de la presidenta? Mayol buceó en las aguas kirchneristas, hasta toparse con una respuesta consistente. "La enamoró, pero no se equivoque: Cristina se enamoró políticamente de Boudou", le explicó un dirigente "con llegada privilegiada a la intimidad del poder" que por razones obvias pidió mantenerse anónimo.

Escatológico, procaz y, a la luz de su conducta de vida de los últimos 30 años, cuanto menos poco caballero, Boudou sin embargo se encargó en persona de difundir la versión de que ese enamoramiento era más que sólo político, según reconstruyó Mayol a través de los amigos del vicepresidente, algo que también La Nacion escuchó de su círculo marplatense. Comentario que también llegó a Máximo Kirchner.

Esa ligereza de lengua registra otros episodios. Como cuando Massa le dijo que evaluaba renunciar a la Jefatura de Gabinete y Boudou le replicó: "Si vos te vas, yo también me voy". A la luz de los hechos, queda claro que eso no ocurrió. Como tampoco sostuvo su amistad de largos años con los funcionarios Martín Redrado y Benigno Velez. Traicionó a ambos, aunque al segundo le debía incluso haberlo levantado de la lona y hasta su primer empleo en la Anses.

Así, su facilidad camaleónica y su individualismo a ultranza lo llevaron hasta la cúspide, aunque también son su talón de Aquiles. Porque cuando se cruza de orilla, quienes quedan atrás te consideran un traidor y quienes te reciben, un advenedizo. Acaso por eso, Boudou puede terminar como María Julia Alsogaray: en Tribunales, sin respaldo del peronismo (que no lo considera propio) y con el desprecio general de la sociedad.

Más relevante aún, el estupendo libro de Mayol construye en la mente de sus lectores una pregunta incómoda: ¿qué falla en un país que alienta el ascenso de personajes como Boudou (o Echegaray) en desmedro de políticos y técnicos probos e irreprochables de ese o, da igual, cualquier otro partido?

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